Ética de la memoria, política de la palabra y estética de la marginalidad.
Autor-editor: Luis Saez
En el presente trabajo procuraremos establecer coincidencias y singularidades pasibles de estudio en tres obras subidas a escena en distintos momentos histórico-politicos de la argentina reciente, representativas de lo que podríamos llamar tentativamente Teatro expandido testimonial, denominación que no busca sino destacar el sentido profundamente político que atraviesa constitutivamente sus objetivos y praxis.
Para mejor comprensión de los objetivos propuestos, presentaremos trabajos de análisis de cada espectáculo por separado, y como corolario, un cuerpo destinado a comparar las tres propuestas. Sólo nos resta mencionar que, tanto en La complicidad de la inocencia, como en A propósito de la duda o en ¿Porqué afuera no hay lugar para mi?, resulta imposible soslayar la figura guía de Patricia Zangaro, tanto en el rol de autora (A propósito...), co-autora (La complicidad...) y/o como directora (¿Porqué afuera...?)
Este humilde trabajo no pretende sino dejar constancia, una vez más, de su talento y hondo compromiso político, el mismo en el que los que sabemos de su valiosa trayectoria nos sentimos reflejados y representados.
Parte
1: A propósito de la duda:
hacia una
dramaturgia expandida y narraturgia testimonial
ü
Contexto de surgimiento
A propósito de la duda fue
escrita en el marco de una convocatoria impulsada por las Abuelas de Plaza de
Mayo, junto a un grupo de teatristas comprometidos con la memoria y los
derechos humanos. El texto fue una de las primeras respuestas teatrales
directas a la necesidad de visibilizar el drama de los nietos apropiados
durante la dictadura argentina.
Su estreno marcó el inicio simbólico del ciclo
Teatro por la Identidad en el año 2001, un movimiento que articuló la
producción teatral con el activismo por la memoria, la verdad y la justicia. Es
decir, esta obra no sólo abrió un ciclo artístico, sino que funcionó como
catalizador de una política escénica de largo alcance.
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Estructura y poética del texto
El texto de Zangaro es breve, de fuerte tono
testimonial y reflexivo, articulado en torno a la duda de una persona que
comienza a sospechar que su identidad ha sido construida sobre una mentira.
No es un drama clásico en términos aristotélicos: no hay conflicto escénico
convencional, ni peripecia ni desenlace cerrado. Lo que hay es una voz que
se interroga, que plantea hipótesis, que intenta recordar, imaginar,
reconstruir.
Por eso puede decirse que el texto se aproxima a una forma
de "dramaturgia testimonial expandida", donde el énfasis está
puesto en la evocación, el gesto, la memoria en construcción. Esta
característica lo vincula con una poética posdramática, pero profundamente
narrativa, porque la historia que no se puede contar —por falta de
datos, por el trauma, por el silencio impuesto— se vuelve el motor de la escena.
ü
Aportes estéticos y políticos
- Instala la duda como fuerza dramatúrgica: el motor de la obra no es un conflicto externo, sino una disrupción
interior, una grieta subjetiva.
- Se vale de recursos escénicos mínimos, lo que facilita su replicación y circulación en espacios no
convencionales (escuelas, centros culturales, plazas).
- Genera identificación emocional, pero desde un lugar de incomodidad ética: invita al espectador a
preguntarse por su propia historia, por las historias no contadas de su
entorno.
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Impacto e irradiación
- Dio origen a una enorme cantidad de textos breves, monólogos y escenas
creadas por otros dramaturgos y dramaturgas para el ciclo TxI.
- Se convirtió en modelo de un teatro que, sin caer en el panfleto, es profundamente
político, ético y reparador.
- Contribuyó a consolidar una estética de la identidad en el teatro
argentino, donde el teatro no representa sino que interpela, nombra,
repara.
ü
Su lugar en el mapa del teatro contemporáneo
A propósito de la duda
puede ser pensada como una de las obras germinales de la narraturgia
testimonial argentina. Aunque su lenguaje es sobrio y directo, trabaja con
elementos claves del posdramatismo narrativo: la voz que se dirige
directamente al espectador, la discontinuidad de la información, la apelación
al documento (en este caso, el cuerpo como portador de la historia), y la
construcción escénica como acto de memoria activa.
ü
Del drama a la expansión poética del testimonio
El texto de Zangaro se sitúa más allá del drama
representacional clásico. No hay acción externa ni peripecia visible, sino
un dispositivo de enunciación en primera persona que gira en torno a una
duda fundante: ¿y si no soy quien me dijeron que era?
Este gesto desestructura el relato tradicional. La
obra se organiza como acto de memoria en presente, no como
reconstrucción dramática del pasado. Esa operación puede leerse como uno de los
primeros ejemplos argentinos de dramaturgia expandida:
- Porque expande la categoría de lo teatral hacia zonas donde el
texto y la escena se subordinan a la necesidad de dar voz, visibilizar,
testimoniar.
- Porque amplía la noción de autoría: Patricia Zangaro crea el
texto, pero el espectáculo y su circulación están sostenidos por un
colectivo de artistas, Abuelas de Plaza de Mayo y el público mismo.
- Porque desborda los límites del dispositivo
escénico tradicional, habilitando funciones en espacios no teatrales
(aulas, plazas, actos públicos), lo que configura un modelo de teatro
como acto performativo de intervención en lo real.
ü
Otros aspectos destacados: El sujeto narrativo como centro; génesis de una
narraturgia ética
El texto propone una narración subjetiva,
fragmentaria, dubitativa, que construye sentido desde la ausencia. Esta
elección poética sienta las bases para lo que hoy reconocemos como narraturgia:
- No hay personajes dramáticos definidos, sino un yo escénico que habla desde la grieta del no saber.
- El relato no tiene resolución, sino que queda abierto, inestable, lo que obliga al espectador a
implicarse y continuar el gesto narrativo.
- La forma es simple pero radical: monólogo breve, sin ambientación ni caracterización, donde lo
importante es la palabra y el cuerpo del actor como portadores de
memoria.
Aquí aparece un modelo de narraturgia testimonial,
que luego se replicará en muchos otros textos y espectáculos del ciclo Teatro
por la Identidad y más allá: Mi nombre es, Fronteras, Cartas
de la dictadura, Campo Minado, etc.
ü De lo individual a lo colectivo: una dramaturgia de
archivo vivo
Zangaro no sólo escribe desde un yo, sino que convoca
a una experiencia colectiva, donde la escena funciona como catalizador de
memorias múltiples:
- El texto articula una subjetividad que se vuelve símbolo de una
problemática nacional.
- El formato es replicable, maleable, abierto a la reescritura:
distintos actores lo han interpretado en múltiples contextos, a veces con
adaptaciones mínimas al territorio o la coyuntura.
- Esto lo convierte en un prototipo de dramaturgia expandida que
actúa como documento, como ritual, como dispositivo pedagógico y como
poética de la escucha.
- Este tipo de dramaturgia expande las funciones del teatro: ya no
sólo se trata de representar, sino de reponer vínculos, activar archivos,
reescribir la historia desde la escena.
ü
Primera conclusión
A propósito de la duda de
Patricia Zangaro no sólo es una obra clave por lo que dice, sino por lo que
habilitó: una forma nueva de vincular teatro y política, escena y memoria,
ética e identidad. Su importancia excede lo textual para instalarse en el plano
de la práctica cultural y política, marcando un antes y un después en la
dramaturgia argentina contemporánea.
Podemos afirmar con fundamentos que:
·
Fue pionera en una forma de
escritura escénica que luego sería reconocida como narraturgia
testimonial.
·
Anticipó e impulsó una praxis de dramaturgia expandida, tanto en términos espaciales
(funciones en escuelas, actos, espacios no teatrales) como políticos (escena
como herramienta de reparación y visibilización).
·
Reconfiguró la noción de texto
teatral, al ofrecer una partitura abierta, performativa y
ética, cuyo valor excede lo literario o lo espectacular.
·
Inauguró una forma de teatro
narrativo argentino centrado en la memoria, la primera persona y el
acontecimiento real, que hoy constituye una corriente
estética reconocible en festivales, escuelas y grupos de investigación.
Parte 2 : La complicidad de la inocencia: Escenas de una pasividad culpable.
La complicidad de la inocencia
(2011), escrita en coautoría con Adriana Genta, otra gran e inolvidable autora
y actriz, se presenta como una obra coral, fragmentaria y profundamente
política. Dirigida con talento y sensibilidad por el Director Carlos Ianni, esta obra se inscribe ya desde el subtítulo y
explícitamente —Terror y miserias de la clase media argentina— en
la línea brechtiana, no solo como referencia estética sino también como
manifiesto ético y político. Estructurada en escenas breves autónomas, la obra
construye un retrato caleidoscópico del miedo, la pasividad, la delación, la
represión encubierta y la complicidad social durante la última dictadura
cívico-militar argentina. La escena del taxista que orina mientras espera el
partido, el retrete con la perra asesinada, la conversación asfixiante entre la
costurera y la clienta, o la práctica docente invadida por la censura
ideológica, construyen un clima de opresión, banalidad del mal y reproducción
doméstica del horror. La figuras del niño con el redoblante y el Bulto mutilado
como narradores referenciales, desde la propia condición limítrofe de cada uno
y de la relación que alimentan, aportan una clave metateatral: lo monstruoso no
está afuera, ni cayó del cielo; está entre nosotros. Esta obra presenta
una forma de dramaturgia de montaje político, fragmentado pero con un claro
sentido aglutinante, donde las escenas funcionan como alegorías encarnadas. La
actuación, el silencio y el apagón se vuelven gestos críticos. Zangaro aquí
asume el rol de coautora, pero la potencia política de su mirada está presente
en el pulso ético de cada escena. Esta coautoría no diluye su voz: la
multiplica en un coro oscuro, donde cada personaje porta una grieta.
ü Tema
· La complicidad de la inocencia plantea, desde su título, una paradoja feroz: cómo el disfraz de la inocencia puede ser cómplice —y a veces motor— de las peores formas de violencia social. La obra hurga en las zonas grises de la vida cotidiana bajo dictaduras o regímenes autoritarios, señalando cómo el horror se filtra por los intersticios de la pasividad, el miedo o la indiferencia. No hay héroes, sino seres que transitan la tragedia sin conciencia plena de su participación en ella. La pregunta ética central podría resumirse así: ¿puede alguien declararse inocente en medio del terror?
ü
Núcleos semánticos
·
La omisión y el consentimiento
silenciosos
Cada escena pone en jaque al espectador, revelando que lo que no se dice, lo
que no se ve, lo que se deja pasar, puede resultar más criminal que el acto
directo.
·
La degradación de la empatía
La progresiva insensibilidad frente al dolor ajeno aparece como uno de los
hilos que enlazan las distintas situaciones. El dolor se vuelve paisaje.
·
La infancia como máscara o coartada
El "niño" como figura simbólica opera de manera ambigua:
representación de la inocencia o del mecanismo cultural que la finge para
justificar la violencia.
·
El cuerpo mutilado como metáfora
social
Los cuerpos incompletos, deformes o desplazados marcan la imposibilidad de
articular una comunidad ética íntegra. Lo que falta en el cuerpo, falta en la
conciencia.
ü Recursos de estilo
·
Uso del grotesco
El grotesco es una herramienta central. Hay deformación tanto en los cuerpos como en los discursos. La risa se congela rápidamente, como en una máscara que cae. El grotesco actúa como catalizador de lo siniestro, destacando la grieta entre lo que se dice y lo que verdaderamente ocurre.
·
Humor incómodo
Presente a través de diálogos
absurdos o reacciones inadecuadas, genera un efecto de extrañamiento que impide
una lectura complaciente. El humor no alivia; denuncia.
Economía verbal
Las réplicas son cortas, recortadas. El lenguaje no fluye, sino que tropieza. La reticencia, la supresión, el no decir dicen más que los parlamentos.
·
Silencios y apagones
Funcionan como puntuación política. No son pausas
neutras, sino interrupciones violentas del sentido. Los apagones escénicos
aluden a la censura, al corte de comunicación, al borramiento del otro.
ü Intertextualidades con Brecht
Relación con Terror y miseria del Tercer Reich
Como en la obra de Brecht, la estructura fragmentada y
episódica arma un fresco coral del terror social. Cada escena funciona como una
miniatura autónoma que refleja una cara del sistema represivo. Pero aquí el
foco está en lo micro, en el tejido doméstico.
Distancia crítica
Se estimula constantemente una distancia de
observación. El espectador no debe empatizar sin mediación: se le obliga a
pensar. Los personajes se comportan como engranajes de un dispositivo social,
más que como psicologías individuales.
▪ Personajes-tipo
La madre ciega, el tachero que "no se mete",
el niño deformado, el perro, el bulto: todos se mueven como figuras que
condensan tensiones sociales. No son sujetos en sentido dramático clásico, sino
tipos sintomáticos.
Montaje escénico
El montaje yuxtapone escenas de manera discontinua. La
lógica no es causal, sino temática y emocional. La repetición de ciertos
elementos visuales o sonoros refuerza los núcleos de sentido (el baño, el
redoblante, el bulto).
ü Simbología de personajes
El Niño con redoblante
Evocación directa a la novela de Günter Grass (El
tambor de hojalata), donde la infancia se vuelve máscara del horror. Aquí
el redoblante anticipa la violencia, marca el ritmo de la represión, y sugiere
una "inocencia que denuncia sin hablar".
El Bulto mutilado
Metáfora brutal del desaparecido, del cuerpo negado,
del testigo imposible. También puede leerse como la conciencia cercenada: está
ahí, pesa, molesta, pero nadie sabe cómo nombrarlo.
La figura del perro
El perro aparece como resto animal
de lo humano, pero también como figura del sometimiento y la fidelidad ciega. A
veces representa al vigilante (el que olfatea), otras al marginado (el que es
echado a patadas).
El tachero y el baño como espacio de lo reprimido
El tachero representa al
argentino promedio: “yo no me meto”, “hay que cuidar el laburo”, “mejor no
saber”. El imposible baño como catalizador del miedo extremo a bajarse del
vehículo y pedir permiso para desagotar el orín acumulado por la angustia —abismal—
de no tener para el alquiler, ni para comer, a gatas para respirar. Y el miedo,
claro. El miedo que por momentos parece saber de nosotros más que nosotros
mismos. O al menos eso nos soplan al oído las autoras… y el niño monstruo, que
esconde —cobija— bajo su oscura manta las marcas indelebles del horror por el
horror mismo, impregnado en cada una de sus historia-cómplices, y en su propio
cuerpo estragado.
Recursos
estructurales
Escenas independientes pero conectadas temáticamente y narrativamente.
Cada cuadro funciona como un relámpago: ilumina un
rincón oscuro del cotidiano y se apaga. Pero el espectador va armando un mapa
de zonas de complicidad social.
Acumulación discontinua
El montaje no ofrece continuidad, sino choque. Cada
nueva escena contradice o intensifica la anterior, generando tensión. No hay
resolución dramática sino sumatoria de síntomas.
Efecto coral
Aunque no hay un coro griego, la repetición de
figuras, frases, objetos y temas genera un coral de lo reprimido: los
personajes son voces que se entrecruzan para formar un diagnóstico colectivo.
ü Tensión ético-política
Lo siniestro en lo cotidiano
El pan con manteca puede ser más espeluznante que la
tortura, si se lo inserta en un contexto de indiferencia culpable. Lo siniestro
se cuela en los hábitos, los gestos, las conversaciones de ascensor.
La pasividad como forma de violencia
La obra no acusa solo a los represores. Acusa al
silencio, a la tibieza, al “yo no fui”. La ética no se define por la acción,
sino por la omisión: no hacer también es hacer.
La omisión como complicidad
La mayor acusación que lanza la obra no es a los
militares, sino al ciudadano medio. La obra no propone venganza ni justicia
poética: propone pensar qué hicimos cuando no hicimos nada.
A modo de -segunda- conclusión
La complicidad de la inocencia se inscribe en una línea de teatro político que no busca adoctrinar, sino
inquietar. Está más cerca del teatro documento que del realismo, más
cerca del Brecht argentino (Viñas, Zangaro, Pavlovsky) que de la denuncia
emocional. Una obra que actúa como espejo deformante, obligando a cada
espectador a preguntarse: ¿qué haría yo? ¿qué hice yo? ¿qué hago ahora?
Parte
3: ¿Por qué afuera no hay lugar para mí?
Un análisis
dramatúrgico, escénico y político de una obra urgente
üIntroducción: el
teatro como espacio de interpelación
En tiempos donde la salud mental es aún territorio de
estigmas, encierros y silencios institucionalizados, el teatro vuelve a ser ese
espejo inquietante y poético que devuelve preguntas a la sociedad. ¿Por qué afuera no hay lugar para mí?,
escrita por María Ester Mazza y
dirigida por Patricia Zangaro, no
solo retoma la vieja consigna del arte como herramienta de transformación, sino
que lo hace con precisión crítica y sensibilidad conmovedoras.
Presentada en diversos espacios de CABA y del conurbano
bonaerense entre 2023 y 2025, la obra emerge como testimonio ficcionalizado de
un sistema de salud que, en lugar de curar, muchas veces aísla, cronifica y
deshumaniza. Pero también aparece como un gesto estético de resistencia, una
forma de nombrar lo innombrable desde el cuerpo, la voz y la escena.
ü
Recursos de estilo
Comparada con los demás trabajos elegidos para desarrollar el presente estudio, y en consonancia con lo señalado en el item anterior, la obra se inscribe en un estilo que podriamos llamar testimonial ficcionalizado, de corte representacional, en un lenguaje singular donde conviven un realismo relativo, que remite a un mundo de carencias y despojamiento, material y metafórico.
ü Síntesis poética de la trama
La historia se despliega en un hospital psiquiátrico donde
los vínculos humanos se tensan entre el encierro y el deseo-necesidad de
liberación. Paula, joven profesional recién llegada, se enfrenta a un sistema
donde la norma es la brutalidad burocrática y la anulación de todo deseo vital.
En contrapunto, la jefa representa ese engranaje férreo del aparato
psiquiátrico: controla, dispone, ordena y somete. Pero es en su relación
obsesiva con Molina, paciente histórico del pabellón, donde aflora su costado
más humano y a la vez más sombrío: un amor-trampa, amor-caníbal, un deseo de
posesión que revela el modo en que también ella ha sido deshumanizada por la
maquinaria a la que representa.
Por su parte Paula, la recién llegada, a la manera de una
figura prometeica, intenta aportar el
fuego del cambio, pero arriesgando su integridad emocional com precio por el no
ceder. Su lucha ética la ubica en el límite del martirio: escucha, acompaña, se
involucra, pero no puede alterar las estructuras que la rodean.
Entre los pacientes, emerge con fuerza la figura de Molina
—interpretado con ternura y sensibilidad por Mariano Monsalvo—, quien desde su
transparencia y empatía logra tejer un vínculo real con Lucas, joven internado
que apenas puede hablar, y que sin embargo encarna para Molina a una suerte de
émulo afectivo de su hijo suicidado. La relación entre ambos se convierte así
en uno de los núcleos emocionales más intensos de la obra: dos sobrevivientes
que, en el mínimo acto de compartir un mate o un dibujo, gestan una forma de
salvación. O al menos su esperanza. Pero Molina, como un héroe kafkiano,
también deberá pagar caro el atrevimiento de soñar con otra existencia.
ü Actuaciones
destacadas y dimensión sensible del elenco
Mariela Vega compone a la joven
psiquiatra atrapada en un conflicto sin resolución: ser parte del sistema que
cuestiona. Su interpretación encarna esa tensión con profunda sensibilidad,
representando a una figura ética acorralada, una especie de Prometea urbana,
obligada a poner en riesgo su propia integridad como precio por oponerse al
orden establecido condenada, como el héroe trágico, a perpetuo martirio, por
intentar ayudar a los desfavorecidos.
Mariano Monsalvo, por su parte,
transita con ductilidad múltiples personajes internos. Personajes tan disímiles
y afectados como un inmigrante español, presa del sueño-necesidad perentorio
que lo trajo a esta tierra, pero sin poder despegar de una historia natal que,
como una grieta perpetua, no consigue cerrar, y vive reviviendo y apareando con
el presente, o de Rivera, que tras 15 años de confinamiento, desea regresar a
su pueblo natal, derrotado finalmente por la persistencia autoritaria y
asfixiante de la jefa. Pero es su composición de Molina la que conmueve hasta
el hueso: un hombre marcado por la pérdida y por el encierro, que encuentra en
su vínculo con Lucas una razón para seguir vivo. Monsalvo construye un Molina
de luminosa fragilidad, cuya empatía se vuelve insoportable para el sistema que
necesita cosificarlo. La historia real que lo inspira potencia aún más la
conmoción.
Reservamos a Maria Ester Mazza el doble mérito de una
actuación relevante, y la autoría de un gesto de cuño mayor. En el papel de la
jefa, Mazza ofrece una interpretación de altísimo vuelo. Su personaje es, a la
vez, gendarme institucional y mujer rota por dentro: cruel, reglamentarista,
pero también dolida y vulnerable. La escena final, donde se confronta con su
pobre vacío existencial, la encuentra en un clímax interpretativo que
estremece, revelando las grietas de quien ha entregado su humanidad a una causa
equivocada. O, lo que resulta aun mas devastador, a ninguna otra causa que no
sea obedecer sin dudar ni cuestionar.
ü La dirección de
Patricia Zangaro: una poética de lo esencial
Esta experiencia de enorme densidad simbólica y política no
sería posible sin la mirada sabia y profunda de Patricia Zangaro. Dramaturga y directora de trayectoria fundamental
en el teatro argentino desde los años 90, Zangaro opta aquí por una puesta casi
desnuda, donde la economía de recursos se convierte en riqueza expresiva.
Su dirección privilegia la palabra justa, el gesto mínimo,
el silencio que dice más que el grito. Se inscribe, por momentos, en la línea
de una dramaturgia que remite a la gran Griselda Gambaro, donde lo ominoso
brota de lo cotidiano y el absurdo deviene lucidez. Con códigos narratúrgicos
claros y eficaces, Zangaro guía al espectador hacia un involucramiento
emocional profundo, que se intensifica al final de cada función, cuando se
invita al público a compartir miradas y sentires. La participación y el compromiso
del público en estos conversatorios posfunción dan cuenta del impacto de la
propuesta.
Zangaro logra, mediante el uso de un lenguaje intensamente poético y dramático, que lo mínimo se vuelva inmenso: dos banquetas, un banco que oficia de muchos objetos, una frase quebrada. Y desde ese despojo, articular una denuncia feroz y bella contra los dispositivos de encierro que aún hoy perviven.
Parte 4: A modo de tentativa conclusión final
Comparación crítica de las tres obras
La comparación entre A propósito de la duda, La complicidad de la inocencia y ¿Por qué afuera no hay lugar para mí? permite delinear una cartografía estética y política del teatro expandido testimonial en la Argentina, sus distinos grados de mixtura con otros lenguajes, como el pos dramatismo e inclusive el grotesco.
A nivel estilístico, A propósito… es la obra con mayor vocación posdramática y extensiva. Su lenguaje escénico está regido por el despojamiento, la palabra fragmentaria y una narración subjetiva que apela al espectador como testigo y partícipe. En el devenir de la acción dramática, el presentar se impone sobre el representar configurando así una acciñon de cuño claramente pos dramático..
La complicidad…, en cambio, adopta un dispositivo más fragmentario, coral, con raíces brechtianas, donde la distancia crítica se construye a través de una sucesión de escenas simbólicas.
¿Por qué afuera…? por su parte, se inscribe en una poética más representacional, con trazos realistas, aunque también articulada por un fuerte componente ético-político.
Roles
En cuanto al rol de Zangaro, cada obra revela una faceta distinta: en A propósito… es autora convocada por una causa colectiva; en La complicidad… es coautora de un mosaico coral y político; y en ¿Por qué afuera…? se desempeña como directora y pedagoga dramatúrgica, acompañando a una autora en formación. Esa versatilidad es una marca de su praxis: no impone una firma autoral cerrada, sino que habilita espacios de creación colectiva, comunitaria o guiada, según cada caso. En las tres piezas, la ética de la escucha, la restitución de la palabra silenciada y la potencia transformadora de la escena como lugar político son constantes fundantes.
ü Breves comparativos entre las tres obras
· Coincidencias
- Compromiso político-ético con los Derechos Humanos
Las tres obras están atravesadas por una voluntad explícita de memoria, verdad y justicia. El compromiso no es panfletario: se manifiesta en la estructura, la tensión dramatúrgica, el uso de las voces y el descentramiento del yo. Se trata de obras que interrogan más que declamar. - Relación con la Historia reciente argentina
En las tres, el terrorismo de Estado y sus efectos —en el cuerpo social, la memoria y el lenguaje— son temas centrales. La represión, la complicidad civil, las secuelas afectivas y el silenciamiento se abordan desde perspectivas distintas, pero convergentes. - Poética de la fragmentación
Ninguna de estas obras responde al modelo dramático tradicional. Hay discontinuidades temporales, estructuras episódicas, escenas yuxtapuestas, relatos interrumpidos. El sentido emerge por acumulación o contraste. - Presencia del testimonio o lo testimonial como dispositivo
Tanto en la narración directa (A propósito…), como en la performatividad del recuerdo y la escena (¿Por qué afuera…), o en los personajes simbólicos (La complicidad…), el testimonio se convierte en materia escénica que desborda el plano individual.
· Diferencias
|
Criterio: |
A propósito de la duda |
¿Por qué afuera…? |
La complicidad de la inocencia |
|
Autoría
y rol |
Obra íntegramente escrita por
Zangaro |
Dirección de Zangaro, texto de
Mazza (exalumna suya) |
Coautoría con Adriana Genta |
|
Estilo
predominante |
Posdramático-narrativo |
Realista-expresivo, con momentos
performativos |
Grotesco simbólico, coral,
fragmentario |
|
Lenguaje |
Poético, introspectivo, de alta
densidad semántica |
Directo, realista, con
intervenciones autorreflexivas |
Económico, con silencios, humor
incómodo, metáforas visuales |
|
Dispositivo
escénico |
Voz narradora, escena mínima,
evocación |
Presencia física, encarnación
emocional, montaje de escenas |
Coralidad simbólica, cuerpos y
signos materiales, montaje discontinuo |
|
Vínculo
con lo autobiográfico |
Alto: incluye experiencia personal y política de la autora |
Medio: lo autobiográfico filtrado
por la dirección |
Bajo: énfasis en lo arquetípico y
colectivo
|
ü Relaciones con el teatro expandido
Las tres obras se inscriben, con diferentes grados de
énfasis, en el campo del teatro expandido según la conceptualización de
Jorge Dubatti:
- A propósito de la duda puede considerarse prototípica
del teatro expandido narrativo: desplaza la acción dramática hacia una
voz que relata y evoca. El convivio se sostiene desde una escena mínima,
pero lo narrado desborda el presente escénico, creando una red de
temporalidades superpuestas. La dramaturgista (Zangaro) es a su vez la intérprete.
- ¿Por qué afuera no hay lugar para mí? articula una doble capa expandida: la primera, en el proceso
de construcción del texto, que involucra el trabajo conjunto entre
directora y autora; la segunda, en la puesta, donde lo autobiográfico, lo
teatral y lo social se interpelan en escena. El dispositivo
posdramatúrgico se combina aquí con fragmentos de realismo.
- La complicidad de la inocencia extrema la expansión hacia lo coral, lo simbólico y lo performativo.
La escritura se aparta de la lógica psicológica o narrativa para trabajar
con tipologías, metáforas escénicas y estructuras brechtianas,
dando lugar a una escena expandida tanto en términos semánticos como
visuales.
ü Relación con el pos-dramatismo
Todas integran estrategias posdramáticas según el
canon de Lehmann:
- Fragmentación estructural, desplazamiento del centro hacia la
multiplicidad de voces, inclusión de materiales documentales o
performativos.
- En A propósito…, el lenguaje desplaza la acción.
- En ¿Por qué afuera…?, la actuación se vuelve experiencia.
- En La complicidad…, el montaje escénico
disloca la narrativa convencional.
ü Relación con el grotesco
- La complicidad de la inocencia es la que más se aproxima al grotesco argentino (con ecos de
Discépolo, Cossa y el “negrotesco” noventista). Utiliza cuerpos deformes,
humor cruel, y escenas de absurdo con trasfondo político.
- ¿Por qué afuera…? trabaja el grotesco más desde
lo emocional que desde lo formal. La escena del baño, los conflictos con
los vecinos, la imposibilidad de “salir” del adentro, componen una lógica
grotesca desde lo existencial.
- A propósito de la duda apela a lo grotesco más desde
la paradoja ética que desde la forma: lo más sagrado (la palabra, el
recuerdo, la madre) aparece fisurado, escindido, desencajado.
ü Conclusión final
Estas tres obras constituyen un corpus coherente
dentro de la dramaturgia ética argentina contemporánea. A través de estrategias
diferentes (narrativas, performativas, simbólicas), todas parecen cuestionar el
lugar del espectador, en tanto rol pasivo, erosionan la idea de inocencia y
proponen una escena expandida donde la memoria y la política se inscriben en
los cuerpos, los silencios y los gestos mínimos.
Si A propósito es la meditación íntima, ¿Por
qué afuera…? la exclamación desesperada y La complicidad el coro acusador, las tres juntas conforman
una trilogía de la inquietud ética y moral, en tiempos de democracia digital
y bajo vigilancia.
LS
Fuentes
- Lehmann, Hans-Thies. Teatro posdramático.
- Dubatti, Jorge. Filosofía del teatro.
- Pavis, Patrice. El análisis de los espectáculos.
- Pellettieri, Osvaldo. Historia del teatro argentino.
- Sarlo, Beatriz. Tiempo pasado.
- Brecht, Bertolt. Terror y miseria del Tercer Reich.
- Grass, Günter. El tambor de hojalata.
- Abuelas de Plaza de Mayo. Documentos institucionales.
- Teatro por la Identidad. Archivo de obras y registros.