Mujeres escritas por una mujer:
Adriana Tursi y el rescate de Aurelia Vélez
Por Luis Saez
Hay una forma particularmente eficaz de condenar a alguien al silencio:
hablar de esa persona durante años. Hablar mucho. Repetir su nombre. Ubicar a
la persona prolijamente en un lugar de la Historia. Prolijamente,
es decir, secundariamente, y desprovista de protagonismos. Convirtiéndola,
por ejemplo en hija de alguien, amante de alguien, secretaria
de alguien, etc. Rodeándola de nombres ilustres hasta que, finalmente, apenas
podamos verla. O, si se quiere, cuando ya no importe lo que el
tiempo y el desgaste hayan hecho de ella.
Algo así ocurrió con Aurelia Vélez Sarsfield.
Hija de Dalmacio Vélez Sarsfield. Amante de Domingo Faustino Sarmiento.
Dos hombres enormes en la construcción del relato argentino del siglo
XIX, con ecos que llegan hasta nuestros días. Dos nombres capaces de proyectar
una sombra demasiado extensa. Entre ambos, quedó durante mucho tiempo Aurelia.
No olvidada exactamente: acaso opacada por algo más complejo. Recordada
desde los otros. Acaso la forma más cruel de des-recordar.
Aurelia escribe, de Adriana Tursi, realiza sobre ese des-recuerdo una operación mucho
más interesante que una mera reparación histórica. No procura simplemente
incorporar una mujer ausente al álbum de las personalidades ilustres
argentinas. Su operatoria resulta más perturbadora: propicia que esa misma mujer
tome la palabra y, al hacerlo, modifique el lugar desde el cual la Historia oficial
se refería a ella.
Porque el verbo decisivo está ya en el título.
Aurelia escribe.
No “Aurelia recuerda”. No “Aurelia ama”. No “Aurelia y Sarmiento”. Aurelia
Escribe. Simple y apasionadamente, y esa acción constituye, a mi juicio,
la zona más intensa de la dramaturgia de Tursi, procurando rescatar a Aurelia
del des-recuerdo.
La prestigiosa investigadora Eleonora García, en su excelente estudio
titulado Escritura y emancipación histórica: Mariquita Sánchez y Aurelia
Vélez en la dramaturgia de Adriana Tursi, propone pensar a Tursi como una
suerte de dramaturga-historiadora, una autora que vuelve sobre figuras
femeninas sedimentadas por la historiografía para erosionar las imágenes que
hemos recibido de ellas. En los textos de Tursi, sostiene García, la escritura
permite a estas mujeres recuperar identidad, deseo y participación política,
produciendo una suerte de desplazamiento respecto del lugar que el orden
patriarcal les había asignado. García
encuentra en María Zambrano otra clave para comprender esta escritura: la
relación entre soledad y libertad. Hay verdades —sugiere Zambrano—que no
alcanzan a decirse hablando y necesitan de la escritura. En Tursi, esa
escritura privada termina paradójicamente convertida en acontecimiento público.
La idea me parece particularmente productiva frente a Aurelia escribe.
Porque aquí la escritura no aparece únicamente como procedimiento
narrativo. Es acción.
Escribir es hacer. Acción al servicio de una narración, en este
caso fuertemente ligadas a un contexto histórico.
Mujer entre dos escrituras
Hay, incluso, una paradoja por lo menos destacable alrededor de Aurelia
Vélez: Aurelia escribe pero también vive —y transcurre— junto a
hombres que escriben.
Sarmiento escribe obsesivamente: libros, artículos, cartas, discursos.
Su padre escribe —nada menos— que el Código Civil argentino. Aurelia se mueve
entonces en un universo atravesado por la palabra escrita, pero esa palabra
posee para los hombres una legitimidad pública que a ella, en tanto mujer, le
es negada.
Y aquí aparece una de las contradicciones históricas más inquietantes
del personaje: Aurelia colaboró con Dalmacio Vélez Sarsfield desde muy joven,
desarrolló tareas de asistencia y secretariado y tuvo intervención en el
proceso de redacción del Código Civil. Al mismo tiempo, aquel Código consolidó
una concepción jurídica profundamente desigual entre hombres y mujeres,
restringiendo drásticamente los derechos de las mujeres casadas. García,
retomando estudios de Dora Barrancos y Verónica Giordano, advierte justamente
esta contradicción: una mujer de extraordinaria autonomía personal participa de
la construcción de un sistema jurídico que restringe la autonomía de las
mujeres.
Afortunadamente, Tursi no necesita resolver esa paradoja.
El teatro se vuelve interesante precisamente cuando no resuelve,
o si se prefiere, cuando no es instigado, mediante procedimientos forzados, a
hacerlo. Una Aurelia convertida exclusivamente en heroína feminista sería
tranquilizadora pero, probablemente, bastante menos teatral. A cambio de eso,
la Aurelia poetizada por Tursi remite a una mujer inevitablemente atravesada
por su época, pero capaz al mismo tiempo de desplazarse dentro de ella.
No está fuera del siglo XIX.
Está incómodamente dentro.
Y ésa es una diferencia enorme.
Se casó joven. Desafió las convenciones culturales y amorosas de su
clase. Participó de la política. Intervino en las campañas de Sarmiento.
Frecuentó territorios intelectuales reservados casi exclusivamente a los
hombres. Pero tampoco fue —¿cómo podría haberlo sido?— una militante del siglo
XXI extraviada en 1860.
Su modernidad tiene sus límites. Como su libertad, e incluso —como no
podía ser de otra forma— su propia escritura. Y acaso y precisamente por
eso, por sus limitaciones, su escritura y su devenir por la vida resultan
creíbles hasta lo entrañable.
La Historia como intimidad
Tursi construye buena parte de esta operación desde un dispositivo casi
minimal: una mujer, un escritorio, papeles, cartas, recuerdos.
La puesta dirigida por Marcelo Velázquez adopta deliberadamente esa mirada,
aplicando el principio de lo sinecdótico con acertado criterio. El espacio
escénico aparece despojado; el escritorio y la silla adquieren así un peso que
excede su funcionalidad. Otras lecturas del espectáculo han señalado este
minimalismo y la centralidad material de las cartas y de la escritura.
Pero esa reducción espacial produce paradójicamente una expansión
temporal inversamente proporcional a la voluntad de expresar desde lo pequeño.
Tal vez porque sobre esa pequeña superficie cabe un país, desde sus
lados más controvertidos y dolorosos?
Rosas, Caseros, la fiebre amarilla, la organización nacional, el Código
Civil, Sarmiento, la presidencia, las guerras civiles, las transformaciones de
Buenos Aires. Una vasta intimidad, colmada de pequeñas grandes historias.
Ésa es tal vez una de las marcas de estilo que más singularizan al texto
—y por extensión, al teatro todo— de Tursi. No trabaja el pasado desde la
representación espectacular del acontecimiento histórico. No procura poner la
batalla de Caseros sobre el escenario ni construir la Casa Rosada ni
multiplicar presidentes y generales. Los grandes acontecimientos llegan
filtrados por una subjetividad.
Son recordados, y desde el recuerdo y la evocación, escritos.
Son amados, tanto como padecidos.
Y es en esas tensiones donde la obra deja de funcionar como
reconstrucción histórica y se despliega como teatro.
El pasado no comparece como una serie de acontecimientos terminados,
sino como algo que todavía actúa sobre quien recuerda.
Walter Benjamin escribió que Articular históricamente el pasado no significa
conocerlo ‘tal como verdaderamente fue. Significa apoderarse de un
recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro. Aristóteles, por su
parte, escribió que si el historiador tiene la obligación de contar lo que
ocurrió, el poeta debe contar lo que pudo ocurrir. García, opinamos
humildemente, recupera precisamente estos ejes para pensar el teatro histórico
de Tursi.
En Aurelia escribe, esa mirada atraviesa más de un siglo, pero inevitablemente
resignificado desde nuestro presente.
La amante ausente
Hay además otra variable muy inteligente operada por la autora:
El personaje histórico de Aurelia aparece inevitablemente unido a
Sarmiento. Negar ese vínculo habría supuesto una forma de falsificación.
Tursi no lo niega: Lo desplaza.
El amor está. También está Sarmiento. Pero, paradojalmente si se quiere,
sin ocupar todo el territorio. La mujer que durante décadas fue narrada
fundamentalmente como “la amante de Sarmiento” recupera progresivamente la
condición gramatical de sujeto.
Durante buena parte de la Historia, las mujeres entraron en las
biografías mediante una preposición: mujer de, hija de, amante de,
secretaria de, musa de.
Aurelia escribe modifica drásticamente esa sintaxis.
Aurelia hace, Aurelia decide, desea y escribe, condensando en su actuar
todas las operaciones que la vuelven mujer en sí misma.
La relación amorosa con Sarmiento se vuelve entonces una parte
sustancial de su experiencia, pero incluso ahí deja de funcionar como justificación
de su existencia.
No se trata tampoco de disminuir a Sarmiento para engrandecerla a ella.
Sería una sustitución bastante pobre: cambiar de estatua en la plaza de
siempre.
Lo verdaderamente fértil es permitir que ambos coexistan en su
complejidad.
Ese Sarmiento apasionado, excesivo, seductor, contradictorio, capaz de
escribirle desde Paraguay invitaciones amorosas desbordantes, forma parte
también de la historia de Aurelia. Pero ahora conocemos esa historia desde el
otro extremo de la correspondencia.
El destinatario cambia.
Y cuando cambia el destinatario, cambia también la narrativa Historia.
Incluso la historia misma.
Carolina Tejeda: cuerpo femenino que escribe
Hay, sin embargo, una dificultad específica en toda dramaturgia
sostenida sobre la memoria y la palabra.
El teatro no es literatura dicha en voz alta.
O al menos debería sortear ese riesgo.
Necesita cuerpos. Acción. Transformación.
La tarea que enfrenta Carolina Tejeda es, en ese sentido,
particularmente compleja. Sobre ella recae la obligación de impedir que la
enorme cantidad de material histórico, biográfico y epistolar se convierta en mera
ilustración.
La actriz debe hacer algo más difícil que representar a Aurelia Vélez:
debe transitar dramática y poéticamente (y hacernos transitar como
espectadores) los distintos tiempos del devenir de Aurelia.
Las reseñas de la puesta coinciden en señalar esa capacidad de Tejeda
para desplazarse entre edades, estados emocionales y momentos históricos,
preservando al mismo tiempo la continuidad del personaje. Mérito que la
excelente puesta de Marcelo Velázquez enriquece y potencia.
De ese modo, el cuerpo completa aquello que la historiografía no sabría
cómo poner en palabras, considerando especialmente que el aspecto señalado
excede largamente a la palabra por la palabra misma.
La Historia juega otros roles: ordena fechas.
El cuerpo las superpone y juega desde distintas dimensiones.
Una mujer anciana puede levantar una mano y ser durante un instante
aquella niña que huye.
Puede mirar una carta y a través de esa acción volver a los veinte años.
Puede recordar a un hombre muerto y devolverlo por algunos segundos al
mundo terrenal.
Ésa es una de las prerrogativas más misteriosas del teatro: los
muertos envejecen y rejuvenecen delante nuestro, hasta hacernos partícipes
necesarios de la consumación de una extraña forma de eternidad.
No por efecto cinematográfico ni artificio alguno.
Por pura actuación, si cabe la expresión.
La dirección de Marcelo Velázquez comprende esa centralidad. La puesta
no parece competir con el personaje mediante grandes dispositivos visuales.
Prefiere construir alrededor de Tejeda un campo de resonancias. El diseño
sonoro y la música original de Marcelo Perea, la escenografía y el vestuario de
Paula Molina y la iluminación de Alejandro Le Roux participan de esa misma
organización cuyo centro continúa siendo la relación entre cuerpo, palabra y
memoria.
La elección parece justa, y el resultado, rico en teatralidad y en
intensidad poética.
Y es que los directores como Marcelo Velázquez saben como pocos que,
cuando el objetivo de una obra consiste en rescatar una voz, conviene no
sepultarla ni eclipsarla con vanos artificios.
La mancha
Hay una observación del artículo de García que me parece singularmente
reveladora.
En la dramaturgia de Tursi se alude reiteradamente a una mancha de
tinta.
Símbolo cargado de resonancias poéticas, si los hay.
Las mujeres escriben y se manchan, tanto las manos como los vestidos. García
recuerda una afirmación de la propia Adriana Tursi acerca de esa imagen
recurrente: como si la mujer que escribe hubiera perdido la inocencia. O
como si la mancha fuera conciencia de sí misma y del mundo, decisión, cuerpo,
exposición, voz.
La metáfora es bellísima porque invierte otra tradición: el uso de la
sinécdoque, resulta acertado en su potencialidad poética.
Durante siglos, la mujer “manchada” fue la mujer que había transgredido
una norma sexual o moral.
La mancha era culpa.
Deshonra.
Pérdida. Y punición.
En Tursi, en cambio, la mujer se mancha porque escribe.
Y esa mancha se vuelve una forma de conocimiento. Y también —o
especialmente— de incontenible libertad.
Podríamos aventurar, incluso, que Aurelia escribe está construida
alrededor de esa inversión: la escritura ensucia la versión limpia de la
Historia oficial. La mancha del barro de la verdad, creemos, alude a lo
genuino y noble de operar con el barro de la historia, libre de ataduras y
correcciones políticas.
La vuelve incómoda.
Le devuelve contradicciones.
Le agrega cuerpos allí donde había próceres.
Deseos donde meras fechas.
Mujeres donde parecían existir solamente esposas, hijas y amantes.
Quizás todo teatro histórico que realmente merezca ese nombre tenga que generar
manchas semejantes.
Porque el peor destino del pasado consiste en condenarlo al forzoso y
obsceno orden de la historia oficial, como el Guernica del genial chiste
gráfico de Quino.
Adriana Tursi y la persistencia de la memoria
Aurelia escribe tampoco constituye una experiencia aislada dentro de la producción de
Adriana Tursi.
El trabajo de Eleonora vincula este texto con Cartas de amor perdidas
por Mariquita Sánchez de Thompson y encuentra en ambos textos una
preocupación sostenida por las voces femeninas que intervinieron en la
constitución política y cultural argentina, y que quedaron luego sometidas —y relegadas—
a narrativas históricas construidas desde otros centros.
Tal continuidad permite reconocer algo más que una elección temática.
Hay una poética y un estilo comprometidos con lo que se narra.
Y es que la autora vuelve sobre el pasado, no movida por una nostalgia
patrimonial, sino por una pregunta contemporánea.
La pregunta es: Porqué?
Sus personajes históricos parecen no poder morir del todo porque tampoco
están completamente resueltos los conflictos que los atravesaron.
De allí que la recuperación de Aurelia no funcione como reparación
arqueológica.
No estamos ante un museo.
Estamos ante una discusión.
En ese sentido, la expresión “teatro histórico” puede resultar engañosa
si nos lleva a imaginar un género preocupado fundamentalmente por reproducir
épocas. Juan Mayorga —recuperado también por García en su impresionante estudio—
piensa otra cosa: el teatro histórico resulta posible precisamente porque
existe algo que atraviesa los tiempos y permite sentir como contemporáneo al
ser humano de otra época.
Aurelia escribe parece construida desde esa convicción.
El siglo XIX está lejos.
Pero algunas de sus preguntas no.
Quién escribe.
Quién puede hablar.
Quién administra el relato.
Quién aparece como protagonista y quién como acompañante.
Quién firma.
Quién queda registrado.
Quién es recordado por su nombre y quién únicamente por el vínculo que
mantuvo con una figura poderosa.
No son exactamente preguntas decimonónicas.
Escribir para existir
Hacia el final aparece entonces el sentido profundo del título.
Aurelia escribe porque escribir constituye una manera de estar.
Pero también una forma de sobrevivir.
En el trabajo de García aparece una hermosa asociación, tomada de María
Zambrano, entre escritura, soledad y libertad: ciertas verdades no pueden
decirse simplemente hablando; necesitan ser escritas.
El teatro introduce allí una paradoja magnífica.
Aurelia escribe aquello que no pudo decir.
Pero nosotros escuchamos lo que escribe.
La escritura se vuelve voz.
La intimidad se vuelve escena.
La soledad se vuelve acontecimiento colectivo.
Una mujer escribe sola y, más de cien años después, una sala llena de
desconocidos escucha.
Probablemente ésa sea la verdadera reparación que propone la obra.
No colocar a Aurelia Vélez Sarsfield junto a los próceres.
No construirle una estatua nueva.
Ni siquiera declarar que fue una mujer extraordinaria.
Algo bastante más sencillo y, al mismo tiempo, más radical:
dejarla hablar.
Y descubrir entonces que detrás de aquella hija, aquella secretaria,
aquella amante que la Historia había conservado disciplinadamente entre dos
hombres célebres, había una mujer que llevaba mucho tiempo esperando recuperar
el sujeto de la oración.
Aurelia escribe.
Por eso existe.
Y mientras escriba, la Historia (oficial o no) ya no podrá contarse de
la misma manera.
Y es que Aurelia
escribe no intenta agregar otra estatua al panteón argentino.
Hace algo mejor.
Corre ligeramente
las estatuas que ya estaban allí.
Y detrás aparece una
mujer.
Está escribiendo.
Una vez más, la pluma de Adriana Tursi
opera el paradojal milagro de una mujer escribiendo sobre mujeres que escriben.
El teatro, de fiesta.
LS
REFERENCIAS
· Aristóteles.
(2002). Poética.
· Benjamin, Walter.
(2007). Conceptos de filosofía de la historia.
· García Sánchez,
Eleonora Soledad. (2025). “Escritura y emancipación histórica: Mariquita
Sánchez y Aurelia Vélez en la dramaturgia de Adriana Tursi”. Cuadernos de
Literatura, núm. 27, e2709. Universidad Nacional del Nordeste. DOI: 10.30972/clt.278726.
· Mayorga, Juan.
(2010). “El dramaturgo como historiador”. Paso de Gato. Revista Mexicana de
Teatro, 8(41),
· Zambrano, María.
(2022). Citada por García Sánchez, Eleonora Soledad, en el estudio
mencionado en la presente referencia.