Páginas

Teatro BREVEDAD Y TENSIÓN HISTÓRICA

 

Tres piezas de Carlos Gorostiza entre dictadura y democracia


BREVEDAD Y TENSIÓN HISTÓRICA

Tres piezas de Carlos Gorostiza entre dictadura y democracia

Por Luis Sáez *

En este trabajo me propongo analizar tres piezas de Carlos Gorostiza —El acompañamiento (1981), Hay que apagar el fuego (Teatro Abierto, 1982) y A propósito del tiempo (1997, ciclo Teatro Nuestro)— como componentes, las tres, de una micropoética de la resistencia, concepto relacionado directamente con los momentos políticos del país en que estas obras subieron a escena.

Entiendo aquí por micropoética un recorte específico dentro de la obra total del autor: una zona particular de su producción que, al ser leída en conjunto, permite reconocer una constelación común de procedimientos, temas y tensiones dramatúrgicas.

La formulación de este corpus no es casual. El acompañamiento y Hay que apagar el fuego se estrenaron en el marco del inolvidable Teatro Abierto y coinciden con distintos tramos de la última dictadura militar, período en el que la escritura teatral —y otras formas de comunicación audiovisual— debía recurrir a la metáfora, los desplazamientos simbólicos y otros sistemas de alusión para hablar de aquello que no podía nombrarse frontalmente, por no mencionar a la censura y la autocensura.

A propósito del tiempo, en cambio, pertenece a otro clima histórico: ya no el de la represión dictatorial inmediata e impune, sino el de una democracia atravesada y yo diría mal herida por nuevas formas de desencanto y deterioro social, consecuencia del avance neoliberal y de sus políticas económicas devastadoras.

No se trata de reducir cada obra a su contexto. Ninguna pieza de Gorostiza se agota en una lectura histórica directa, pero tampoco conviene leerlas como si hubieran sido escritas en el vacío. La pregunta que organiza este trabajo podría formularse así: ¿cómo cambian la estrategia dramatúrgica y el compromiso en Gorostiza según las condiciones históricas en que escribe y estrena?

Estas piezas tampoco deberían considerarse obras laterales o menores. Pueden pensarse como una zona de cámara donde se condensan marcas de la dramaturgia Gorostiziana: personajes comunes, del llano, hacia quienes el autor el autor siempre demostró particular afinidad; dignidad amenazada, vínculos dañados, crisis del trabajo, memoria erosionada, vejez precarizada y resistencia de lo humano en condiciones sociales y políticas adversas.

Lo que en otras obras se despliega en tramas más amplias, aquí aparece reducido a pocos personajes, espacios acotados y situaciones de presión creciente. La reducción no empobrece el conflicto: lo concentra y lo conduce, gracias a la maestría del autor, hacia finales de gran impacto.

En El acompañamiento, Tuco, un operario cercano a la jubilación, se encierra en un cuarto y espera la llegada de un acompañamiento musical que le propiciará volver a cantar. En un tiempo ya lejano ha sido cantor de tangos, o al menos ha intentado serlo, y al parecer no le ha ido muy bien.

Ese cuarto es al mismo tiempo camarín pobre, celda, escenario imaginario y trinchera. Tuco no sólo espera: se pone a sí mismo en escena. Actúa para sí, para su inesperado visitante Sebastián y, por supuesto, para la platea. Construye con los elementos que tiene a mano una ficción de regreso artístico, una identidad posible que puede ser leída como su última forma de dignidad.

El cajón de frutas funciona como tarima; la victrola, como orquesta supletoria; y el espejo, como mirada crítica y alter ego de su aspiración artística. Sebastián, el amigo que llega desde afuera, funciona como espectador, interlocutor y amenaza de la realidad. Son miniaturas escénicas que potencian poéticamente un mundo, incluido el cuchillo que Tuco ha ubicado estratégicamente a la vista de cualquier visitante y del público mismo.

En Hay que apagar el fuego, el punto de partida parece ser una escena doméstica de adulterio, pobreza y farsa. En medio de un encuentro amoroso entre Pascual y Libertad, regresa Cayetano, marido de ella y mejor amigo de él, vestido de bombero voluntario y herido, después de haber intervenido en un siniestro.

Pero la historia no se reduce a la situación del marido engañado. Cuando los amantes esperan una reacción despechada, Cayetano elige referirles minuciosamente la proeza que acaba de protagonizar. Su actitud mueve al espectador —y finalmente a los propios amantes— a interrogantes inevitables: ¿no ve lo que ocurre? ¿Ve y calla? ¿Perdona o castiga? ¿O hace ambas cosas?

Su aparente ingenuidad puede leerse como santidad popular, ceguera, defensa psíquica o forma de actuación. Esa ambigüedad sostiene gran parte de la tensión dramática y constituye un ejercicio magistral del lugar de indeterminación como motor de la intriga.

En A propósito del tiempo, tras veinte años de inexplicada ausencia, la llegada de Carmelo altera la rutina de Rosa y Natalio, ahora cercanos a la vejez, y reactiva un pasado que no vuelve como memoria pacificada, sino como herida, disputa y malentendido sin saldar.

Allí el tiempo no es sólo tema: es materia dramática, fuerza corrosiva y antagonista. Los personajes ya no enfrentan un cuchillo ni un incendio, sino algo más abstracto y difícil de combatir: la imposibilidad de recomponer lo vivido y, sobre todo, lo no vivido.

Éste es uno de los motores de la pieza: la difícil brecha que separa y, al mismo tiempo, vincula lo que ocurrió con lo que pudo haber ocurrido.

Podríamos organizar el recorrido que vincula las tres obras mediante una concatenación de elementos: del cuchillo al fuego, y del fuego al tiempo.

En El acompañamiento, la amenaza se materializa en el cuchillo y abre la posibilidad de que el sueño artístico de Tuco, al ser combatido, derive en violencia. Aunque resulte difícil imaginarlo desatando una masacre familiar para poder concretar su sueño, la presencia del cuchillo desmiente cualquier seguridad.

Se produce en el espectador un fenómeno de identificación que coincide con la situación social y política imperante en aquel tiempo. De alguna forma, en aquel no tan lejano 1981 todos éramos un poco Tuco: confinados con nuestros sueños en un encierro alienante que convertía la vida en una prisión, bajo el agobio de la posibilidad concreta de ser secuestrados y desaparecidos por el peor de los terrrosimos: el ejercido por el Estado.

En Hay que apagar el fuego, la amenaza aparece en el fuego sugerido en el título y en distintos elementos que lo prefiguran: la sirena de la autobomba y el simulacro de incendio, que encubre otro incendio mucho más profundo y devastador.

Pero la amenaza habita sobre todo en la opacidad moral de Cayetano, empeñado en relativizar o negar la infidelidad de su mujer con su mejor amigo. Lo inquietante no es sólo lo que puede arder, sino lo que Cayetano sabe, calla o decide trocar en representación. Puede ser víctima, testigo, juez o actor de una farsa que él mismo administra.

Cayetano no estalla: demora, ordena, narra, mira y desplaza. Maneja los tiempos de la pareja sorprendida con una maestría cada vez más mortificante. Pascual y Libertad responden inventando excusas funcionales a su relato. Así, el fuego exterior se duplica en un incendio íntimo: la traición y la culpa permanecen ardiendo hasta provocar la crisis final de Libertad, nombre cargado de simbolismos si los hay.

Hay quienes ven en la decisión de Libertad de poner fin a su relación con Pascual un gesto de rebeldía o dignificación. Personalmente, creo que el posterior ruego de Libertad, de rodillas ante Cayetano, habla más de desahogo que de verdadera rebeldía. Como si el Maestro Gorostiza quisiera advertirnos al oído sobre lo difícil que resulta construir una libertad digna, en condiciones de miseria y precariedad.

En A propósito del tiempo, la amenaza se desmaterializa: ya no corta ni arde, pero erosiona. El tiempo ha corroído la memoria, el deseo, la identidad y el sentido de lo vivido.

La llegada de Carmelo expone a Rosa y Natalio a una situación que creían clausurada, pero que vuelve deformada e incompleta. La amenaza ya no consiste en que Carmelo pretenda robarle la mujer a su amigo, sino en descubrir que el pasado no permanece quieto: cambia, insiste, contradice y desarma las ficciones mediante las cuales los personajes intentaron sostenerlo.

En las tres obras, los objetos escénicos cumplen una función decisiva. No son simples accesorios: funcionan como pequeñas máquinas semánticas. Antes de que los personajes dialoguen, los objetos ya han condensado el conflicto que los atrae y enfrenta.

En El acompañamiento, el cuchillo condensa ataque y defensa, amenaza, paranoia y encierro. La victrola, el espejo y el cajón de frutas convertido en tarima construyen un teatro pobre que puede ser leído como el último refugio del deseo artístico.

En Hay que apagar el fuego, la amenaza se anuncia antes de la palabra. Primero se escucha la sirena de la autobomba; después aparece el comedor precario de la casa proletaria, marcado por mangueras, fotografías y restos de una vida consagrada a la tarea de bombero. El uniforme de Cayetano, la rifa y el simulacro de incendio componen una épica popular degradada. El fuego es amenaza concreta, pero también metáfora sexual, combustión moral y pregunta política.

En A propósito del tiempo, el reloj, el ropero vacío, las prendas y los objetos vinculados al pasado señalan ausencia, desgaste y memoria. Ya no anuncian una violencia inmediata: testimonian una pérdida.

Otro eje central de esta micropoética es la actuación dentro de la actuación. En las tres obras, los personajes construyen máscaras, sostienen versiones de sí mismos y montan escenas dentro de la escena, no por mero juego teatral, sino como estrategia de supervivencia.

Tuco actúa ante Sebastián la posibilidad de su regreso artístico. Sebastián, a su vez, actúa el papel del amigo razonable que intenta devolverlo al orden familiar y social. El acompañamiento puede leerse como un duelo de actuaciones: Sebastián actúa la cordura; Tuco, el sueño. La paradoja es que la actuación de Tuco, aun delirante, posee una verdad teatral más intensa que la normalidad frustrante de Sebastián.

En Hay que apagar el fuego, Pascual y Libertad improvisan coartadas y sostienen una urgente farsa doméstica. Pero Cayetano también actúa. Cuenta “por orden”, demora, administra silencios y convierte la verdad en malentendido, la traición en accidente interpretativo y el dolor en relato.

En A propósito del tiempo, Rosa y Natalio actúan ante Carmelo y ante sí mismos una vitalidad erosionada. La llegada del visitante los obliga a recomponer gestos, recuerdos y antiguas versiones de sí. No actúan un futuro, sino restos de deseo, orgullo, seducción y memoria.

A la actuación dentro de la actuación se suma otro procedimiento que atraviesa las tres piezas: el engaño. En El acompañamiento, Tuco ha sido víctima de la broma cruel de Mingo, quien le ha hecho creer que llegarán los guitarristas destinados a acompañarlo. Su sueño se sostiene, por lo tanto, sobre una mentira ajena que él transforma en verdad incuestiomnable. En Hay que apagar el fuego, Cayetano es engañado por su mujer y su mejor amigo, aunque la obra mantiene abierta la incertidumbre acerca de cuánto sabe, cuánto calla y cuánto decide representar. En A propósito del tiempo, en cambio, el engaño se vuelve autoengaño: Rosa y Natalio alimentan la fantasía de que Carmelo regresará para llevarse a Rosa porque todavía está enamorado de ella. Del engaño ejercido sobre la buena fe se pasa así al engaño amoroso y, finalmente, a la ficción que los propios personajes construyen para volver soportable su pasado y su presente.

Tiempo y actuación, entonces, no son ejes separados. La actuación dentro de la actuación puede leerse como una forma de negociar con el tiempo. Tuco actúa contra el tiempo del fracaso, contra aquello que no volverá porque, quizá, nunca ocurrió. Cayetano actúa contra el tiempo de la degradación moral. Rosa y Natalio, contra el tiempo de la pérdida y la finitud.

En estas piezas, actuar no significa simplemente mentir: significa sostener una ficción para neutralizar, hasta donde sea posible, el propio derrumbe.

Por eso la resistencia que se ejerce no es heroica ni declamatoria. Nadie toma el poder ni transforma el mundo. Pero todos resisten de algún modo: Tuco, cantando o intentando hacerlo; Cayetano, sosteniendo una idea del prójimo, la amistad y la comunidad que su mujer y su mejor amigo desmienten; Rosa y Natalio, intentando reconstruir una versión soportable del pasado desde un presente irremediable.

En estas piezas, la ficción no es evasión: es un intento desesperado de supervivencia.

Allí se advierte una dimensión decisiva de la dramaturgia de Gorostiza: su mirada piadosa sobre los personajes. Piadosa no como ejercicio vertical de la piedad —que fácilmente podría deslizarse hacia la caridad o la condescendencia—, sino como una forma de comprensión profunda de la fragilidad humana. Gorostiza no idealiza a sus criaturas ni las absuelve sin conflicto. Las muestra en su precariedad, en su torpeza, en sus zonas ridículas, mezquinas o moralmente ambiguas; pero al mismo tiempo les concede una dignidad escénica que impide reducirlas al desprecio. Su mirada puede ser piadosa e implacable a la vez: piadosa porque reconoce en esos seres dañados una reserva de humanidad; implacable porque no les evita la derrota, el desencanto ni la conciencia dolorosa de sus propias ficciones.

De este modo, la micropoética que forman estas piezas permite leer temas y procedimientos dramatúrgicos que dialogan con momentos históricos diferentes. Gorostiza reduce la escala para intensificar el conflicto, encierra a sus personajes para que aparezca aquello de lo que no pueden escapar, hace hablar a los objetos, organiza amenazas latentes y convierte la actuación y la ficción en formas precarias de resistencia.

En esa resistencia precaria, a veces ridícula, a menudo tan patética como profundamente conmovedora, el teatro de Gorostiza encuentra una de sus formas más intensas de humanidad. Porque allí donde la historia grande parece aplastar a los sujetos, la escena todavía abre una ventanita, mínima y frágil, pero teatralmente decisiva, en tanto se empeña en alimentar una esperanza.

 

 

* Trabajo leído en el marco del Congreso Carlos Gorostiza, organizado en 2026 por el IAE y llevado a cabo en CABA, en modalidades presencial y virtual, al cumplirse los primeros diez años del fallecimiento del autor.