Páginas

Teatro, EXPEDIENTE 1492: El juicio imposible de la Historia.


POR 

LUIS SAEZ


En Expediente 1492. La última confesión de Colón, de Mariano Cossa y Santiago Ferrigno, sobre textos de Alejo Carpentier, el teatro vuelve sobre una figura largamente disputada por la historia: nada menos que el personaje aludido en el título, responsable de calamidades que la propia historia no hizo sinó confirmar y reformular, salpicadas de sangre y barbarie.

El punto de partida nace en una anécdota tan real como poco conocida: a fines del siglo XIX, a cuatrocientos años del llamado “descubrimiento” de América, el Vaticano, por voluntad del Papa Pío IX, evalúa la posibilidad de canonizar a Colón, para contar en su santoral con un representante de lo podríamos llamar la colectividad marina. A cuatrocientos años de su proeza, esta posibilidad es bien  recibida por el fantasma de Colón, a quien el otorgamiento de tal distinción le propiciaría, además de un perdón a sus pecados, un acceso prestigioso a la posteridad. Ahora bien, para la concreción del mismo, el almirante deberá dar pruebas de su fe, de sus virtudes y de sus milagros. Para dicha confirmación comparecerá ante un tribunal conformado nada menos que por el propio público, dando paso a un original dispositivo que poco tiene de trámite eclesiástico, y bastante más de juicio singularísimo: el que se instruirá contra un hombre a quien la historia condenó a un sitial sospechado de ambigüedad, a mitad de camino entre el mito y la masacre colectiva.

 

Uno de los aciertos mayores del espectáculo reside precisamente en no quedar atrapado en el formato solemne del juicio tradicional, tan transitado ya por las artes audiovisuales y la narrativa. Por el contrario, el texto y la puesta trabajan en un registro entre grotesco y lo que podríamos llamar un remedo de comedia del arte en decadencia —un tono curioso, singular, apenas corrido de eje— que desacartona el dispositivo judicial y lo desplaza hacia una zona mucho más fértil y cautivante. La escena —irreal, fantasmagórica— se vuelve por momentos onírica y por otros,  pesadillesca, como si los personajes comparecieran no sólo ante un tribunal, sino ante los restos deformados de una memoria colectiva que, al día de la fecha, no consigue darle un lugar concreto al personaje en cuestión, como si los horrores por él cometidos amenazaran, paradójicamente, con quitarle el sueño al propio espectador, en tanto juez. Afortunadamente, y merced a la pluma autoral y sobre todo a la puesta que refuerzan la tendencia, el humor interviene aquí como una forma de respiración, lejos de cualquier tentativa de alivio banal o facilista. La risa, lejos de clausurar el espanto, ayuda a transitarlo, lo administra escénicamente y lo deja entrar sin convertir la función en sermón ejemplificador ni en expediente quirúrgico. A cambio, la obra encuentra un equilibrio difícil: puede hablar de conquista, violencia, saqueo y exterminio sin renunciar a la teatralidad, al juego ni al desplazamiento poético.

Mérito, insistimos, de la medida y precisa audacia de la puesta (¿pero es que puede ser medida la audacia? Respuesta: en el buen teatro no sólo puede, además, debería serlo). También resulta valioso el modo en que el texto, inteligente y sutil, trabaja la figura de Colón. En principio, todo parecería conducir a una condena inevitable. Colón comparece ante nosotros ya desenmascarado por la historia, o al menos por la mirada crítica que con el paso del tiempo ha condenado una y otra vez los excesos y atrocidades cometidas por sus subordinados. Sin embargo, el procedimiento teatral produce un efecto más complejo: al tiempo que expone al acusado, lo humaniza a través de sus zonas de delirio, miedo, deseo, cálculo, fe, cobardía y grandeza degradada. Esta operatoria torna más inquietante la condena.

No lo absuelve, pero tampoco lo reduce a una estatua invertida, a un villano de cartón. Lo muestra como criatura contradictoria, atravesada por la ambición, el delirio, la obstinación, el cálculo y la miseria. Y en esa operación la obra transita tal vez su zona más incómoda, y por eso mismo, más lograda: la historia está hecha por personajes complejos, capaces de conductas abyectas en las que asoman, sin coartadas, los costados más sombríos de la condición humana, conviviendo, insistimos, con la locura y la desmesura.

La acertada inclusión del público como jurado intensifica esa operación. La abogada y el moderador-defensor disputan no sólo el destino de Colón, sino también la mirada de la platea. Como pretendiendo disputarle al almirante alguna cuota de protagonismo. De un lado, se lo empuja hacia la condena definitiva, hacia el peor de los castigos posibles: el de la historia. Del otro, se intenta eximirlo, intentando rescatarlo, no su inocencia, sino como consecuencia de la probabilidad mezquina que motiva el juicio: Colón santificado puede rendir a la Santa Iglesia un rédito político que justificaría un perdón, sinó divino, al menos de sus ministros terrestres. El espectador deja entonces de ser mero testigo y es llamado a participar de una votación que, por supuesto, excede al personaje juzgado, y casi por carácter transitivo, engloba o alude a las grandes masacres que han salpicado de sangre a la historia toda.

El procedimiento instala además al espectáculo en una zona de marcada liminalidad, allí donde la realidad del acontecimiento teatral y la ficción dejan de funcionar como territorios separados. Invitado a constituirse en jurado, el público ya no sólo contempla la representación de un juicio: debe intervenir materialmente en él y pronunciar un veredicto sobre Colón. La platea real ingresa así en el universo ficcional, mientras la ficción se proyecta sobre el presente concreto de los espectadores, configurando un territorio único, inestable y singular, en el que juzgar al personaje supone también asumir una posición frente a la historia.

Memorable resulta, en ese sentido, la escena en que el procurador defensor presiona al público mientras recoge los votos, simbolizados en dos papelitos —uno blanco y uno negro— que cada espectador-jurado recibe adjuntos al programa de mano, y que deberá depositar en una bolsa destinada a tal fin, bolsa que defensor pasea entre las butacas, mientras arenga al público a que se exprese. Este riesgoso procedimiento escénico, condensa con notable eficacia la propuesta de la obra; la historia, parece querer decirnos al oído Expediente 1492, no se decide sólo en los archivos ni en los libros: también se disputa en cada presente, en cada mirada o en cada gesto de absolución o condena, pronunciadas una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

En tal sentido, el espectáculo condenso, entre otras tantas, la virtud de no convertir la revisión histórica en una operación mecánica, ni mucho menos, moralista. No se limita a reemplazar una épica por una denuncia. Su interés mayor radica en sostener la tensión entre el mito y el hombre, entre el expediente y la pesadilla, entre la risa y el horror. Colón aparece así menos como una figura clausurada que como un síntoma todavía activo: el nombre propio de una operación política y cultural que durante siglos llamó descubrimiento a lo que también fue conquista, evangelización a lo que también fue dominación, y aventura a lo que también fue devastación y exterminio masivo.

Por eso Expediente 1492. La última confesión de Colón alcanza su grado más alto de intensidad cuando deja que el juicio se contamine de teatralidad y cuando el procedimiento legal se deforma, se vuelve grotesco, espectral y carnavalesco. Allí la obra respira con aliento único e intenso. El expediente no organiza una verdad definitiva, sino una zona de fricción. Y acaso sea esa la faceta más atractiva de la propuesta: no viene a cerrar el caso Colón, sino a reabrirlo con recursos escénicos, donde se destacan la inteligencia, el humor y una buscada y saludable incomodidad, para dejarlo abierto a tantas otras calamidades que, como señaláramos líneas más arriba, se repiten a lo largo de la historia con desoladora frecuencia.

 

Llegados a este punto, resulta impostergable consignar que, tanto la gestación como la concreción escénica y dramática de esta historia no hubieran sido posibles de no mediar las estupendas actuaciones de Sandra Antman, (desde el siniestro fraile que clasifica huesos de más posibles candidatos a santos, pasando por una Reina Isabel bizarra y algo enajenada, hasta la inquietante abogada del diablo, precisa y sombría en su intrigante ambigüedad), Alfredo Noberasco, encarnando a un exultante e impredecible procurador, y a un Rodrigo de Triana achacado y quejoso, destinado a ocupar un involuntario lugar en la historia, por sólo hecho de pronunciar el grito sagrado (Tierraaaa!) cuando todo en la primera expedición del Almirante parecía irremisiblemente perdido, y por último y especialmente, el trabajo de Norberto Gonzalo, en el piel de un Colón, insistimos, de a ratos condenable, pero en otros, a la sombra en un humor pleno de desparpajo y picardía, mutar en típico representante de una especie (la humana) que suma siglos empecinada en la paradojal tarea de someter, incluso hasta el exterminio, a quienes que no se sometan a la concreción de su deseo.   

Destacamos por último el mérito de un texto escrito con originalidad y audacia por Santiago Ferrigno y Mariano Cossa, responsable también de la música y de la sensible dirección de este juicio que, a no dudarlo, propone al espectador el difícil desafío de comprender (o al menos de intentarlo) los tortuosos y a menudo injustos designios de la historia.


CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACIÓN
Corrientes 1543
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 6091-7000 int. 8313
Web: http://www.centrocultural.coop
Entrada: $ 25.000,00 - Sábado - 21:00 hs - Hasta el 29/08/2026