Entre
el cuerpo y el cansancio:
otra aproximación a la poética de Mariela Asensio
Por
Luis Saez
Hablar de la poética de una autora a partir de dos
de sus obras puede considerarse, en principio, un gesto riesgoso. Dos piezas no
alcanzan para estudiar profundamente una trayectoria —sobre todo tratándose de
la trayectoria de Mariela, sensiblemente más extensa y rica— ni para establecer un
sistema definitivo de recurrencias. Sí permiten, en cambio, reconocer ciertas
insistencias, y algunos procedimientos que reaparecen bajo formas diferentes,
sobre todo cuando las piezas elegidas son sus dos últimas estrenadas. Ese dato vuelve productiva la comparación, permitiendo observar continuidades y
desplazamientos dentro de un tramo muy próximo de su recorrido creador.
Lo intentaremos con Mariela Asensio desde El cuerpo anímico y La generación cansada. Se trata de dos obras muy distintas entre sí
pero, paradójicamente, mucho más similares de lo que pueden aparentar en una
primera instancia de análisis. La primera es más íntima y se concentra en el
vínculo entre una madre enferma en fase terminal y una hija única, sostenido
por una ficción reconocible; la segunda, en cambio, es expansiva, coral y
fragmentaria, organizada como un flujo escénico en el que los intérpretes
ingresan y salen de diferentes identidades y posiciones de enunciación.
Mientras El cuerpo anímico conserva
una estructura dramática relativamente cercana a una organización secuencial, La generación cansada se aparta
deliberadamente de ella.
Sin
embargo, insistimos, esa distancia permite advertir algunas continuidades
particularmente significativas.
En
ambos casos aparece el cuerpo, pero nunca como presencia neutra: el cuerpo que enferma,
envejece, desea, se agota, resiste comotambién, llegado el caso, se vuelve
límite. En torno a cada cuerpo opera un mundo que parece exigirle
permanentemente algo más.
Pero
también se multiplica en cuerpos deseantes e insatisfechos, cuerpos que son
como testimonios del desgaste que genera el sinsentido de estos tiempos de IA y
pospandemia…
Dos formas para una misma
inquietud
El
cuerpo anímico cuenta una historia de amor y empatía entre una madre y una hija
atravesadas por la enfermedad de le primera, pero que impacta profunda y
sensiblementente en la segunda. La propia presentación de la obra formula una
de sus preguntas centrales: cómo convive lo biológico con un mundo sometido al
mandato de la productividad. La pieza interpela la finitud en una sociedad que
hace del crecimiento y de lo ilimitado casi una religión.
La ficción se sostiene sobre una situación
reconocible: una madre enferma y una hija que acompaña. Alrededor de ellas, la
enfermedad impone consultas, tratamientos, autorizaciones y burocracias,
mientras la vida cotidiana continúa exigiendo que ambas sostengan, como pueden,
aquello que todavía sigue en marcha.
Hay allí
una dramaturgia todavía vinculada con la construcción de personajes, con un
desarrollo temporal perceptible y con una relación afectiva que funciona como
eje.
La
generación cansada, en cambio, rompe esa concentración.
No hay una historia central fácilmente reductible a
argumento. Hay una suerte de situación madre: una comunidad atravesada por la
hiperconexión, la exposición, la inestabilidad vincular, la productividad y el
cansancio.
La propia
Asensio ha definido la obra como una especie de “gran scrolleo en vivo”.
La
metáfora resulta exacta.
No se
trata ya de acompañar el desarrollo causal de una historia sino de atravesar un
fluir constante y por momentos, estimulado en su propia deriva.
Una
cosa convoca a otra: un discurso desemboca en otro y un personaje puede
aparecer para diluirse o mutar en una actancia sujeta a otra instancia de
discurso.
Un actor
o una actriz pueden abandonar súbitamente la ficción para transformarse en
narrador, comentarista, portavoz de una experiencia colectiva o presencia
performática.
El principio organizador no es la causalidad, sino
un encadenamiento asociativo en el que los materiales reaparecen, se contaminan
y ganan intensidad.
Esto
obliga a evitar una tentación crítica bastante frecuente: interpretar la
segunda obra como si fuera simplemente una versión más “moderna” o más
“experimental” de la primera.
Pero no
es así. Al menos no tan así.
Lo
verdaderamente interesante es que Asensio parece haber encontrado dos formas
profundamente diferentes para interrogar una zona problemática semejante.
En
El cuerpo anímico,
esa pregunta se concentra en dos cuerpos; en La generación cansada, se expande entre nueve.
Que son a su vez, muchos, en representación, posiblemente, de toda una
generación. En una historia, la enfermedad convierte al cuerpo en límite; en la
otra, el cansancio vuelve a toda una generación territorio de desgaste.
El cuerpo como límite del
mundo
Quizá una
de las continuidades más evidentes entre ambas obras radique en la concepción
del cuerpo como lugar donde las abstracciones sociales se concretan.
Los ideales culturales de rendimiento y
autosuperación parecen abstractos hasta que el cuerpo los vuelve concretos:
envejece, necesita reposo o simplemente deja de poder.
Ahí
aparece algo central en la mirada de Asensio.
El cuerpo
interrumpe la fantasía de lo ilimitado.
El
cuerpo anímico trabaja esa contradicción de manera directa. La enfermedad impone
ritmos que contradicen los ritmos sociales. El organismo no necesariamente
obedece al calendario laboral, a los proyectos, a la administración racional
del tiempo. Enfermarse significa, entre muchas otras cosas, descubrir que
existe una materialidad que no puede ser completamente disciplinada.
La
generación cansada expande casi hasta el infinito el interrogante.
Casi a la
manera Zen, el interrogante es a un tiempo punto de partida y de tentativa
llegada.
Ya no hay
necesariamente una enfermedad determinada.
Y por
eso, por la imposibilidad de ponerle un nombre definitivo, concluyente, esta
enfermedad se vuelve tan nociva e inquietante.
El propio
sistema parece producir cuerpos exhaustos.
Ese
desplazamiento es significativo: del cuerpo que enferma dentro de una sociedad
productivista se pasa a una sociedad cuya productividad ilimitada parece
volverse, ella misma, productora de malestar.
Las
referencias explícitas perceptibles en La generación cansada —Byung-Chul Han, Paula Sibilia y Mark Fisher— orientan con claridad esa
perspectiva: autoexplotación, exhibición de la intimidad, pérdida de comunidad,
hiperconexión y dificultad para construir vínculos.
Sin
embargo, el interés teatral no reside exclusivamente en esas referencias.
Residía
ya antes en Asensio una preocupación parecida.
El
cuerpo anímico plantea también qué sucede cuando el cuerpo biológico se enfrenta a una
sociedad que exige comportarse como una máquina.
Ahí
parece existir una continuidad mucho más profunda que cualquier similitud
formal.
La
pregunta podría formularse así:
¿qué ocurre cuando el cuerpo deja de poder cumplir con aquello que el
mundo espera de él?
El cansancio sin límite
En La
generación cansada, el cansancio no aparece solamente como un estado físico
ni como una consecuencia del exceso de trabajo. Se vuelve una condición general
de existencia y termina alcanzando los vínculos, la atención, el deseo, la
capacidad de proyectar y hasta las palabras con las que los sujetos intentan
explicarse.
Por eso podría hablarse de un cansancio sin límite.
La paradoja es evidente: quienes se agotan son cuerpos finitos, pero aquello
que los agota pertenece a un sistema que parece haber perdido toda noción de
límite. Siempre queda algo más que producir, responder, mostrar o consumir. El
cansancio deja de funcionar como señal de detención: incluso agotado, el sujeto
debe continuar.
En ese
sentido, La
generación cansada propone casi el reverso de El
cuerpo anímico. Allí la enfermedad obliga a reconocer la finitud: el cuerpo impone un
límite que ninguna voluntad puede abolir. Aquí, en cambio, los cuerpos parecen
atrapados dentro de una cultura que se resiste a aceptar cualquier límite,
incluso cuando ya no pueden sostener su ritmo.
El cansancio se vuelve entonces expansivo. Desborda
el organismo y alcanza la experiencia completa: desgasta las relaciones,
mantiene al deseo bajo presión, dispersa la atención y termina afectando
incluso al lenguaje, cuyas palabras circulan hasta perder espesor.
Tal vez
por eso el cansancio sea una de las figuras más precisas para pensar el
presente que construye Asensio: no el agotamiento que conduce finalmente al
reposo, sino el agotamiento de quienes ya no saben —o ya no pueden— detenerse.
Una poética de la
insuficiencia
Hay algo
particularmente interesante en los sujetos que aparecen en estas dos obras:
nunca parecen alcanzar por completo lo que se espera de ellos.
El cuerpo enfermo deja de responder al mandato
productivo y el sujeto cansado tampoco consigue seguir rindiendo. Del mismo
modo, ni la comunicación ni la tecnología logran resolver aquello que persiste
como soledad o falta de sentido.
Estamos
frente a una especie de poética de la insuficiencia.
Nada
termina de alcanzar.
Y esa
insuficiencia no parece ser solamente individual.
No se
trata de que los personajes fallen.
Parece
fallar también el sistema de respuestas que los rodea.
Este aspecto lleva hacia otra constante importante de Asensio: sus personajes hablan mucho.
Hablan porque necesitan comprender y construyen
discursos alrededor de aquello que les sucede, aunque al hacerlo se corrijan,
se contradigan o vuelvan una y otra vez sobre lo mismo.
Pero el
lenguaje no termina necesariamente de resolver la experiencia.
Ese fenómeno resulta particularmente visible en La generación cansada, donde los
parlamentos oscilan entre la confesión, el relato y una reflexión en voz alta
que por momentos adquiere tono de manifiesto.
El sujeto
tiene palabras.
Lo que no
siempre tiene es respuesta.
Una lengua atravesada por
el presente
Hay, en
Asensio, un tratamiento muy particular del lenguaje hablado.
Su
escritura puede ser coloquial sin ser naturalista.
Puede
incorporar términos ordinarios, groserías, expresiones de época, códigos
digitales o sexuales y, al mismo tiempo, introducir imágenes de una extraña
potencia poética.
Ese
contraste produce una lengua difícil de clasificar.
No es
lírica en el sentido tradicional.
Tampoco
es meramente vulgar.
Hay una
permanente contaminación entre ambos registros.
La
palabra soez puede desembocar súbitamente en una reflexión dolorosa.
Una frase
graciosa puede abrirse hacia una zona de desamparo.
Una
enumeración cotidiana puede terminar adquiriendo dimensión política.
Esa
operación parece fundamental.
La poesía
no aparece necesariamente como una elevación del lenguaje.
Aparece
como una torsión dentro del lenguaje ordinario.
Asensio
no necesita abandonar la vulgaridad para alcanzar una imagen poética.
Muchas
veces la encuentra precisamente allí.
En ese
sentido, podría hablarse de una poética de lo impuro.
Una
escritura que no jerarquiza previamente los materiales.
Una
palabra tomada del universo de las redes puede convivir con una consideración
sobre la muerte; una obscenidad, con una pregunta filosófica; una publicidad,
con una confesión. Incluso la ironía puede abrirse hacia el miedo.
Esta
convivencia de registros resulta especialmente adecuada para representar
nuestra experiencia contemporánea.
También
nuestra vida cotidiana está construida así.
Podemos
leer una noticia sobre una guerra y, dos segundos después, una publicidad de
zapatos.
Podemos
recibir un mensaje íntimo mientras miramos un meme.
Podemos
hablar de enfermedad y, simultáneamente, responder una notificación.
La
discontinuidad se ha convertido en una forma habitual de experiencia.
En La generación cansada, Asensio transforma esa
discontinuidad en lenguaje escénico.
El monólogo como máquina de
expansión
Uno de
los lugares donde esa lengua adquiere mayor potencia es el monólogo.
Allí los
actores y actrices encuentran momentos de enorme lucimiento, pero no sólo por
razones interpretativas.
La propia
escritura construye una especie de partitura.
La escritura construye una partitura de
respiraciones, aceleraciones y quiebres de registro; las asociaciones parecen
espontáneas, aunque terminan dibujando una arquitectura rítmica precisa.
El
monólogo en Asensio rara vez parece limitarse a comunicar información.
Funciona
como máquina de expansión.
Puede
empezar hablando de algo pequeño y terminar involucrando cuestiones mucho
mayores.
Una experiencia privada puede abrirse hacia una
dimensión social y revelar que aquello que parecía íntimo estaba atravesado por
fuerzas colectivas.
Ese
pasaje constituye uno de los procedimientos más fértiles de su escritura.
El yo no
permanece encerrado en sí mismo.
Se
expande.
Y, al
expandirse, descubre que aquello que creyó exclusivamente personal había sido
también producido por discursos sociales.
En ese
punto, el monólogo deja de ser confesional y adquiere una dimensión política.
No porque
el personaje pronuncie necesariamente una consigna.
Sino
porque empieza a revelar qué fuerzas hablan a través de él.
Hablar cuando ya no hay
respuestas
Tal vez
exista aquí una clave para leer las dos obras.
Los
personajes de Asensio parecen habitar un mundo saturado de discursos y,
simultáneamente, falto de respuestas.
En El cuerpo anímico, la medicina puede organizar tratamientos,
diagnósticos y procedimientos.
Pero no
puede responder completamente qué significa enfermar.
Ni qué
hacer con la finitud.
Ni cómo
acompañar a alguien que se muere.
En La generación cansada, la sociedad contemporánea
ofrece todavía más discursos.
La oferta de discursos se multiplica: llegan desde
la psicología, la tecnología, las redes y, finalmente, desde la propia
inteligencia artificial.
Y, sin
embargo, los sujetos siguen sin saber qué hacer con la soledad, el deseo, el
miedo, el tiempo o el cansancio.
La
paradoja es enorme.
Cuantas
más herramientas existen para responder, mayor parece ser la incertidumbre.
Esto
explica, quizá, cierta verborragia característica.
Los
personajes hablan porque intentan construir una respuesta allí donde el mundo
no consigue proporcionarla.
Podría
decirse que los monólogos de Asensio funcionan como soliloquios de una época
sin oráculo.
No hay
una voz superior capaz de revelar el sentido.
Entonces
queda hablar, probar, narrarse y volver a empezar.
La
incorporación de una inteligencia artificial en La generación cansada adquiere, desde esta perspectiva, una dimensión especialmente
interesante.
Por fin
aparece algo que promete contestarlo todo.
Una
máquina capaz de responder instantáneamente.
Y, sin
embargo, ni siquiera esa disponibilidad infinita de respuestas consigue
resolver el problema fundamental.
La
información no equivale al sentido.
Tal vez
allí se encuentre una de las ironías más profundas de la obra.
La IA como espejo del vacío
La inclusión de una inteligencia artificial como personaje en La generación cansada no parece funcionar
solamente como signo de contemporaneidad, ni como recurso tecnológico de la
puesta. Su presencia introduce una pregunta más profunda: ¿qué sucede cuando
una sociedad exhausta, saturada de discursos y carente de respuestas
convincentes, delega también en una máquina la producción de sentido?
La
respuesta que propone la obra no parece tranquilizadora.
La IA
responde. Puede hacerlo con rapidez, pertinencia aparente y disponibilidad
infinita. Pero sus respuestas no llegan desde un afuera puro. Están hechas con
el mismo lenguaje que los humanos han producido, repetido, gastado y vaciado.
En ese sentido, la máquina no ofrece una verdadera alteridad: también está
contaminada por el mundo que intenta explicar.
Este aspecto resulta especialmente significativo
dentro de una obra donde el cansancio parece haberse vuelto una condición
expansiva. No sólo alcanza a los cuerpos: también afecta los vínculos, el deseo
y las palabras. Voces como amor, felicidad, bienestar o autenticidad circulan
hasta desgastarse, convertidas muchas veces en slogans o mercancías
discursivas.
La
IA hereda ese material, lo reorganiza, lo reproduce y lo devuelve, pero no
necesariamente consigue restituirle espesor.
Su
productividad verbal puede ser infinita y, sin embargo, participar del mismo
vacío.
Ahí
aparece una paradoja decisiva: la máquina no está cansada, pero habla con un
lenguaje cansado.
Y acaso
por eso su presencia no resuelve la crisis de sentido sino que la vuelve
todavía más visible e insoslayable. Frente a humanos agotados de buscar
respuestas, aparece una entidad capaz de producir respuestas contaminadas de
agotamiento y sin embargo, persistentes. Claro que esa abundancia no garantiza
verdad, consuelo ni orientación. Se diría lo contrario.
La obra
parece sugerir entonces que el problema contemporáneo no consiste
simplemente en la falta de respuestas, sino en algo más grave: la
proliferación de respuestas que ya no alcanzan a producir sentido.
La IA se
convierte así en una especie de desordenado espejo.
No porque imite superficialmente a los humanos,
sino porque devuelve amplificada una condición que ya estaba presente en ellos:
un discurso automatizado, repetitivo y siempre disponible.
La
máquina habla y los humanos también; todos producen discurso y, sin embargo,
permanece intacta la intemperie.
Por eso
la inteligencia artificial no aparece aquí como salvadora ni como enemiga. Es,
más bien, síntoma del mismo mundo agotado que habitan los personajes.
Y quizá
esa sea una de las intuiciones más perturbadoras de La generación cansada: cuando el lenguaje humano comienza a revelar sus propios límites, no
respondemos con silencio, sino con una máquina capaz de producir todavía más
lenguaje.
El actor
antes que el personaje: actancia, alternancia y comunicación con el público
Otro rasgo parece mantenerse aun cuando cambia radicalmente la
estructura: Mariela Asensio ha señalado en entrevistas que trabaja a partir de
la energía real de los actores y que no le interesa concebir al personaje de
manera exterior a quien habrá de interpretarlo. Parte del texto escrito, pero
deja que el cuerpo del intérprete multiplique sus sentidos.
Esta concepción permite entender especialmente bien
La generación cansada. Los
intérpretes no permanecen aprisionados dentro de una identidad dramática
estable: pueden ingresar en un personaje y salir luego hacia la narración, el
comentario o una presencia más abierta frente al conjunto.
El personaje deja así de constituir la unidad fundamental de
organización.
La presencia más persistente es el cuerpo del actor.
Las identidades se modifican; las presencias permanecen.
Pero esa alternancia no afecta solamente la relación entre actor/ actriz
y personaje. Introduce también una modificación importante en el vínculo con el
espectador. Cada vez que el intérprete abandona, aunque sea momentáneamente, la
ficción, aparece la posibilidad de dirigirse directamente a quien está del otro
lado de la escena.
Y esa comunicación frontal constituye una continuidad especialmente
significativa entre las dos obras.
En El
cuerpo anímico, aunque las identidades dramáticas sean mucho más estables, la hija
sale reiteradamente de la situación ficcional para dirigirse al público y
referir episodios de la enfermedad, de su relación con la madre o del
desarrollo de la propia historia. El espectador deja entonces de ser únicamente
observador y se convierte también en confidente y destinatario de una
memoria.
La ficción continúa existiendo, pero se vuelve porosa.
La hija puede ser personaje y, casi simultáneamente, instancia narrativa
capaz de reconstruir aquello que está viviendo. Acción y relato dejan de
pertenecer a territorios completamente separados.
Esta porosidad alcanza una intensidad particular hacia el desenlace de El cuerpo anímico. Allí la intérprete
termina comunicándose directamente con la platea, atravesada por la emoción que
produce el propio acontecimiento escénico. La frontera entre personaje y actriz
parece volverse deliberadamente incierta. La emoción ya no pertenece exclusivamente
a la hija ficcional: desborda la representación y alcanza también a quien la
encarna.
En La
generación cansada, este procedimiento se radicaliza.
La comunicación con el público ya no aparece como entrada y salida
respecto de una ficción relativamente estable. Se convierte prácticamente en uno
de los principios organizadores de la puesta.
Los intérpretes se dirigen frontalmente a los
espectadores y construyen con ellos una relación continua de interpelación,
confidencia y provocación. La denominada cuarta pared no necesita ser quebrada
porque nunca termina de constituirse plenamente.
El público forma parte del circuito desde el comienzo.
Y esa relación permite incluso llegar a instancias
de gran audacia. Hacia el final, uno de los intérpretes manifiesta abiertamente
su deseo sexual e invita a una espectadora a encontrarse con él después de la
función. La situación podría resultar brutalmente invasiva si apareciera
aislada; sin embargo, produce risa —incluso en la persona interpelada— porque
el espectáculo ha construido previamente un código de complicidad humorística
capaz de volver compartible una provocación tan íntima.
La provocación no irrumpe desde afuera del sistema de la obra.
Ha sido preparada por él. Es decir, por la mano sabia de la
autora/directora, acompañada por un equipo de teatristas audaces y talentosos.
Este tipo de intervención permite advertir que la movilidad
característica de Asensio no se limita al eje actor-personaje. También el
espectador modifica su posición.
También el espectador modifica su posición: deja de
ser un observador estable para convertirse, según el momento, en confidente,
destinatario directo o cómplice del acontecimiento.
De este modo, actor, personaje, narrador y espectador dejan de ocupar
posiciones taxativamente fijas y pasan a integrar un circuito de enunciación
móvil.
Este procedimiento adquiere modalidades muy diferentes en las dos
piezas. En El
cuerpo anímico, el público recibe una historia íntima y se convierte casi en
depositario de una memoria. En La
generación cansada, es incorporado a una maquinaria comunicacional más expansiva,
inmediata y provocadora.
Pero en ambas aparece una convicción semejante: la palabra teatral
está dirigida a alguien.
No basta con que sea pronunciada.
Necesita un destinatario. Necesita mirarlo a los ojos cuando le habla.
Y en ese punto la comunicación con el público deja de ser un mero
recurso técnico para transformarse en parte de la poética.
Esto resulta particularmente significativo en La generación cansada. Una obra consagrada a la
hiperconexión y a la dificultad contemporánea para construir vínculo que
recupera en el teatro una forma elemental y casi arcaica de comunicación: un
cuerpo frente a otro cuerpo, compartiendo un mismo espacio y un mismo tiempo.
Frente a comunicaciones cada vez más mediadas por pantallas y
dispositivos, la escena restituye por un instante una palabra presencial,
vulnerable e irrepetible.
Quizá allí exista una de las paradojas más fértiles de Asensio: cuanto
más habla su teatro de la dificultad de encontrarnos, más necesita del
encuentro concreto con el espectador —en
tanto semejante— para existir.
Y nuevamente aparece la continuidad con El cuerpo anímico. Aunque allí el grado de desarticulación del personaje sea sensiblemente
menor, la potencia de la obra depende también de la presencia física de las
intérpretes, de la relación entre sus cuerpos y de la posibilidad de dirigir
esa experiencia hacia quienes están mirando.
En ambas obras, entonces, el pensamiento teatral parece atravesar
primero un cuerpo.
Pero no termina allí.
Necesita encontrarse con otro.
Del vínculo íntimo al
cuerpo colectivo
La
diferencia de escala entre ambas piezas es enorme.
El
cuerpo anímico concentra su universo en dos mujeres y en una
relación íntima atravesada por instituciones exteriores, bajo la presencia de
la enfermedad, el tiempo y la muerte.
La
generación cansada multiplica.
Nueve
intérpretes, que conforman un fenómeno expansivo a través de múltiples relatos.
Allí la experiencia se expande hacia la sexualidad,
la tecnología, la exposición y la soledad, con la IA como una de sus presencias
decisivas.
Podría
pensarse que entre ambas obras se produce un desplazamiento del cuerpo
íntimo hacia el cuerpo social.
Pero no
se trata de un abandono.
Más bien
de una expansión.
La
pregunta que en El
cuerpo anímico atraviesa la relación entre una madre, una hija y una enfermedad pasa,
en La generación cansada, a involucrar a toda una
comunidad generacional.
La
intimidad se politiza.
Ese
movimiento parece especialmente característico de Asensio.
Ese movimiento parece característico de Asensio:
partir de una experiencia pequeña y descubrir allí una estructura mayor.
La acumulación como forma y
como problema
En La generación cansada, esta búsqueda alcanza una
forma radicalmente distinta.
La obra trabaja por acumulación: imágenes y
discursos se superponen, los personajes pueden devenir actancias y la
tecnología participa del movimiento general de la escena.
La acumulación, magia pura del teatro, deviene
estructura y establece una correspondencia evidente entre forma y contenido.
Así, una obra sobre sujetos saturados adopta
también una forma saturada; la hiperestimulación deja de ser tema para
convertirse en experiencia escénica.
Ese
procedimiento es uno de sus mayores aciertos. Pero también introduce una zona
problemática.
Existe
una frontera difícil entre representar la saturación y saturar.
El riesgo
de una dramaturgia basada en la intensidad continua consiste precisamente en
perder contraste. Para percibir una aceleración necesitamos haber conocido otra
velocidad.
Para
reconocer ruido necesitamos alguna experiencia del silencio.
En El cuerpo anímico, la concentración permite una respiración
diferente.
En El cuerpo
anímico, en cambio, el dolor tiene tiempo y el silencio adquiere otro peso,
lo que permite que el vínculo se expanda sin quedar sometido a una intensidad
continua.
Comparar
ambas obras permite formular una pregunta interesante acerca de la evolución de
la autora.
¿Hasta
qué punto la intensidad de La
generación cansada funciona siempre como forma crítica y en qué momentos corre el riesgo
de reproducir aquello que denuncia?
La
pregunta no invalida el procedimiento.
Todo lo
contrario.
Quizá
señale precisamente una de sus contradicciones más productivas.
Para
denunciar un mundo incapaz de detenerse, Asensio construye una maquinaria
teatral que tampoco se detiene.
Humor contra solemnidad
Otro
elemento importante es el humor.
Incluso
cuando trabaja con enfermedad, muerte, fracaso o agotamiento, Asensio parece
desconfiar de la solemnidad sostenida.
El humor introduce un desplazamiento que permite
respirar y evita que el personaje quede reducido a mero emblema del
sufrimiento.
En La generación cansada, además, la risa cumple
una función crítica.
Reconocemos
ciertos comportamientos, nos reímos de ellos y después descubrimos que también
son nuestros.
La obra
no construye una separación cómoda entre los personajes alienados y un
espectador supuestamente exterior a la alienación.
Todos
vivimos, en mayor o menor medida, dentro del mismo sistema de estímulos:
miramos pantallas, esperamos respuestas y somos ciudadanos de ese universo.
El humor
acorta esa distancia.
Una política que emerge del
cuerpo
La
dimensión política de estas dos obras no parece surgir fundamentalmente de
consignas.
Surge de
situaciones concretas.
La pregunta política podría condensarse así: ¿qué
hace un sistema de rendimiento con cuerpos que enferman, se agotan o dejan de
responder al modelo esperado?
En ese
sentido, podría hablarse de una política encarnada.
No se
parte necesariamente de una gran tesis para aplicarla a personajes.
La idea
emerge del roce entre cuerpos y estructuras.
En esa fricción, la experiencia corporal pone en
crisis los dispositivos que pretenden administrarla y vuelve visible el límite
de sus mandatos.
Y quizás
allí radique una zona especialmente fértil de la dramaturgia de Asensio.
Lo
político aparece cuando el cuerpo dice:
hasta acá.
Entre la finitud y lo
ilimitado
Vistas
juntas, El
cuerpo anímico y La
generación cansada parecen organizarse alrededor de una tensión central.
De un lado, un mundo que promete expansión infinita
y convierte el “más” en principio rector de la experiencia.
Del otro, un cuerpo finito y vulnerable, necesitado
de descanso y capaz de enfermar o morir.
Ahí puede
encontrarse, al menos provisionalmente, uno de los grandes núcleos de la
escritura de Asensio.
Una
dramaturgia de la fricción entre la fantasía de lo ilimitado y la
materialidad del límite.
El
cuerpo anímico lo formula desde la enfermedad.
La
generación cansada, desde el agotamiento.
La
primera pregunta qué sucede cuando un cuerpo ya no puede.
La
segunda parece preguntar qué sucede cuando una sociedad completa ya no puede.
Dos obras, una posible
poética
Sería
excesivo pretender definir la totalidad de una poética autoral desde dos
espectáculos.
Pero
también sería absurdo ignorar las persistencias.
Entre El cuerpo anímico y La
generación cansada cambian profundamente la estructura, la cantidad de personajes, el
régimen de representación y la forma de organizar el relato.
Sin
embargo, permanecen algunos núcleos.
Permanecen, sin embargo, algunos núcleos: el cuerpo
entendido como territorio político, la intimidad atravesada por discursos
sociales y la tensión entre productividad y fragilidad. A ellos se suman la
necesidad de narrarse, el humor frente al dolor y una palabra cotidiana capaz
de abrirse de pronto hacia lo poético.
Y, sobre
todo, una insistente interrogación acerca de cómo seguir viviendo cuando los
discursos disponibles ya no alcanzan para explicar aquello que nos sucede.
Por eso
quizá la distancia entre ambas obras sea menos grande de lo que parece.
En El cuerpo anímico, una hija intenta acompañar un cuerpo que se
acerca a su límite.
En La generación cansada, una comunidad entera
intenta comprender por qué continúa corriendo cuando ya está exhausta.
Una obra
se detiene frente a la finitud.
La otra
representa la imposibilidad de detenerse.
Pero
ambas parecen formular, desde lugares diferentes, una misma pregunta:
¿qué hacemos con nuestra vulnerabilidad dentro de un mundo que nos exige
comportarnos como si no fuéramos vulnerables?
Tal vez
allí empiece —y digo deliberadamente empiece— una posible lectura de la
poética de Mariela Asensio.
No en la
repetición de una forma determinada.
No en una
estructura que se reproduce de obra en obra.
Sino en
una zona de conflicto persistente.
Se trata de una escritura que vuelve sobre cuerpos
sometidos a exigencias que los exceden y de una lengua donde lo lírico puede
contaminarse con lo vulgar o con el discurso social.
Una
teatralidad donde los actores no sólo representan ideas sino que las vuelven
respiración, cansancio, humor, deterioro, deseo.
Y una
dramaturgia que parece sospechar algo incómodo acerca de nuestro tiempo:
que quizá
no estemos faltos de discursos.
Tal vez
tengamos demasiados.
Lo que
parece escasear son las respuestas.
Y mientras esas respuestas no llegan, las criaturas
de Mariela Asensio continúan hablando y buscando en la palabra alguna forma
—aunque sea provisoria— de seguir estando en el mundo.