¿Por qué afuera no hay lugar para mí?
Un análisis dramatúrgico, escénico y
político de una obra urgente
Autor-editor: LUIS SAEZ
1. Introducción: el teatro como espacio de interpelación
En tiempos donde la salud mental es
aún territorio de estigmas, encierros y silencios institucionalizados, el
teatro vuelve a ser ese espejo inquietante y poético que devuelve preguntas a
la sociedad. ¿Por qué afuera no hay lugar
para mí?, escrita por María Ester
Mazza y dirigida por Patricia
Zangaro, no solo retoma la vieja consigna del arte como herramienta de
transformación, sino que lo hace con precisión crítica y sensibilidad
conmovedoras.
Presentada en diversos espacios de CABA y del conurbano bonaerense entre 2023 y 2025, la obra emerge como testimonio ficcionalizado de un sistema de salud que, en lugar de curar, muchas veces aísla, cronifica y deshumaniza. Pero también aparece como un gesto estético de resistencia, una forma de nombrar lo innombrable desde el cuerpo, la voz y la escena.
2. Una síntesis poética de la trama
La historia se despliega en un
hospital psiquiátrico donde los vínculos humanos se tensan entre el encierro y
el deseo-necesidad de liberación. Paula, joven profesional recién llegada, se
enfrenta a un sistema donde la norma es la brutalidad burocrática y la
anulación de todo deseo vital. En contrapunto, la jefa representa ese engranaje
férreo del aparato psiquiátrico: controla, dispone, ordena y somete. Pero es en
su relación obsesiva con Molina, paciente histórico del pabellón, donde aflora
su costado más humano y a la vez más sombrío: un amor-trampa, amor-caníbal, un
deseo de posesión que revela el modo en que también ella ha sido deshumanizada
por la maquinaria a la que representa.
Por su parte Paula, la recién
llegada, a la manera de una figura prometeica,
intenta aportar el fuego del cambio, pero arriesgando su integridad
emocional com precio por el no ceder. Su lucha ética la ubica en el límite del
martirio: escucha, acompaña, se involucra, pero no puede alterar las
estructuras que la rodean.
Entre los pacientes, emerge con
fuerza la figura de Molina —interpretado con ternura y sensibilidad por Mariano
Monsalvo—, quien desde su transparencia y empatía logra tejer un vínculo real
con Lucas, joven internado que apenas puede hablar, y que sin embargo encarna
para Molina a una suerte de émulo afectivo de su hijo suicidado. La relación
entre ambos se convierte así en uno de los núcleos emocionales más intensos de
la obra: dos sobrevivientes que, en el mínimo acto de compartir un mate o un
dibujo, gestan una forma de salvación. O al menos su esperanza. Pero Molina,
como un héroe kafkiano, también deberá pagar caro el atrevimiento de soñar con
otra existencia.
3. Actuaciones destacadas y dimensión sensible del elenco
Mariela
Vega compone a la joven psiquiatra
atrapada en un conflicto sin resolución: ser parte del sistema que cuestiona.
Su interpretación encarna esa tensión con profunda sensibilidad, representando
a una figura ética acorralada, una especie de Prometea urbana, obligada a poner
en riesgo su propia integridad como precio por oponerse al orden establecido
condenada, como el héroe trágico, a perpetuo martirio, por intentar ayudar a
los desfavorecidos.
Mariano
Monsalvo, por su parte, transita con
ductilidad múltiples personajes internos. Personajes tan disímiles y afectados
como un inmigrante español, presa del sueño-necesidad perentorio que lo trajo a
esta tierra, pero sin poder despegar de una historia natal que, como una grieta
perpetua, no consigue cerrar, y vive reviviendo y apareando con el presente, o
de Rivera, que tras 15 años de confinamiento, desea regresar a su pueblo natal,
derrotado finalmente por la persistencia autoritaria y asfixiante de la jefa.
Pero es su composición de Molina la que conmueve hasta el hueso: un hombre
marcado por la pérdida y por el encierro, que encuentra en su vínculo con Lucas
una razón para seguir vivo. Monsalvo construye un Molina de luminosa
fragilidad, cuya empatía se vuelve insoportable para el sistema que necesita
cosificarlo. La historia real que lo inspira potencia aún más la conmoción.
Reservamos a Maria Ester Mazza el
doble mérito de una actuación relevante, y la autoría de un gesto de cuño
mayor. En el papel de la jefa, Mazza ofrece una interpretación de altísimo
vuelo. Su personaje es, a la vez, gendarme institucional y mujer rota por
dentro: cruel, reglamentarista, pero también dolida y vulnerable. La escena
final, donde se confronta con su pobre vacío existencial, la encuentra en un
clímax interpretativo que estremece, revelando las grietas de quien ha
entregado su humanidad a una causa equivocada. O, lo que resulta aun mas
devastador, a ninguna otra causa que no sea obedecer sin dudar ni cuestionar.
4. La dirección de Patricia Zangaro: una poética de lo
esencial
Esta experiencia de enorme densidad
simbólica y política no sería posible sin la mirada sabia y profunda de Patricia Zangaro. Dramaturga y
directora de trayectoria fundamental en el teatro argentino desde los años 90,
Zangaro opta aquí por una puesta casi desnuda, donde la economía de recursos se
convierte en riqueza expresiva.
Su dirección privilegia la palabra
justa, el gesto mínimo, el silencio que dice más que el grito. Se inscribe, por
momentos, en la línea de una dramaturgia que remite a la gran Griselda Gambaro,
donde lo ominoso brota de lo cotidiano y el absurdo deviene lucidez. Con
códigos narratúrgicos claros y eficaces, Zangaro guía al espectador hacia un
involucramiento emocional profundo, que se intensifica al final de cada
función, cuando se invita al público a compartir miradas y sentires. La
participación y el compromiso del público en estos conversatorios posfunción
dan cuenta del impacto de la propuesta.
Zangaro logra, mediante el uso de un
lenguaje intensamente poético y dramático, que lo mínimo se vuelva inmenso: dos
banquetas, un banco que oficia de muchos objetos, una frase quebrada. Y desde
ese despojo, articular una denuncia feroz y bella contra los dispositivos de
encierro que aún hoy perviven.
5. A modo de tentativa conclusión
¿Se puede parir belleza desde
aquello que produce furia, dolor y repulsión? ¿Por qué afuera no hay lugar para mí? Supone una respuesta
afirmativa. No como consuelo, ni como redención fácil, sino como un gesto
profundamente político del arte cuando se atreve a descender al subsuelo de lo
humano para alumbrar, desde allí, una forma intensa de dignidad.
La escena, en este caso, no estetiza
el sufrimiento, no al menos como objetivo prioritario: lo reconoce, lo encarna,
lo nombra. Pero al hacerlo, lo transforma. En ese gesto reside su potencia
reparadora. Es tarea del teatro —de éste teatro—
y del arte todo legitimar lo
innombrable, rescatar lo olvidado, y ofrecerle al espectador no solo una
salida, sino también una pregunta viva, incluso por vía de la herida lúcida.
