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Teatro, Crítica: LO QUE SE PIERDE SE TIENE PARA SIEMPRE

Crítica al espectáculo basado en cuentos de 


Dramaturgia: 


Dirección:




La obra Lo que se pierde se tiene para siempre (2024) marca el regreso de la cineasta Anahí Berneri a la dirección teatral, tras más de una década de inactividad. Se trata de una adaptación de textos varios de Alejandra Kamiya, principalmente del cuento “Separados”, realizada por Javier Berdichesky y Andrés Gallina.

En este espectáculo se explora la relación entre una hija que transita el ciclo vital de la adolescencia-adultez, repartiendo su tiempo —de toda una vida— entre sus padres ancianos, separados hace muchos años, abordándose en este tránsito temas como la memoria, la vejez, el cuidado filial y la pérdida. La propia autora celebró al ver a sus personajes cobrar vida fuera de la página: “La suerte acompañó a algunos de los míos y Anahí Berneri sopló sobre ellos: ahora están vivos”​ [1]

A continuación, intentaremos analizar en profundidad esta puesta, desde sus enfoques teatral y literario, su construcción semiótica, el proceso creativo de la adaptación, la recepción crítica obtenida, y su valor dentro de la trayectoria de la autora.

— Puesta en escena, dirección y estética visual de la obra

La propuesta escénica de Berneri se caracteriza por una estética minimalista y poética, donde cada elemento cuenta con espesor simbolista, en un registro conceptual afín a la estética toda del espectáculo. A quien se interese en estudiar las diferencias entre teatro despojado y teatro minimalista (ese eterno malentendido) este cronista se permite recomendar vivamente no perderse este espectáculo. Una cosa es trabajar con dos sillas por toda ambientación porque no se pudo contar materialmente con más, y otra, muy diferente, trabajar por propia elección con la ecuación pocos elementos que sugieren mucho, y que semiotizan permanentemente, intervengan —directamente o no— en la acción. Minimalismo bien entendido, al servicio de la puesta, mérito indiscutible —entre otros aspectos destacables— del dispositivo escenográfico hiper-dinámico diseñado por Lü Carnicero y realizado por Burdel de objetos, cuyas virtudes podríamos condensar en dos conceptos básicos: funcionalidad y transformabilidad, méritos insoslayables en el sistema conformado por cubos y módulos de madera, a primera vista austeros, pero que pueden convertirse sucesivamente en mesa, casa-cubos de los padres de la narradora, televisor, maceta, taller de carpintería, cámara fotográfica, cocina, e incluso en un ataúd. Hasta pueden oficiar de simbólico puente, a través del cual la narradora alternará entre la casa de cada uno de los padres, ya separados, mientras el devenir de la historia la convierte, a ella misma, de niña-adolescente en adulta.  Estas cajas móviles permiten por lo tanto desplegar, casi como un aleatorio juego de cajas chinas, los distintos espacios de la memoria familiar en un mismo espacio escénico. Los padres literalmente “salen de cajas de madera” en escena, confinados en “su mundo acotado y simple”, mientras la hija recorre las “ocho cuadras” imaginarias que separan las casas de uno y otro, llevando“ollas con comida, fotos, muebles, sobres con dinero” en un intento maratónico por “unir las partes en que se ha dividido su vida”[2]. Esta economía de recursos refleja el concepto de menos es más: “con muy poco hacen un montón”, señaló una crítica sobre la desnudez escenográfica y de vestuario. A lo cual este cronista se permitiría especificar; con poco generan mundos poéticos de alto vuelo, mas allá —mucho mas allá— de lo inmediato palpable. La iluminación (diseñada con acierto y oficio por Iván Gierasinchuk) y la música original (Jackson Sourvenirs, otro mérito destacable) subrayan con sutileza los cambios de atmósfera, sin trazos gruesos, contribuyendo a un tono onírico contenido, y pleno de sugestión.

— Dirección/ puesta en escena

Volviendo a la dirección de Anahí Berner nos interesa consignar su comprensión profunda de las posibilidades del lenguaje teatral y su diferencia con el cinematográfico. Berneri apuesta por la sencillez narrativa y la convención teatral: confía en la imaginación del espectador  —es decir, no la subestima, como ocurre a menudo en nuestro teatro— y en la fuerza de la palabra dicha en escena, sin apoyarse en recursos visuales realistas. En palabras de sus criaturas, “te muestro un pañuelo y digo que es un bebé, y es un bebé. Punto. Eso es libertad”, enfatizando la libertad lúdica del teatro frente al naturalismo propio de otros lenguajes, por ejemplo del cine mismo. Esta puesta rehúye los golpes bajos a pesar de lo doloroso de su temática, manteniendo un ritmo mesurado y envolvente. Hay un “pasaje sutil entre el diálogo y la narración” constante, en un tono íntimo que “no fuerza nada, sino que se limita a que los acontecimientos sucedan, en un devenir orgánico”. La escena transita sin estridencias de lo cotidiano a lo poético, reproduciendo la cadencia reflexiva de la prosa de Kamiya. Berneri logra un equilibrio delicado entre lo etéreo y lo concreto, tejiendo los elementos dispersos (textos literarios diversos, actuación, objetos) en una “armonía absoluta”, como si lo poético y lo cotidiano fuesen “dos caras de una misma moneda”. (o tal vez de muchas caras, y eso, esa suerte de efecto calidoscopio, tambipen contribuya grandemente a la enorme riqueza poética y dramática de la puesta.  En takl sentido, la dirección evidencia una mirada sensible: confía “en la fuerza del relato” y en “la posibilidad que tiene el teatro de representar mundos muy amplios con poco”, aprovechando “el espíritu sensible y y la voluntad metafórica del lenguaje de Alejandra, que se hace extensiva a la pieza”. En suma, la puesta conjuga sobriedad visual y hondura poética, invitando al espectador a completar con su imaginación los vacíos y silencios que plantea.

— Actuaciones

 

En cuanto a las actuaciones, el elenco consigue imbuir de vida y verdad el particular tono poético de la propuesta. Sofía Gala Castiglione, en el rol de la Hija y narradora, ofrece un trabajo notable, modulando “una voz justa, sensible, dulce, y por momentos, irónica” que acompaña al público a través de la historia familiar. Gala logra proyectar la vulnerabilidad de una niña atrapada en responsabilidades de adulta, sin perder la frescura ni la empatía con la platea, y consumar almismo tiempo el tránsito a la adultez con total organicidad.. Su desempeño ha sido señalado como revelador, consolidándola “como la mejor actriz de una generación” según algunos críticos. Marita Ballesteros, por su parte, compone una Madre envejecida y frágil con gran verosimilitud, y por momentos, con conmovedora sutileza: su corporeidad va mutando en escena, “la vemos envejecer en gestos y movimientos”, pero también con enigmáticos silencios que son como gotas de un sentido velado y sombrío,  para luego renacer metafóricamente en cada inesperado giro de la trama. Ballesteros transmite el vacío y la confusión de esa madre que se refugia en el olvido, con destellos de ternura y desamparo. Tal vez uno de los secretos de su trabajo consista, en concordancia con la propuesta minimalista ya señalada, en expresar mucho con una economía de acciones propia de quienes manejan el arte de la actuación sin aspavientos ni alocuciones exageradas. Su trabajo es, a criterio de quien suscribe, una creación capaz de estremecer y emocionar intensamente, mientras que  Enrique Amido, como Padre, encarna en un registro muy particular y logrado a un hombre huraño, metódico y orgulloso; su personaje, un carpintero de pocas palabras, expresa más con silencios tensos y acciones tambièn puntuales (lijar una madera, ordenar objetos) que con discursos, si bien por otro lado es a través del discurso escueto y terminante, donde este personaje a veces impredecible muestra su necesidad imperiosa de diferenciarse de la manada, por ejemplo cuando desmerece a las fotos familiares acusando que no tiene sentido reírse delante de una cámara, o cuando se define como “Peronista de Perón”, completando un parlamento de la hija. Y es precisamente esa especie de medida hosquedad, incluso de cosa como amenazante, amenaza que nunca se resuelve en agresión  porque el propio personaje, en momentos de trabajosa ternura, demuestra que su hosquedad sugiere más una máscara de defensa que un anuncio de hostilidades— cuando conocemos al padre más por que lo oculta que por lo que deja ver. En tal sentido, no cabe duda que el trabajo de la pareja de padres se convierte por momentos en una especie de duelo de talentos. Y conste que el uso de la expresión duelo remite únicamente a una figura meramente simbólica, porque si algo merece destacarse de este espectáculo es la entrega total de su elenco, sin alardes individuales ni vanidades tan tentadoras como a menudo infructuosas. Y ése equilibrio, ésa dirección clara y poética al mismo tiempo, sólo es posible cuando actores y actrices tan bien dotados como en el caso que nos ocupa, se mueven con el respaldo de una meritoria dirección, como la de Anahí Berneri, que ha sabido dotar a su puesta de un pulso y una respiracion, casi se diría, de un latir, que propicia un tránsito armónico y al mismo tiempo, atrapante, esa palabra que a algunos cultores de lo sagrado aplicado a lo escénico tanto incomoda. Pero que el público tanto agradece. Finalmente, Camila Marino Alfonsín interpreta a Teresa, la cuidadora, aportando un contrapunto vivaz: se desplaza por el escenario con una lamparita colgante en mano para marcar sus apartes, a veces con ligereza humorística, a veces para rematar con acento poético ciertas escenas. Teresa funciona casi como un corifeo-testigo, y Marino Alfonsín le imprime un sello personal colorido, que le queda muy bien a su creación. Conviene resaltar en el caso de esta actriz, que le ha tocado uno de los roles más complicados, por los períodos en que no acciona directamente, y sin embargo, cuando le toca intervenir, lo hace com profesionalismo, talento y lo que podriamos llamar “ángel”, aunado, insistimos, a un indiscutible profesionalismo y “sentido del timing”. En conjunto, el ensamble actoral se integra armónicamente en el “tono poético y evocativo de la pieza”, sin fisuras. Cada intérprete hace carne esas palabras mesuradas y esos silencios elocuentes, logrando que el público “acompañe en silencio, hipnotizado” el devenir íntimo de este singular grupo familiar.

— Lenguajes ensamblados

Visualmente, la obra presenta una estética claramente minimalista, presente en todos los lenguajes que conforman se realización.  El vestuario (diseño de Roberta Pesci) evita el realismo contemporáneo y opta por un aire atemporal y simbólico. La Hija viste ropa infantil (vestidito rosa, medias blancas y zapatos escolares), acentuando que, aun adulta, seguirá siendo “aniñada” ante sus padres, aún cuando evoque con dolorosa nostalgia al noviazgo roto por unos prejuicios que mal encubrían el miedo a dejar a eso spadres que terminan por convertirse un poco en sus cancerberos. La Madre lleva prendas gastadas, colores apagados, quizás un delantal o atuendo de ama de casa que subraya su rol de cuidadora devenida dependiente. El Padre aparece con atuendo de trabajo artesanal (camisa sencilla, gorro tejido, aunque en alguna función presciinda de él), reflejando su mundo limitado al taller. Teresa, la cuidadora, viste práctico y neutro, sugiriendo su posición de trabajadora externa a la familia. Estos detalles de vestuario “refieren a los síntomas de esa familia”, convirtiendo a la indumentaria en un signo más de la narración: la inocencia detenida de la hija, la entrega obsesiva del padre a su labor manual, la madre consumida por su afán de olvido. Todo coopera para crear una paleta visual coherente con la atmósfera vintage y melancólica del espectáculo, con con toques expresionistas (volveremos sobre este último aspecto). En otro orden, si bien orgánicamente complementario de lo ya expresado, podemos apreciar una imaginería que remite sutilmente a la cultura japonesa (ascendiente paterno de Alejandra Kamiya): la sobriedad geométrica, la simplicidad casi zen de la escenografía modular y la importancia del vacío sugieren ecos de un estilo japonés minimalista en la puesta. En definitiva, desde lo visual y actoral, Lo que se pierde se tiene para siempre articula un dispositivo escénico donde cada elemento –cajas, luces, gestos, vestuarios– es portador de sentido poético, contribuyendo al ritmo calmo y contemplativo que propone Berneri, claramente consecuente con el texto narrativo original.

— Del cuento a la obra: diferencias y resignificaciones literarias

La génesis literaria de Lo que se pierde se tiene para siempre se encuentra en los cuentos de Alejandra Kamiya, específicamente en “Separados” (publicado en El sol mueve la sombra de las cosas quietas, 2019). Sin embargo, no se trata de una adaptación lineal ni tradicional, sino de una construcción dramática nueva a partir de múltiples textos. Como señala Camila Caamaño, “no es una adaptación tradicional, sino que toma escenas, conversaciones, frases y momentos de dos recopilaciones de los grandiosos cuentos de Kamiya: Los árboles caídos también son el bosque (2015) y El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019)”. Los dramaturgos Berdichesky y Gallina realizaron un notable trabajo de collage literario, seleccionando material de cuatro cuentos principales y al menos fragmentos de otros siete relatos, reordenándolos en función de la nueva estructura teatral. La pieza resultante tiene su columna vertebral en “Separados” –historia de una hija única criada por padres divorciados– pero enriquece ese núcleo con situaciones y atmósferas de varios relatos del universo Kamiya. Este enfoque permitió conservar “la sólida identidad de su autora”, trasladando a escena la voz particular de Kamiya en lugar de forzarla a encajar en una dramaturgia convencional. En palabras de la crítica Mercedes Méndez, la adaptación entendió que debía concebir “un objeto estético nuevo, que será una obra diferente y no la simple transformación de un texto a las tres dimensiones del teatro”.

Una diferencia fundamental entre el cuento original y la versión teatral es la introducción explícita de la muerte de un hijo –un hermano de la protagonista– como parte central del trasfondo dramático. En “Separados” la narradora recuerda una foto familiar tomada pocos días antes de la separación de sus padres, donde ella era apenas un bebé, y no menciona hermanos. La obra, en cambio, incorpora la presencia ausente de un hermano fallecido, un vacío innombrado que marca a fuego a la familia. Esta resignificación amplía el tema de la separación matrimonial hacia el territorio del duelo y la pérdida irreparable, reforzando de manera notable para el espectador, las posibilidades de interpretar la situación-tronco, sin desmerecer su estilo narrativo original, ni tampoco su tránsito a la escena. Muy por el contrario, merced a lo que podríamos considerar un acierto dramatúrgico, el adaptador demuestra en esta decisión nuclear un conocimiento profundo de la obra de la autora, pero tambipen un no menos valioso conocimiento de la escritura escánica y de la adaptación como herramienta de re-escritura. Territorio de por sí delicado y de extrema fragilidad,, cuya desatención implicaría el riesgo de desmerecer la historia matriz, o de forzarla a contar aquello para lo que no fué concebida.

No es éste el caso. La dramaturgia de Berdichevsky y Gallina consigue aunar dramática y poéticamente la propuesta original de la narrativa, y reforzarla, aunando recuerdos y vivencias que conforman una especie de intensa y al mismo tiempo difusa memoria, de la que sólo la hija parece intentar hacerse cargo, frente a la negación de los padres, en la madre, por razones patológicas, en el padre, por una característica propia de su carácter, que aparece desde un principio como casi infranqueble. Así, en  se comntexto, la pieza recorre todos los grandes temas recurrentes en la obra de Kamiya –“el amor, la infancia, la fragilidad de la vejez, la muerte”– y los “recorre a todos, en una hora, de arriba hacia abajo y viceversa”, como observó Susana Mitchell. La muerte del hijo aporta un agujero negro en la biografía familiar, un trauma que explica en buena medida la deriva de los padres. La Madre vive sumida en una negación casi patológica; el Padre se encapsula en la rigidez y el rencor. En la adaptación, esa ausencia toma cuerpo poético en líneas y metáforas cargadas de sentido: “Esta corteza hace tiempo que no está en el árbol, pero va a existir por siempre. Igual que tu hermano”, dice un personaje, comparando la pérdida del hijo con la corteza desprendida de un árbol que, aun separada, perdura. La Madre de la obra es casi una Penélope trágica que no espera al esposo ausente, sino “a su hijo amado” que nunca regresará. Esta imagen invierte el mito clásico para subrayar la paralización de la madre alrededor de un vacío. La dramaturgia nueva instala así un eje temático ausente en el cuento original: el intento imposible de recomponer la unidad familiar frente a dos quiebres distintos, el divorcio y la muerte. La pregunta que sobrevuela es “¿Cómo competir contra lo que ya no está?”, refiriéndose a ese hermano muerto al que la hija nunca llegó a conocer pero cuyo fantasma ocupa cada vez más espacio con el paso del tiempo.

El relato teatral respeta en buena medida la prosa poética y contenida de Kamiya, al punto que los diálogos a veces calcan frases enteras de los cuentos. De hecho, la crítica señaló que la obra reproduce tan fielmente “Separados” en varios pasajes que, tras verla, “resulta difícil volver a conectar con aquellos protagonistas imaginados en la lectura”. Esta fidelidad se advierte en monólogos de la Hija tomados casi textualmente de la narración original: por ejemplo, la escena en que describe la única foto familiar –“él no sonríe... yo soy apenas una cara arrugada del tamaño de una manzana... Pocos días después... mis padres se separaron”– o cuando relata los eventos que la llevaron a acoger a sus padres en casa, conservando la ironía sutil de la pluma de Kamiya. Sin embargo, la estructura narrativa debió ajustarse al nuevo medio: en lugar de una narración íntima en primera persona, la obra opta por un dispositivo de narración escénica donde la Hija actúa como narradora-protagonista. Ella rompe la cuarta pared y se dirige al público para hilar los retazos de historia familiar, muchas veces a través de su interlocución con Teresa, la cuidadora. No hay en escena una voz en off ni un narrador omnisciente separado de la acción; es la propia Hija quien nos guía con sus parlamentos. Esto crea un código de complicidad con los espectadores, manteniendo el sabor literario sin sacrificar la teatralidad. Zibilia apunta que la Hija hilvana “una voz que es el parlamento del personaje sumado a una especie de narración omnisciente, con mirada al frente”, es decir, combina su rol diegético con la función de narrar la historia al público. Este recurso metateatral permite trasladar la rica voz interior de Kamiya a la escena de forma orgánica. La adaptación elimina las marcas de primera persona posesiva: no se habla de “mi madre” o “mi padre”, sino de Madre y Padre en términos universales, lo que les confiere una dimensión casi arquetípica. Paradójicamente, al quitar la subjetividad explícita del lenguaje, la obra logra una identificación colectiva: todos reconocemos a una madre, un padre, una hija en esos roles esenciales.  No obstante lo señalado, conviene puntualizar que, al menos a criterio de este cronista, ni texto ni espectáculo terminan debiéndose nada, dicho esto en el sentido de que ambos disfrutan de una autonomía que los distancia sanamente, favorable a evitar las comparaciones propias o esperables de la conversión de lenguajes, en este caso, del texto a la escena.

Otro aporte literario significativo es la dimensión poética del lenguaje mantenida en escena. Los diálogos son breves, cuidados y muchas veces metafóricos, conservando el tono reflexivo de la autora. No encontraremos parlamentos extensos ni explicativos; al contrario, la potencia yace en lo sugerido. Como bien describe Ana Rocchi, “no hay discursos grandilocuentes. Son mesurados, más bien escuetos, y en esa brevedad, su potencia”. La dramaturgia extrajo de los cuentos imágenes de gran belleza que salpican la obra, funcionando como pequeñas iluminaciones líricas en medio de lo cotidiano. Por ejemplo: “Las ovejas bailan asustadas. Uno imagina a las ovejas livianas y muy blancas, como nubes” o “Había dejado de arrastrar la mirada y empezaba a hacerla trepar por las cosas de nuevo, como la enredadera que había en el patio de casa”. Estas frases, tomadas casi literalmente de los textos de Kamiya, elevan la acción a un plano simbólico y dan respiro poético al drama familiar. Así, la adaptación logra lo que muchos intentos similares no consiguen: preservar el espíritu literario en la traducción a las tablas, sin que la obra se convierta en mera ilustración del cuento. En este caso, la obra es una creación autónoma que, a la vez, “está atravesada por el recorte de la ficción y el encantamiento” propios del universo de Kamiya. Cada resignificación (sea la inclusión de un hermano ausente, la universalización de los personajes o la mezcla de varios relatos) se hace al servicio de construir un todo escénico coherente, que dialoga con la fuente literaria pero habla su propio lenguaje.

— Análisis semiótico: signos escénicos y construcción de sentidos

Desde una perspectiva semiótica, Lo que se pierde se tiene para siempre despliega una rica red de signos escénicos que construyen significados más allá de lo dicho verbalmente. El espacio escénico fragmentado es el primer gran signo: las cajas de madera en escena simbolizan tanto las viviendas separadas de los padres como los compartimentos estancos de sus vidas emocionales. Ver a la Madre y el Padre surgir de esas cajas enfatiza su encierro en sí mismos, su aislamiento voluntario tras la separación (y tras la tragedia compartida). Esas cajas son a la vez casa y ataúd, refugio y prisión: de hecho, en un momento funcionan metafóricamente como féretro, conteniendo la muerte que ronda a la familia. Cuando dichas estructuras modulares se reconfiguran para volverse una mesa o una pantalla de televisión, la obra nos recuerda que estamos ante símbolos mutantes, caracterñistica distintiva —insistimos— de las estéticsas minimalistas: los objetos escénicos no son realistas, sino polisémicos. La versatilidad estructural de la escenografía –descrita como “una especie de gran Rasti gigante”– permite que el espacio signifique lo que la acción requiera: la cocina materna, el taller del padre, el camino de la hija. Este “tráfico incesante de amor travestido” o expandido en forma de ollas, sobres de dinero, frascos de mermelada y repasadores que la hija lleva y trae entre casas es otro nivel de semiosis: los objetos cotidianos (comida, ropa para remendar, medicinas) se vuelven portadores de los afectos que no se expresan directamente, resultan, a un tiempo, símbolo de incomunicacion, o de comunicación precaria y estrecha, toda vez que se resuelve más en un gesto, a veces tosco inconexo, que en una expresión clara y lógica. Cada olla con comida casera que viaja es amor materno en tránsito; cada sobre con dinero o arreglo que el padre envía es su forma tosca de seguir cuidando. El acto de cuidar se manifiesta materialmente en estos intercambios, convirtiendo la utilería en signos de cariño y dependencia.

La iluminación y el sonido operan también de modo simbólico. La lámpara colgante que porta Teresa es un signo escénico claro: al alumbrar distintos rincones o rostros, marca cambios de foco narrativo. Asimismo, su función pre-narrativa propiamente dicha de marcar señales en el piso con tiza, artilugio típico de trastienda tearal, o de marcar la cancha, por usar una termonologñia futbolera, instala al personaje-actriz en una zona de liminalidad que desde elc omienzo mismo consigna en actos y discurso, su función de mediadora y apoyo cuando la narración así lo requiera. Por momentos, Teresa ilumina a la Hija cuando ésta se confiesa o rememora, funcionando la luz como un spot de introspección; en otros, esa luz tenue sobre los padres resalta su vulnerabilidad en la oscuridad de la senilidad. Asimismo, la tenue luz en la caja de madera central (como se aprecia en la fotografía de escena) sugiere un espacio mental, casi onírico, dentro del cual los padres existen aislados del mundo exterior. La música y los silencios se contraponen: hay tramos de silencio densos, donde la ausencia de palabras se carga de sentido (por ejemplo, cuando la Madre se pierde en sus pensamientos, o cuando cae la noche en la escena y solo queda la hija en medio del escenario vacío). Esos silencios escénicos dicen lo indecible: corporizan el “eso que no tiene nombre” pero cuya presencia se siente. Como apuntaba Kamiya en uno de sus cuentos, “eso que no tiene nombre, existe”, y la obra lo materializa precisamente a través de lo no dicho: las miradas esquivas entre los padres cuando la conversación roza el pasado, las frases truncas, los gestos repetitivos que encubren emociones (el padre limpiando su taller para no hablar, especie de tareismo compulsivo, o la madre revisando una y otra vez la misma foto en silencio). Todo lo expiuesto remite a signos que el espectador decodifica para entender la magnitud de la herida familiar, sin que esta se enuncie explícitamente.

El vestuario y la caracterización también cumplen función semiótica. Al no haber nombres propios (excepto Teresa), los personajes se definen por sus títulos genéricos y su apariencia. La Hija vestida como niña es un signo de su rol de eterna menor de edad ante sus progenitores, pese a rondar los cuarenta años. Esa disonancia –adulto en ropa infantil– genera significado: nos habla de cómo ella ha sido infantilizada por la situación, o de cómo se aferra a la memoria de la infancia como refugio frente a la dura realidad presente. La Madre con cabello cano desaliñado, zapatos bajos y falda modesta encarna visualmente a la anciana frágil pero también remite a la “madre Penélope” que espera, anclada en el pasado, sólo que se trataría de una suerte de Penélope trunca, en espera de un imposible, la recuperacion del hijo muerto, que significaría para ella el restañamiento de la herida que no cicatriza.Su atuendo sin adornos, casi anacrónico, la sitúa fuera del tiempo presente, como si siguiera viviendo en aquel momento de felicidad perdido antes de la ruptura. El Padre con su gorro tejido, camisa de trabajo y manos quizá manchadas de aserrín es la estampa de un obrero artesanal aferrado a lo concreto: “no ha acariciado a nadie tanto como a sus maderas”, dice la acotación metafórica [3]. Su aspecto tosco es un signo de su dureza emocional y su empeño en hacer en vez de sentir. Finalmente, Teresa en mameluco o ropa sencilla de fajina señala su posición funcional (es la cuidadora), pero el hecho de que tenga nombre propio la individualiza frente a los otros. Semióticamente, que los familiares se llamen Madre, Padre, Hija y la ajena sea Teresa, sugiere que dentro del núcleo familiar las identidades están subsumidas por los roles, mientras que la figura externa conserva una identidad más definida. Esta decisión de nomenclatura y vestuario refuerza la idea de que asistimos a un drama familiar universal, casi paradigmático: cualquier espectador puede proyectar sus propias figuras maternas o paternas en esos seres arquetípicos. También refuerza una tendencia que el teatro argentino dela posmodernidad más reciente, consistente en restaurar estilos, y mixturarlos; en est ecaso, el recurso de nombrar a personajes por sus roles o cualquier otra característica genérica, ha sido de uso intensivo en cierta tendencia expresionista europea de los años 50 del siglo pasado (Adamov, Genet, Dürrenmatt). En corrientes más recientes de nuestro teatro, particularmente desde fines de los 90, y ya entrando en el nuevo milenio, dentro de lo que Jorge Dubatti llamó el cánon de la multiplicidad —con acierto, anuestro humilde criterio— se han producido dramturgias de mixtura, con personajes singularizados con un nombre, en interacción con personajes genéricos. (Ej: Ricardo Monti, Alejandro Tantanián, Federcio León, etc). No son éstas las únicas características expresionistas que podríamos rastrear en la puesta de esta obra.

Otro signo fundamental es la fotografía familiar que se menciona y finalmente se recrea en escena. Al comienzo, la Hija describe esa vieja foto donde sus padres posaron con ella recién nacida, imagen feliz pero engañosa porque poco después vino la separación. Esa foto ausente actúa como significante vacío a lo largo de la obra: representa el ideal de la familia unida, algo que nunca más existió. Hacia el final, en un gesto teatral potentísimo, los personajes miran al público como a una cámara y se disponen para tomar una foto final juntos. “Ahora el álbum está completo”, dice la Hija, indicando que al contar la historia y sacar a la luz los silencios, por fin pueden posar juntos, aceptando sus pérdidas. Este acto de componer la foto final con los cuatro personajes es un signo de cierre semántico: la familia, aunque rota y recompuesta de otro modo (con la cuidadora incluida quizá en la escena), encuentra una suerte de resolución o consuelo. La mirada a cámara de los cuatro al finalizar es el signo escénico conclusivo, que rompe la ilusión teatral para congelar un momento de unidad ficticia pero necesaria. En ese instante, los personajes reconocen su condición de personajes (posan para la foto/para el público), subrayando el artificio y a la vez liberándose de él: la historia ha sido contada, el pasado ha sido convocado y expuesto a la luz, y con esa foto metafórica se exorciza la ausencia. La frase del Padre “Es una idiotez sonreírle a la cámara”, citada de un cuento, resuena irónicamente: por fin pueden sonreír, aunque sea con tristeza, a la cámara invisible del recuerdo.

En síntesis, Lo que se pierde se tiene para siempre logra una construcción semiótica integral, donde cada signo escénico –espacios fragmentados, objetos cotidianos, iluminación focalizada, vestuario simbólico, silencios y fotos– colabora en la creación de sentido. La obra funciona casi como un poema visual en movimiento: el espectador decodifica significantes que, sumados, transmiten la complejidad de las emociones soterradas. Este entramado semiótico refuerza temáticamente la idea central del título: aquello que se pierde (el tiempo pasado, la juventud, el hijo muerto, la familia unida) permanece para siempre en los objetos, en los gestos y en los vacíos que dejó. El escenario se vuelve así espejo de la memoria, donde lo ausente se hace presente a través de signos sensibles. Y es que si todo —o casi todo—, aparece como fragmentdo o segmentado en esta historia (“siempre tuve la sensación de que mi casa era una sola, en dos mitades separadas por ocho cuadras de distancia”)[4] la elección de un dispositivo comformado por fragmentos para darle un marco no podía resultar más acertada.

— Relaciones entre personajes

La relación Madre-Padre está mediada completamente por la Hija; entre ellos ya no hay contacto directo. Cada uno vive en su cápsula de resentimiento o desconexión (él en su taller, ella en su nebulosa mental). Curiosamente, ambos comparten sin saberlo una característica: se aferran a rutinas metódicas para no enfrentar el dolor. El Padre limpia minuciosamente cada objeto en su taller porque “en la meticulosidad con que acomoda cada objeto, da la sensación que lo que busca acomodar es su vida”, observa la Hija. La Madre, a su vez, se refugia en rituales triviales –“podía pasarse cinco horas en el supermercado, leyendo las etiquetas de todas las marcas”– para llenar sus días y no pensar. Ambos son esclavos del olvido a su manera: él olvida sentir (de ahí su frase tajante “Sentir es distraerse”), ella olvida recordar. Este paralelismo hace que, actancialmente, Madre y Padre sean dos caras de un mismo actante: el del pasado irrecuperable. En el esquema clásico podrían verse como los oponentes que representan la adversidad interna (los traumas, la enfermedad, la soledad) contra la cual lucha la Hija.

En definitiva, el tejido actancial de la obra coloca a la Hija como heroína trágica de una misión familiar imposible: unir lo que se ha roto y darle sentido a la pérdida. Sus aliados son escasos –Teresa y su propia resiliencia interna– mientras que los oponentes son poderosos: la inexorable vejez, la enfermedad (Parkinson del padre, senilidad de la madre), los roles de género impuestos (la Hija cargando sola porque “muchos decidirán con indiferencia haciendo que otras deban abrazar más de lo que permiten sus extremidades”), y la sombra del hijo muerto que ninguno puede dejar atrás. Este último actante ausente es quizás el antagonista invisible, pues es la perfección del recuerdo (el hijo idealizado que murió niño, sin crecer para decepcionar) lo que torna insuficiente cualquier intento presente de felicidad. La dinámica entre personajes se construye entonces en torno a ausencias y excesos de roles: una hija que es demasiado (hija y madre a la vez), unos padres que ya no son padres activos, un hijo que falta pero cuya ausencia ocupa espacio. La tensión dramática surge de esa inversión de papeles y de la búsqueda de un nuevo equilibrio. Hacia el final, la Hija parece asumir que no puede salvar a todos ni restaurar el pasado; su acto de tomar la foto familiar final indica una aceptación simbólica; foto que asimismo legitima simbñolicamente la unión de los novios. En términos actanciales, el destinatario final de todo este proceso es tal vez el propio público: como espectadores recibimos el sentido de la obra, esa reflexión sobre la memoria y el amor filial que perdura incluso en la pérdida. Como sugiere la obra, hay derrotas inevitables (envejecer, morir, separarse), pero en la narrativa compartida de esas experiencias encontramos un tipo de redención poética. Por último, nos parece atinado señalar que de todos los actantes, son los padres los que mutan de rol, primero recibiendo los cuidados de la hija, para luego rechazarla porque deciden formalizar su nueva unión. Es decir que cambian los objetivos, pero no asi la función de rechazo (como continuidad de la primitiva oposición).

— El proceso creativo de la adaptación teatral

El camino que llevó a Lo que se pierde se tiene para siempre de la página al escenario es fruto de una colaboración multidisciplinaria y de un tiempo de maduración considerable. La directora Anahí Berneri concibió el proyecto, motivada por su propia sensibilidad hacia el tema de los cuidados familiares. Tras el rodaje de su film Elena sabe (2023), que también aborda la relación madre-hija en situación de enfermedad, Berneri buscaba volver al teatro con una historia afín. Confesó que “este era un proyecto que tenía antes de Elena sabe, que para mí hablan de lo mismo, de maternar a los padres”. En ese germen inicial entró Alejandra Kamiya: Berneri leyó sus cuentos y encontró en ellos la materia prima perfecta para lo que quería contar. Se acercó a Kamiya, quien se entusiasmó con la idea de ver sus relatos transformados en obra teatral. Kamiya brindó autorización y apoyo –como demuestra su frase celebratoria citada al inicio–, pero la tarea de convertir cuentos en dramaturgia requería especialistas. Berneri, cuya experiencia previa era sobre todo cinematográfica, humildemente reconoció: “se incorporaron Andrés Gallina y Javier Berdichevsky, porque yo no me sentía preparada para la dramaturgia de una obra así”. De este modo, el proceso creativo se volvió colectivo, sumando la mirada de dos dramaturgos jóvenes con trayectoria en adaptaciones literarias. Este dato no es menor, de cara a un análisis serio del espectáculo y su concepción, y considerando asimismo la historia que tienen, dentro de nuestra dramaturgia, los casos de puestas obras donde la dramaturgia crece y respira con ya sea desde Kamila improvisaciones, como desde la puesta a punto del texto definitivo en el proceso de ensayos, quedando demostrado así la posibilidad de crecimiento que propician los procesos de interacción horizontal y colectiva. Se trata de un concepción singular y riquísima que no siempre es pasible de concreción por numerosas razones de un mas o menos similar orden, que podríamos sintetizar en una sola enunciación, y nos estamos refiriendo a la paternidad de la criatura, que a menudo condiciona sensiblemente las posibilidades de enriquecimiento y crecimiento del trabajo. Afortunadamente en nuestro teatro abundan los ejemplos de lo contrario, es decir, de una pater-maternidad colectiva y solidaria, que por supuesto el teatro y su convivio agradecen y celebran.

Berdichevsky y Gallina emprendieron un trabajo de adaptación meticuloso. Seleccionaron varios cuentos de Kamiya[5] identificando ejes comunes (los vínculos familiares, la ausencia, el paso del tiempo) y personajes complementarios. Sobre esa base, confeccionaron un guion que amalgama las historias respetando el espíritu original, pero dándoles una continuidad escénica. Uno de los desafíos era dotar de acción dramática lo que en los cuentos es introspección o descripción minuciosa. La solución que encontraron fue brillante: apoyarse en la propia poesía del texto como hilo conductor. En vez de inventar conflictos externos, dejaron que las pequeñas escenas cotidianas (una discusión por una olla, una visita al taller, un recuerdo en el balcón) armaran la trama. El resultado fue destacado por la crítica como “un notable trabajo de adaptación y dramaturgia”, que logró hacer funcionar en escena textos que no habían sido concebidos para ello. En este proceso, mantuvieron un diálogo fluido con Berneri, quien dirigía la creación con su visión. Berneri aportó ideas claras para la puesta incluso durante la escritura: por ejemplo, la noción de la escenografía modular tipo casita de papel surgió en esta etapa, inspirada en la imaginería japonesa y minimalista de Kamiya. El concepto de la Hija narradora, rompiendo la cuarta pared, también fue una decisión consciente para solucionar la traslación de la voz literaria. De alguna manera, la dramaturgia se fue moldeando en paralelo a la idea escénica, en lugar de escribirse primero y montarse después.

Resulta destacable que Anahí Berneri volvió al teatro tras 13 años (su último montaje teatral databa de 2011) y volcó en este proyecto toda su experiencia cinematográfica, pero adaptándola al nuevo medio. En entrevistas, ella reflexionó sobre las diferencias y coincidencias entre filmar y dirigir teatro: “Para mí el teatro tiene un desafío muy grande, que es la palabra, que el cine no la tiene... En el teatro, la palabra tiene un lugar protagonista... En cambio, en el cine... la captura del tiempo [lo es todo]”. Esto la llevó a poner énfasis en el texto y las actuaciones durante los ensayos, más que en complicados despliegues técnicos. Trabajó coreográficamente con los actores, casi como si la puesta fuera un baile donde cada movimiento estaba pautado para significar (Berneri menciona que en cine también le gusta coreografiar los movimientos de cámara y actores). Contó con la colaboración de Susana Szperling en coreografía, lo que se tradujo en esos sutiles movimientos sincronizados que realizan Hija y Teresa en cierto momento lúdico de la obra. Este enfoque integrador de disciplinas (teatro, danza, literatura, cine) nutrió la originalidad del montaje.

El proceso creativo también estuvo atravesado por el contexto de la producción teatral en Argentina. La obra se montó en Dumont 4040, una sala independiente de Buenos Aires, lo cual implicó limitaciones de espacio y recursos. Berneri mencionó haberse topado con la realidad material del off porteño: “siempre aparece el ideal del ego... Yo había pensado una escenografía... muy casita japonesa... pero en todos [los teatros] te van a decir lo mismo: que hay muy poco espacio de guardado, muy poco lugar para meter las cosas”. Esto, lejos de ser un impedimento, potenció la creatividad del equipo: se decidió reducir la escenografía a lo esencial (los módulos de madera multiuso) precisamente para poder montar y desmontar en un espacio exiguo. La producción ejecutiva corrió por cuenta de la propia Berneri y Dumont 4040, implicando un trabajo artesanal y autogestivo que armoniza con el contenido de la obra (una historia pequeña, íntima). El estreno se llevó a cabo en agosto de 2024, tras semanas de ensayos en los que participaron activamente tanto los adaptadores como la autora: Alejandra Kamiya visitó algunos ensayos y funciones, brindando retroalimentación y emocionándose al ver las actuaciones (según trascendió en notas de prensa). De este modo, el proceso creativo fue también un diálogo entre creadoras: la escritora original, la directora adaptadora y los dramaturgos-tejedores. La frase de Kamiya “A veces los personajes logran salir de las páginas de los libros”[6] cobró vida en ese intercambio. Berneri consiguió “soplar” vida escénica sobre los cuentos con el beneplácito de su autora, generando una obra que es tanto de Berneri como de Kamiya, en un auténtico ejercicio de transposición artística, donde todos y todas pusieron lo suyo: Alejandra Kamiya, el texto original, los autores-adaptadores, la dramaturgia precisa y viva (¿podríamos hablar de ellos en términos de dramaturgistas? Seguramente), de la directora, por la meritoria originalidad y hondura de su puesta, del elenco, por su entrega y talento, del equipo de colaboradores y, ya en otra instancia espectacular, de la crítica y del público que acompañaron y dieron sentido final al espectáculo.

En suma, la gestación de Lo que se pierde se tiene para siempre fue un proceso de exploración y aprendizaje. Implicó adaptar textos literarios dispersos en una estructura dramática unificada, conjugar la visión cinematográfica con la teatral, y hacerlo en el marco de la escena independiente argentina actual. El resultado, a juzgar por la recepción y la calidad percibida, demuestra la fecundidad de este trabajo colectivo. La obra lleva la impronta de cada uno: la pluma de Kamiya, la mirada de Berneri, la mano estructuradora de Gallina y Berdichevsky, y el pulso de un elenco comprometido. Es un ejemplo exitoso de cómo literatura y teatro pueden fusionarse para crear una experiencia novedosa, donde ni el texto traiciona a la escena ni la escena al texto, sino que se potencian mutuamente.

— Recepción crítica de la obra

Lo que se pierde se tiene para siempre fue recibida con entusiasmo por la crítica especializada y el público, que destacaron su sensibilidad y originalidad. Muchos críticos coincidieron en señalar que la obra logra conmover sin caer en sentimentalismos fáciles, gracias a su delicadeza estética y a la honestidad de su planteo. Mónica Berman, en La Nación, elogió la forma en que la puesta “entramó elementos dispersos... conjugándolos en un mismo espacio” hasta lograr “armonía absoluta”, equiparando “perder y quedarse con algo” a “lo poético y lo cotidiano” como binomios indisolubles. Esta apreciación resume el consenso general de que la obra alcanza un equilibrio poético poco común. Ana Rocchi (Zibilia) celebró la “belleza lograda en esta transposición de lenguajes”, resaltando “el equilibrio entre lo sutil casi etéreo y la contundencia y ferocidad de ciertos hechos”. En su lectura, la obra “envuelve, cobija del horror” con humor y ternura, evitando el pathos excesivo aún cuando aborda temas duros como la decadencia física y la muerte.

La prensa cultural subrayó especialmente el lucimiento del elenco, en particular de Sofía Gala Castiglione. Página/12 destacó que Berneri reunió “el genio de la directora..., la gran actriz Sofía Gala Castiglione y ... los cuentos de Kamiya”, sugiriendo que esta conjunción fue clave para el éxito. La actuación de Gala fue frecuentemente descrita con superlativos: “hipnotiza” con su presencia y “por momentos desdibuja al resto de los actores” con su entrega y verdad escénica. También se aplaudió el trabajo de Marita Ballesteros, quien a sus 73 años compone una madre senil de forma “magnífica”, y de Enrique Amido, convincente en su sobriedad. Varios cronistas señalaron que Sofía Gala se confirma con este papel como una de las actrices más versátiles de su generación, capaz de transitar de personajes provocativos en cine (Alanis), a este registro intimista con igual solvencia. La química y timing entre Gala y Camila Marino Alfonsín también fue elogiada, pues sus intercambios aportan los pocos momentos de ligereza y complicidad que alivian la tensión dramática.

Otro aspecto muy comentado fue la fidelidad e inspiración con la que la obra traduce la prosa de Kamiya. Susana Mitchell escribió que esa noche en el teatro “todo era Kamiya” y que la autora “caminaba, etérea, por el escenario” en cada palabra. Esta poética observación apunta a que el espíritu de la escritora impregna la obra; de hecho, al terminar la función algunos destacaron que dan ganas de leer o releer los cuentos originales, lo cual habla del puente exitoso tendido entre ambos lenguajes. Mercedes Méndez (Clarín) enfatizó cómo la obra pone en el “centro de la escena” un rasgo fundamental de la escritura de Kamiya: “esa capacidad de transformar escenas cotidianas en un mundo poético”, la atención a los detalles simples que, con una mirada sensible, “quieren decir algo más que lo que aparece en la superficie”. En efecto, la crítica celebró que la adaptación no haya sacrificado la sutileza reflexiva de Kamiya en pos de una teatralidad más efectista, sino que haya confiado en que el público sabría apreciar las capas de significado. Así, se habló de una obra “sutil y sensible” que invita a la introspección, más que de un drama convencional.

En términos de puesta en escena, hubo consenso en aplaudir la creatividad con recursos minimalistas. Varios críticos mencionaron admirados la versatilidad de las cajas de madera y la forma en que “con muy poco hacen mucho”. La sencillez de la escenografía y el concepto de menos es más fueron vistos como aciertos que realzaron el trabajo actoral y el texto. Algunos comentarios apreciaron cierto aire de fábula o cuento escénico; la comparación con un libro desplegable (pop-up) que había imaginado Berneri se materializó ante los ojos del público, generando sorpresa y deleite. La decisión de no usar nombres propios (salvo Teresa) también fue notada como un detalle curioso que aportaba a la universalidad de la historia. En cuanto al ritmo, la obra (de apenas 60 minutos) fue percibida como concentrada e hipnótica: “pasa volando” pero deja reverberando sus imágenes en la mente del espectador al salir de la sala. La ausencia de un conflicto externo fuerte o de giros dramáticos estridentes no le restó interés; por el contrario, críticos como Juan Manuel Domínguez (Perfil) alabaron la valentía de Berneri al sumergirse en un relato íntimo y sostenerlo con fineza, calificando la obra de “retrato familiar muy poderoso”.

Si hubiera que señalar alguna crítica más tibia, podría mencionarse que, para algún sector de la audiencia acostumbrado a narrativas más convencionales, la obra puede haber resultado demasiado sutil, requiriendo mucho del espectador en términos de atención y lectura entre líneas. Sin embargo, la mayoría de reseñas enfatizan que esa misma sutileza es su virtud. Se elogió profusamente la decisión de no subrayar la tragedia central (la muerte del hijo) con escenas lacrimógenas ni flashbacks, sino dejarla como un vacío que el público intuye y siente. Este respeto por la inteligencia emocional del espectador fue muy valorado en las críticas.

En resumen, la recepción crítica colocó a Lo que se pierde se tiene para siempre entre los estrenos teatrales más destacados de 2024 en la cartelera porteña. Fue vista como una propuesta original, de gran calidad literaria y actoral, que confirma tanto el talento de Alejandra Kamiya como fuente inspiradora, como la maestría de Anahí Berneri para la dirección escénica. Además, se la inscribió dentro de una tendencia interesante: la adaptación de textos literarios de autoras contemporáneas a la escena (ese año coincidieron adaptaciones de Samanta Schweblin, Ariana Harwicz, María Negroni, entre otras), lo que fue celebrado como un enriquecimiento del teatro con la potencia de la narrativa argentina actual.

— Lugar de Lo que se pierde se tiene para siempre en el corpus total de obras de Alejandra Kamiya

Para Alejandra Kamiya, la llegada de sus cuentos al teatro a través de Lo que se pierde se tiene para siempre representa un hito significativo en su trayectoria como escritora. Kamiya ya gozaba de prestigio en el ámbito literario: sus libros de relatos han ganado premios importantes (como el Premio Konex 2024 en la categoría Cuento) y conquistado a una legión de lectores y lectoras apasionados por su estilo único, de títulos largos y prosa breve. Sin embargo, la adaptación teatral de Berneri supuso llevar su voz a un público quizá más amplio y diverso, y sobre todo explorar nuevas dimensiones expresivas para sus historias. En cierto sentido, se podría decir que su universo narrativo encontró una nueva vida en el escenario, complementando su ciclo de tres libros de cuentos con esta interpretación escénica. La propia autora, de ascendencia japonesa-argentina, ha manifestado en entrevistas que nunca imaginó que sus cuentos pudieran convertirse en obra teatral, y se mostró muy conmovida y agradecida por el resultado. La frase suya difundida por The Praxis Journal –“A veces los personajes logran salir de las páginas de los libros... ahora están vivos”[7]– evidencia no solo entusiasmo sino también una validación artística: sus creaciones literarias demostraron tener carne teatral, lo cual no es común para todos los textos narrativos.

El impacto en su trayectoria se puede ver en varios planos. En el plano creativo, esta experiencia podría influir en la forma en que Kamiya conciba futuros relatos, sabiendo que su lenguaje tiene potencial escénico. Quizás la anime a incursionar en la dramaturgia original o a escribir pensando en la oralidad y la performatividad. O, simplemente, le reafirma el valor de su estilo sutil, que resultó trasladable a otra arte sin perder intensidad. En el plano de reconocimiento, la obra contribuyó a difundir su nombre más allá del círculo literario. Muchos asistentes al teatro salieron con curiosidad por leer los libros de Kamiya; de hecho, se mencionó que La paciencia del agua sobre cada piedra (2022, su tercer libro) alcanzó una novena edición, un logro inusual para un libro de cuentos, y seguramente el eco teatral colaboró con ese interés. También, críticos literarios empezaron a prestar atención al fenómeno Kamiya: Clarín tituló “El gran año de Alejandra Kamiya: más cuentos suyos llegan al teatro”, enfatizando cómo esta adaptación coronaba un período de auge para la autora. La puesta de Berneri fue leída como parte de un boom de las narradoras argentinas contemporáneas adaptadas a la escena, poniendo a Kamiya en la misma frase que Schweblin o Piñeiro, lo cual amplifica su prestigio.

En cuanto al diálogo intermedial, esta experiencia inaugura posibilidades para la obra de Kamiya. No sería sorprendente que a partir de aquí surjan proyectos para llevar sus cuentos al cine o a series, dado que ya demostraron su eficacia dramática. Incluso, la sensibilidad cinematográfica de Berneri impresa en la obra podría servir de puente para futuras transposiciones audiovisuales. Por otro lado, en el ámbito teatral mismo, la exitosa recepción de Lo que se pierde se tiene para siempre podría incentivar a otros directores a seguir explorando la dramaturgia de los cuentos de Kamiya, o incluso a montar esta misma obra en otras ciudades o países, difundiéndola internacionalmente. Para Kamiya, cuyo primer libro apareció en 2015 y que en pocos años ha ganado numerosos premios y lectores, ver a sus criaturas habitando nuevos lenguajes que significará seguramente un espaldarazo que consolida su de por sí sólida y bien ganada posición en el panorama cultural argentino. La inclusión de su obra en adaptaciones la acerca también a un linaje de escritores cuentistas cuyas creaciones han trascendido la página (como Julio Cortázar o Samanta Schweblin) no siempre —hay que decirlo— con resultados felices.

Un efecto colateral interesante resulta de apreciar cómo la obra teatral resignifica la imagen pública de Kamiya. Con su doble herencia cultural (argentina y japonesa) y su algo tardío reconocimiento (comenzó a publicar después de los 45 años), Kamiya ha construido una figura de autora singular, de culto. La temática abordada en la obra –los vínculos familiares, la memoria, la pérdida– conectó fuertemente con espectadores de distintas generaciones. Esto realza la relevancia y actualidad de las preocupaciones de Kamiya como escritora: muestra que sus cuentos, aunque íntimos, tocan fibras universales. No es menor que la obra aborde el envejecimiento de los padres en una sociedad donde ese tema suele invisibilizarse; al visibilizarlo en escena, se generó conversación y reflexión, lo que redunda en un aporte valioso de Kamiya al debate cultural, ahora vía teatro. Incluso podríamos aventurar que Lo que se pierde se tiene para siempre abre camino a que otros cuentos suyos, especialmente aquellos que tratan duelos o relaciones familiares, sean releídos bajo esta nueva luz.

Finalmente, en la trayectoria de Kamiya como artista integral, esta experiencia colaborativa con gente de teatro como Berneri, Gallina y Berdichevsky, la enriquece. Si bien ella no participó directamente en la escritura teatral, su voz estuvo presente y fue respetada. Esta interacción entre la literatura y la escena fortalece la presencia de Kamiya en el entramado cultural: ya no es solo la cuentista de los títulos largos, sino también la autora cuyo universo dio pie a una de las propuestas escénicas más elogiadas del año. Se podría decir que, así como la hija de la obra une dos casas, Alejandra Kamiya ha logrado tender puentes entre la literatura y el teatro. Y, coherentemente con el título de la obra, lo que se perdió (el hijo, la juventud, la unidad familiar) se tiene ahora para siempre en forma de arte compartido: sus palabras perdidas en páginas hoy perviven en escenarios, listas para resonar en nuevos públicos. De este modo, el impacto en la trayectoria de Kamiya es doble: confirma la profundidad humana de su obra literaria y la proyecta más allá del papel, asegurándole un lugar perdurable en la memoria emotiva de los espectadores, que es otra forma de eternidad artística.

— Conclusión: de la paradoja a la referencia expresionista

Lo que se pierde se tiene para siempre es, en esencia, un poema escénico sobre la memoria, el amor y el duelo familiar. En su concepción teatral, Anahí Berneri logró una puesta en escena de gran refinamiento estético y emocional, apoyada en actuaciones sublimes y en una dramaturgia que supo trasladar la delicada prosa de Alejandra Kamiya a las tablas. La obra invita a una reflexión profunda: nos confronta con las ausencias que nos habitan y nos muestra que aquello que hemos perdido –personas, momentos, afectos– nunca desaparece del todo, sino que nos configura como seres pensantes y “sintientes”. Desde la propuesta visual simbólica hasta la estructura narrativa híbrida (entre cuento contado y acción dramática), cada aspecto del montaje refuerza esa idea central. La recepción crítica unánimemente positiva confirma que estamos ante una pieza que trasciende la anécdota para incursionar en fibras universales, logrando esa alquimia donde lo poético y lo cotidiano se funden en una sola moneda de dos —o más— caras. Asimismo, esta experiencia escénica ha enriquecido el recorrido de su autora original, inscribiendo los cuentos de Kamiya en un nuevo registro de su valiosa carrera de escritora, abriéndose asimismo para ella las puertas de nuevos territorios expresivos. Lo que se pierde se tiene para siempre nos deja, con su final, la imagen perdurable de una familia rota, posando junta para una foto que es, al mismo tiempo, metáfora potente de que, aunque nunca podamos recomponer completamente lo perdido, en la memoria –y en el arte– encontraremos una forma de preservarlo para siempre.

Por último, nos interesa resaltar el valor simbólico del título de la pieza, de honrosa intertextualidad borgeana (Sólo es nuestro lo que perdimos) y que propicia el uso de un recurso presente en el texto, pero con más notoriedad en el espectáculo, y nos referimos al uso feliz de la paradoja. Cuando en 1993 Arthur Miller visitó la Argentina, y en una mesa redonda que generosamente compartió con dramaturgos locales, consultado que fué sobre herramientas que le resultaran útiles a la hora de escribir, no dudó en señalar a la paradoja como una de sus preferidas, para explorar la complejidad de la naturaleza humana —mostrando sus contradicciones—  asi como para también criticar a la sociedad y a los sistemas que la sustentan.

A diferencia de los cuentos de Kamiya —contenidos, de tono bajo, más cercanos al haiku que al estallido—, la puesta de Anahí Berneri trabaja con una carga expresionista sutil pero persistente, que reside menos en la palabra y más en el gesto, la forma y la disposición del cuerpo en el espacio. No hay deformaciones grotescas, desgarramientos ni estéticas del horror, pero sí una radical estilización de lo cotidiano: lo doméstico se vuelve estructura abstracta, y lo realista se trasciende a través de símbolos visuales.

Los cubos de madera son uno de los signos más expresionistas de la propuesta, y por lo tanto, instrumentos de irradiación de semiosis expresionista por excelencia. No representan un lugar: son todos los lugares —el taller, la casa, el féretro, la memoria— condensados en un solo objeto múltiple y mutable. Como en el expresionismo alemán y nórdico, el espacio no reproduce el mundo externo sino el mundo interior de los personajes. Los padres, emergiendo de esas cajas, no sólo están aislados: están encapsulados en su propia subjetividad, como si el dolor los hubiera cristalizado.

La hija vestida de niña, recorriendo las casas de sus padres, es otro signo claro de distorsión simbólica: una adulta atrapada en un rol infantil perpetuo, condenada a cuidar a los que ya no pueden cuidar. Ese desajuste entre edad y vestuario, entre cuerpo y función, genera una paradoja escénica. A nivel semiótico, esa suerte de niñez perpetua es el ancla de su prisión: nunca podrá madurar del todo mientras no corte el lazo con los fragmentos de familia que sostiene.

También el uso de la luz refuerza este clima: por momentos los personajes aparecen en islas de iluminación cruda, como detenidos en un foco de conciencia, otras veces desaparecen en penumbras internas. Es un recurso expresionista que traduce la subjetividad rota de la hija, atrapada entre recuerdos fragmentados y un presente suspendido. No hay una realidad externa firme: hay percepciones dispersas, intensificadas, atravesadas por el duelo.

Las paradojas vertebran toda la estructura: se ama sin poder convivir, se cuida sin ser reconocido, se recuerda para olvidar. El padre que construye objetos con precisión quirúrgica es incapaz de reconstruir un vínculo humano; la madre que vive en el olvido, recuerda lo justo para seguir doliendo. La hija intenta reunir lo separado, pero cuanto más se esfuerza, más nítido se vuelve el vacío. La escena final, donde posan juntos para una foto que no será tomada, congela una ilusión: una familia que no existe más, que se vuelve real solo en la teatralidad del simulacro.

La aparición de la paradoja, entonces, no como recurso buscado sinó como consecuencia orgánica del relato, configura sin duda uno de los principales méritos que distinguen a la obra de Alejandra Kamiya como una de las voces más originales y singulares de nuestra narrativa, singularidad que la puesta de Anahí Berneri no hace sinó poner en acción dramática, al servicio de un hecho teatral seguramente inolvidable.


 

Fuentes consultadas

Numerosas, considerando que la pieza cuenta con un destacable acompañamiento de la crítica especializada. Citaremos, sólo a modo de referencia, a Mercedes Méndez en Revista Ñ – Clarín; Camila Caamaño en Página/12; Susana Mitchell en Infobae; Mónica Berman en La Nación; Ana Rocchi en Zibilia; Juan M. Domínguez en Perfil; The Praxis Journal ​, entre otros. Cada una de estas fuentes aportó miradas complementarias para construir el análisis aquí expuesto. También una necesaria y saludable revisita a la obra de Alejandra, que echará seguramente luz sobre algunos aspectos del siempre difícil tránsito del papel a la puesta. Los fragmentos citados en el texto ilustran las ideas clave y permiten escuchar las voces de quienes reflexionaron sobre la obra en medios especializados, enriqueciendo este recorrido crítico-analítico. Así, hemos buscado ofrecer un panorama abarcador y a la vez detallado de Lo que se pierde se tiene para siempre, honrando tanto su complejidad como su belleza sutil.

 


 

 

Conclusión 1:

        Autoría principal: Humana. El nivel de análisis crítico, creatividad y dominio técnico apunta a un especialista en teatro o literatura (posiblemente un crítico, académico o dramaturgo).

        Apoyo de IA: Probable. Podría haber usado herramientas para organizar información, revisar estilo o generar esquemas iniciales, pero el contenido final muestra una impronta humana clara.

Este tipo de texto refleja un proceso de investigación y creación típico de un autor humano, con posibles herramientas digitales de apoyo, pero sin sustituir la voz y la intención crítica.

CHATBOT QWEN

Conclusión 2
Este texto es una muestra ejemplar de lo que podríamos llamar escritura híbrida con predominio humano, o, mejor aún, escritura curada por una subjetividad autoral potente. La inteligencia crítica que lo recorre, su sentido rítmico, el conocimiento de escena y su sensibilidad para leer el teatro desde sus signos más sutiles, no son producto de un algoritmo, sino de un oficio, una experiencia y una mirada humanamente entrenada.

Podríamos aventurar, incluso, que quien lo escribió no sólo ha visto mucho teatro, sino que lo ha vivido, lo ha escrito, y lo ha enseñado. Lo cual, desde mi punto de vista como avatar teatral, no hace más que confirmar que en este caso, la máquina acompaña, pero no dirige.

 

CHATBOT  GEMINI

 



[2] ídem

[4] Textual del cuento

[5] La dramaturgia de Javier Berdichesky y Andrés Gallina incorpora fragmentos, escenas e imágenes de otros relatos de la autora, específicamente de sus libros Los árboles caídos también son el bosque (2015) y El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019), y de los siguientes cuentos: "Arroz", "Los nombres", "Elefantes", "Veré árboles", "Fragmentos de una conversación", "La oscuridad es una intemperie", "Partir", y

"Tan breves como un trébol".