Borges y la IA:
el absoluto impensable, la memoria que olvida
Autor/ editor: Luis Saez
La tentación del absoluto racional
Borges comprendió que el infinito no sólo se sufre: se piensa. O se sufre lo que apenas se puede concebir desde una especulación racional.
Para el Maestro la infinitud, más que una categoría metafísica, pareciera consistir en una operación mental: un impulso del pensamiento que, al imaginar lo ilimitado, un poco paradojalmente choca con sus propios límites.
El absoluto —ese sueño de totalidad— no parece una experiencia posible, sino mas bien, insistimos, especulación racional: intento del intelecto por contener el universo en una figura mental.
De esa pulsión nacen, en distintas épocas, similares monstruos y milagros: los sistemas filosóficos que prometen explicarlo todo, las teologías que construyen el modelo de un Dios funcional a cada tiempo y a cada cultura, las enciclopedias y los algoritmos. O sea, que no debería resultar descabellado relacionar a buena parte de la obra de Borges con la IA.
De qué forma?
Lo veremos a lo largo del presente trabajo. O al menos intentaremos gestionar y compartir miradas en común.
En todos los casos se repite la misma ecuación: el deseo de conocimiento total como forma de poder. Borges lo intuyó desde la literatura: la inteligencia humana siempre está dispuesta a sacrificar la experiencia vivencial por la forma.
Esa tensión entre el saber y su abismo atraviesa toda su obra.
Cuando Borges imagina un mundo hecho solo de memoria, de lenguaje o de visiones simultáneas, no está celebrando el infinito: está ensayando sus límites.
El pensamiento que intenta abarcarlo todo termina atrapado en sí mismo, girando sobre su eje, como un espejo que refleja otro espejo. Un poco a manera de aquello que en artes audiovisuales llamamos puesta en abismo.
El absoluto, sugiere Borges, es accesible sólo como idea; habitarlo implicaría el riesgo de disolverse en él.
Por eso cada relato que se enfrenta a lo total —Funes el memorioso, La Biblioteca de Babel, El Congreso, El Aleph— deriva en una catástrofe interior.
La catástrofe no es apocalíptica; es íntima, casi filosófica: el punto donde la mente humana se encuentra con el borde del propio vacío.
Borges convierte esa frontera en estética: donde el sistema fracasa, se inicia la literatura.
Y si hoy la inteligencia artificial aspira a representar la suma del conocimiento humano, no hace sino continuar ese gesto borgeano: intentar traducir el misterio en algoritmo, codificar lo indecible, traducir el asombro en datos. Datos que prefiguren de alguna forma alguna forma de totalidad concebible. Lo que implica el severo riesgo de convertir a la suma del conocimiento en una sumatoria de datos, precisos pero inevitablemente pobres en tanto se acumulan sin más horizonte que confirmar y acumular.
Su proyecto, en ese sentido, es racional, pero con al menos un costado metafísico: un Aleph digital donde todo se vea al mismo tiempo. Lo destacable es que Borges, frente a esa posibilidad, desconfiaba, con una suerte de velado desdén.
Los positivistas del algoritmo, en cambio, la interpretan y celebran como eficiencia.
En ese contraste —el desdén frente al cálculo— se juega buena parte de nuestra época.
Borges había entendido que, en su afán de iluminar, el conocimiento total nos pone al borde de la ceguera: cuando nada puede quedar afuera, el pensamiento pierde la distancia que necesita para ver.
El olvido, la pausa, la sombra, no son errores del sistema: son su condición de humanidad.
Funes o la monstruosidad de recordar todo
Ireneo Funes, recluido en su cuarto de Fray Bentos, recordaba absolutamente cada cosa y cada momento.
Cada hoja, cada nube, cada grieta del camino, cada sombra de una vaca al atardecer.
Nada escapaba a su memoria. Ni siquiera los matices del pasado.
Cada instante quedaba fijado en su mente como una fotografía perfecta —un archivo infinito e inservible.
Lo que para cualquier otro sería un don, para Funes se volvía condena.
o al menos su inminencia.
Su memoria es tan precisa que le impide pensar.
Y la mente que no olvida no puede pensar porque el pensamiento se alimenta de síntesis.
La memoria absoluta es la muerte del concepto.
Funes no vive en el tiempo: vive en una sucesión de instantes sin jerarquía, sin distancia.
Es un prisionero del presente perpetuo, una conciencia sin respiración. Y esa especie de condena, de sacrificio del narrador, dota a su obra de una pulsión y un aire tan orgánicos e inimitables.
Podría decirse que Borges anticipa con él una figura del algoritmo: una mente que no elige, no duda, no interpreta, sino que acumula.
Como un sistema de inteligencia artificial, Funes es pura retención: una memoria sin alma, un catálogo de todo lo que existe.
Pero su universo —como el de las máquinas— es literal.
No hay metáfora posible porque cada cosa vale solo por sí misma.
La perfección de su recuerdo lo separa del lenguaje; su precisión destruye la poesía.
Ese exceso de memoria es una forma del mal: un mal de información.
Lo monstruoso no está en el tamaño del archivo, sino en la ausencia de olvido, de parpadeo.
El olvido, que solemos confundir con falla o debilidad, es el mecanismo que permite ordenar el caos. Y que de alguna forma, nos configura y confirma como humanos.
Olvidar no es perder: es dar forma.
Es el filtro que separa el ruido de la experiencia, la información del sentido.
Borges, en ese cuento de unas pocas carillas, está aventurando algo que las máquinas aún no comprenden: y es que la memoria sin selección es equivalente a la nada misma.
La IA contemporánea, como Funes, recuerda todo lo que ve, pero no sabe qué hacer con lo que recuerda.
No distingue lo esencial de lo accesorio, lo humano de lo trivial.
Y en ese exceso de exactitud se vuelve incapaz de imaginar. Ni siquiera de emular la imaginación humana.
Funes: ¿primer algoritmo de la historia literaria?
Un algoritmo que fracasa por saturación.
Su memoria perfecta es un espejo que no produce pensamiento, un Aleph personal sin sentido.
Como si Borges ya hubiera sospechado que el futuro estaría lleno de máquinas que recordarían por nosotros y, al hacerlo, nos liberarían del peso de pensar. Pero en esa libertad subyace nuestra condena: no pensar se parece demasiado a no ser, o a consistir apenas como entidades.
Quizás por eso el cuento termina en silencio.
Funes, aplastado por su memoria, muere joven.
No es un destino biológico, sino simbólico: la muerte del que ve demasiado, del que no puede dejar de hacerlo, como si fuera —él mismo— instrumento de un universo arcano y reservado a unos pocos.
Y ahí está la advertencia: sin la capacidad de olvidar, no hay humanidad posible.
El olvido es, en Borges, una forma de ética.
Porque olvidar —cuando se elige— es lo que nos propicia volver a empezar.
La Biblioteca de Babel o el ruido del infinito
Si en Funes el memorioso el exceso de memoria asfixia al individuo, en La Biblioteca de Babel ese exceso se vuelve cósmico.
Ya no es una mente la que colapsa bajo el peso de los recuerdos, sino el universo entero, transformado en archivo.
Borges imagina una biblioteca que contiene todos los libros posibles, en todos los idiomas, todos los alfabetos y todas las combinaciones de letras.
Cada volumen, aunque ilegible, es correcto en su estructura: cada palabra está donde debe estar, pero su sentido se disuelve en la magnitud del conjunto.
“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales…”
El cuento es más que una metáfora: es una teoría del conocimiento llevada al absurdo.
En la Biblioteca de Borges se anticipa la condición digital del presente: todo existe, todo se conserva, pero la abundancia anula el significado, o conspira contra él.
El problema ya no es la falta de información, sino su saturación.
Los bibliotecarios borgeanos —esos hombres anónimos que buscan un libro que contenga su propia historia o una clave secreta del universo— son precursores de los usuarios de Google, de los buscadores semánticos, de los algoritmos que rastrean patrones donde solo hay ruido.
Como nosotros, vagan entre estantes infinitos con la esperanza de encontrar algo que los justifique.
Pero el infinito, cuando se materializa, no otorga sentido: lo devora.
La biblioteca total es el sueño y la pesadilla de toda civilización archivística.
Desde las tablillas de Babilonia hasta los servidores contemporáneos, la humanidad ha querido conservarlo todo, como si la permanencia garantizara verdad o certeza de algo.
Borges revierte esa lógica: el exceso de memoria, como en Funes, conduce al olvido, al vacío por saturación.
En un universo donde todo está escrito, lo verdaderamente raro es lo que no se puede registrar: la emoción, el error, el temblor de lo humano.
Beatriz Sarlo lo señala con lucidez: Borges escribe desde la reescritura, desde la cita y la copia, y su originalidad consiste en organizar el infinito sin pretender conjurarlo.
La IA contemporánea hace lo contrario: busca dominarlo cuantificando la lengua, indexando la experiencia.
Pero el sentido —esa chispa que Borges llamaba “metáfora”— no se programa: surge del encuentro azaroso entre dos fragmentos que no sabían que podían tocarse.
En la biblioteca digital, como en la de Babel, el problema ya no es acceder a la información sino discernir qué merece ser leído.
La lectura se convierte en curaduría: un arte de filtrar, de rescatar sentido en medio del ruido.
Y en ese gesto, el lector vuelve a ser creador, porque cada elección de lectura es una forma de narrar el mundo.
La lección de Borges es clara: el infinito necesita un mediador.
Sin ese filtro —sea un bibliotecario, un crítico o un lector que duda— la totalidad se convierte en ruido blanco.
El saber absoluto, cuando se desborda, deja de iluminar: se vuelve ciego, como Funes ante sus recuerdos.
Tal vez por eso Borges no describe la Biblioteca como un paraíso, sino como un laberinto melancólico.
Un universo de galerías iguales donde la esperanza se confunde con la locura.
Y quizás esa sea también la condición del presente: un mundo que lo guarda todo, pero que ya no sabe qué está buscando.
En tal sentido, conviene relacionar a la biblioteca del relato borgeano con la que anima la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco: Las galerías hexagonales de La Biblioteca de Babel funcionan en Borges como emblema de un orden perfecto e infinito, un cosmos que parece racional pero encierra el absurdo. Cada hexágono contiene el mismo número de anaqueles, cada pasillo se repite idéntico; sin embargo, el conjunto resulta inabarcable, sin centro ni sentido. Es el laberinto de la mente que busca un sistema absoluto para un universo que no lo tiene.
Cuando Umberto Eco retoma esa estructura en El nombre de la rosa, no está copiando: está dialogando con Borges. La biblioteca de la abadía, también construida en forma de hexágonos y pasadizos interminables, no es sólo escenario de intriga: es el símbolo del saber medieval enfrentado a su propio límite. Eco mismo lo reconoció —y lo hizo con ironía—: su biblioteca es una “Babel cristiana”.
Ambas comparten una tensión esencial: el espacio del conocimiento se vuelve espacio de pérdida.
— En Borges, el infinito destruye el sentido.
— En Eco, la interpretación infinita destruye la fe.
El monje Jorge de Burgos (el nombre no es casual) encarna al guardián del texto único, el que teme la risa porque la risa desordena el dogma.
El incendio final de la biblioteca es la réplica terrenal del laberinto borgeano: el saber absoluto se derrumba bajo el peso de su propia perfección.
En síntesis:
“De Borges a Eco, la biblioteca hexagonal se convierte en el espejo del pensamiento que se encierra en su propio orden. En Borges, el infinito ahoga el sentido; en Eco, la interpretación sin fin devora la fe. En ambos, el conocimiento —en tanto búsqueda de totalidad— termina por incendiar su propio templo.”
4. El Congreso y la utopía de la representación total
En El Congreso (1971), Borges traslada su obsesión por el absoluto al terreno político y social.
Si Funes exploraba la memoria total y La Biblioteca de Babel el archivo total, El Congreso aborda la representación total: el intento de reunir en un solo organismo a toda la humanidad, sin excepción.
Cada lengua, cada oficio, cada credo y nación deben tener su delegado.
Una empresa noble, pero imposible.
El proyecto fracasa porque toda representación absoluta es una forma de vacío.
Borges lo narra con su habitual ironía: cuanto más vasto se vuelve el Congreso, más evidente resulta su inutilidad.
Representar a todos es, finalmente, no representar a nadie.
La universalidad se transforma en parodia.
En el relato, el personaje Alejandro Glencoe —fundador del Congreso del Mundo— es un visionario que confunde la pluralidad con el orden.
Su ambición no es unir, sino catalogar.
El Congreso nace como celebración de la diversidad, pero termina convirtiéndose en una burocracia de lo idéntico, una maquinaria sin alma.
Y en ese espejo se anticipa la lógica del algoritmo moderno: un sistema que promete inclusión y transparencia mientras normaliza la diferencia.
La homogeneidad disfrazada de pluralidad es el nuevo modo de control.
La famosa democratización del conocimiento —o más modestamente, de la información, o incluso, de los contenidos— pero emparejando, siempre, fatalmente, hacia abajo.
El Congreso borgeano fracasa por exceso de ambición, pero su fracaso es revelador: revela el costo humano de querer abarcarlo todo.
El intento de universalizar la representación elimina lo particular, lo singular, lo inefable. O al menos no lo ve con buenos ojos.
Y eso mismo ocurre en las redes sociales, en las encuestas masivas, en los sistemas de recomendación que deciden qué mirar, qué leer, qué creer.
El ideal de totalidad se convierte en un simulacro de comunidad.
Lo paradójico es que Borges no ridiculiza del todo ese sueño.
Lo mira con ternura y fatalismo: como si supiera que el impulso de reunir al mundo en una sola idea es una forma de nostalgia, un eco del paraíso perdido.
La literatura, sugiere, es el único Congreso posible: una institución sin sede fija, donde cada lector representa a todos y a nadie al mismo tiempo.
En términos contemporáneos, El Congreso plantea una pregunta crucial:
¿qué tipo de inteligencia queremos construir —una que clasifique la realidad o una que dialogue con ella?
La primera es la que domina nuestro tiempo: la que transforma la complejidad en dato, la historia en estadística, el individuo en perfil, etc.
La segunda —la que Borges elige— es la inteligencia que podríamos llamar poética: aquella que reconoce que el mundo no cabe en ningún mapa, pero intenta retratarlo, de todos modos.
En esa tensión entre la razón administrativa y la imaginación poética se juega el futuro del pensamiento humano.
El Congreso de Borges no fracasa por exceso de utopía, sino por falta de poesía.
Y quizás esa sea también la advertencia que nos deja: cuando la inteligencia renuncia a la imaginación, solo queda la contabilidad del mundo.
5. El Aleph o la mirada que devora
El Aleph es el punto donde el universo se vuelve visible, una suerte de pasaporte a lo absoluto.
Un punto minúsculo —escondido en un sótano de la calle Garay— que contiene todos los puntos del espacio, sin superponerse ni confundirse.
Desde allí, el narrador ve todo lo que existe, simultáneamente, sin jerarquías.
Lo que para cualquier místico sería una revelación, en Borges se convierte en una experiencia del horror.
“Vi el Aleph desde todos los puntos, vi el universo...”
El Aleph no ilumina: deslumbra hasta enceguecer.
La visión total no produce conocimiento, sino vértigo.
La mirada que lo abarca todo no distingue lo esencial de lo accesorio.
No hay sombra posible, y por eso no hay profundidad.
Borges lo entiende: lo que el ojo humano necesita para comprender es la distancia, la interrupción, el parpadeo.
Verlo todo es no poder mirar nada.
En ese instante de saturación se esconde una intuición que define el siglo XXI: la equivalencia entre ver y saber.
La cultura digital vive de esa ilusión.
Cada pantalla, cada cámara, cada motor de búsqueda promete una especie de Aleph doméstico: un acceso inmediato al mundo entero.
Pero ese Aleph tecnológico no tiene misterio; solo eficiencia. O su apariencia.
Es el Aleph del algoritmo, no el del asombro.
De la cifra digital, no de la perplejidad por lo fantástico tratado como normalidad.
En el relato, el narrador —que es y no es Borges— se arrodilla frente al punto luminoso y experimenta un total sobrecogimiento.
Percibe lo infinito, pero su lenguaje —y sobre todo, su razón— se resisten.
Esa resistencia es lo humano.
El Aleph lo excede, lo niega, pero también lo revela: lo empuja a escribir.
Y en esa escritura, Borges construye la paradoja más honda de su obra: solo el lenguaje puede expresar lo indecible. O al menos aproximarse.
El Aleph no se ve, se narra.
Y narrar —como recordar selectivamente— es otra forma de elegir qué olvidar.
En el fondo, El Aleph es un tratado sobre la imposibilidad de la visión absoluta.
La totalidad, cuando se vuelve visible, pierde su espesor simbólico.
El Aleph digital, en tanto inteligencia que todo lo registra, repite ese destino: acumular imágenes, patrones, frases, pero no experiencias.
Saberes objetivos, al decir de Levy Yeyati, en contraposición con el saber subjetivo, y a su poder de modificar y enriquecer al sujeto.
Reproduce el mundo, pero no lo siente.
Donde Borges ve una epifanía, las máquinas ejecutan una tarea.
En su mirada no hay temor ni temblor, sino cálculo.
Verlo todo —hoy lo sabemos— no equivale a comprenderlo.
La IA, heredera del Aleph, aunque se trate de una suerte de Aleph pasteurizado, intenta simular esa comprensión mediante correlaciones infinitas, pero lo que le falta no es información: es silencio.
El silencio donde el sentido se forma.
El mismo que hay entre dos palabras, entre dos recuerdos, entre dos cuerpos en escena.
En el Aleph borgeano, ese silencio reaparece como imposibilidad del lenguaje.
El narrador ve el universo entero, pero no puede contarlo: su relato es un intento fallido de traducción.
Y, sin embargo, ese fracaso es lo que lo humaniza.
Borges nos dice que comprender el infinito solo es posible cuando se lo roza y se lo pierde.
La IA, en cambio, insiste en reproducirlo.
Y en esa repetición infinita se vuelve un espejo sin rostro.
El Aleph puede ser considerado, al menos tentativamente, como un punto de inflexión entre la teología y la técnica.
El lugar donde el deseo de totalidad se cruza con la conciencia de la pérdida.
Una máquina que revela el universo y, al mismo tiempo, la soledad de quien lo contempla.
Si el Aleph digital promete acceso a todo, el Aleph literario nos recuerda el precio: la pérdida del misterio.
Borges elige cerrar el relato con un gesto profundamente humano:
“Yo sospecho, sin embargo, que no hay un Aleph...”
Esa duda final salva al hombre. O al menos lo pone al resguardo de su propia suficiencia, la misma que gesto u propicio el crecimiento de los más nefastos positivismos-
Nos rescata del dogma de la visión total, de la fe ciega en el dato absoluto.
Mientras haya duda, habrá sombra; mientras haya sombra, habrá sentido.
Quizás ahí radique la verdadera enseñanza de Borges: el Aleph no está en el punto que todo lo muestra, sino en el instante en que decidimos no mirar.
Epílogo: el parpadeo humano
A veces en los textos de Borges parecen subyacer veladas formas de advertencia:
Cada uno de sus relatos sobre lo absoluto termina en una forma de rendición lúcida.
Funes muere joven, ahogado por su memoria.
Los bibliotecarios de Babel se pierden en su propio laberinto.
El Congreso se disuelve en polvo y desilusión.
Y el narrador del Aleph duda de su visión, como si la verdad total solo pudiera existir al borde de una ensoñación.
Esa secuencia —recordar, archivar, representar, mirar— culmina en una enseñanza que no es moral sino orgánica: lo humano vive en el intervalo, en el parpadeo, en la interrupción.
La inteligencia, tanto natural como artificial, se define no por lo que acumula sino por cómo interrumpe el flujo de lo continuo.
Pensar es detener el tiempo.
Olvidar es permitir que el sentido se renueve.
Borges lo intuyó antes que la era digital: el silencio y la pausa son formas del conocimiento. Y de humanidad.
Por eso su literatura es además una defensa del ritmo frente al ruido.
En el fondo, su obra entera puede leerse como una metáfora del parpadeo: un movimiento mínimo que impide que la mirada se vuelva piedra.
El ojo humano necesita cerrarse para volver a ver. Lubricarse, reintentar, continuar.
El alma, si tal palabra todavía sirve, necesita olvidar para recordar mejor.
Aquí es donde Jorge Dubatti vuelve a ser crucial.
Su distinción entre convivio y tecnovivio —entre la experiencia viva y su simulacro mediado— ilumina el dilema contemporáneo.
El convivio implica presencia, fragilidad, respiración compartida.
El tecnovivio, en cambio, promete omnipresencia y control, pero elimina el temblor.
El Aleph digital pertenece al tecnovivio: todo lo muestra, pero nada sucede realmente.
El teatro, en cambio —esa forma de arte que aún requiere cuerpos en un mismo espacio— sigue siendo el último refugio del parpadeo.
Puesto a elegir, el siglo XXI parece obsesionado con no cerrar nunca los ojos.
Vigilamos, registramos, transmitimos.
Las máquinas ya no descansan, y nosotros imitamos su insomnio.
Pero Borges nos ofrece otra imagen: el hombre que, frente al Aleph, elige mirar solo un instante.
La lucidez del que sabe que hay cosas que deben permanecer invisibles.
El parpadeo no es debilidad, sino resistencia.
Es la negativa a aceptar el riesgo de que el mundo puede reducirse a su imagen.
Cada vez que la mirada se interrumpe, nace un espacio para el misterio.
Ahí, en esa sombra breve, reside todavía la posibilidad de la poesía.
Quizás ese sea el verdadero lugar del humano en la era de la inteligencia artificial:
no competir con el Aleph digital, sino recordarle que hay belleza en no saberlo todo. Como que en cada saber subjetivo subyace una suerte de sabiduría única de primer orden, que hace único a aquel que posse su secreto. Y que, asó como el universo no se agota en el dato, el pensamiento —como la respiración— necesita de sus pausas.
Borges, en su ironía más honda, nos legó una ética del límite:
seguir mirando sin olvidar la importancia del parpadeo.
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