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Teatro, PEQUEÑO WILLIAM: Yorick, o el arte de las mutaciones.


Autora: Adriana Tursi

Dir: Tatiana Santana

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Hay obras que no se acercan a los clásicos para ilustrarlos, resumirlos o volverlos “accesibles”, sino para interrogarlos desde ángulos nuevos, inesperados, hasta nos atreveríamos a escribir: transversales. En esos casos, el clásico no aparece como monumento inmóvil, sino como materia viva: un conjunto de signos disponibles para nuevas combinaciones, nuevas preguntas, nuevas formas de aparición. Pequeño William, de Adriana Tursi, dirigida por Tatiana Santana e interpretada por Sebastián Pajoni, pertenece a esa zona fértil de la relectura teatral, devenida re-autoría. No adapta simplemente Hamlet: imagina su posible gestación, sus signos primeros, el instante en que un mito teatral empieza a organizarse frente a nuestros ojos. Y lo hace a través de un trabajo poético y estructural intenso y dinámico, que encuentra en la precisión y vuelo poético de Santana el catalizador natural para una puesta mágica y atrapante, plena de sugestiva teatralidad.


El punto de partida es tan simple como audaz: un niño y un juglar fantasean el Hamlet que pueden, acaso el que necesitan. Ese niño es William, todavía no Shakespeare o, mejor dicho, todavía no “El Bardo”, todavía no la firma inmortalizada y legitimada por siglos de lectura, escena y academia. Frente a él, como interlocutor, aparece Yorick, el viejo bufón de la corte, figura que en la tragedia shakespeariana llega hasta nosotros como resto: una calavera levantada por Hamlet, un objeto fúnebre que activa una de las meditaciones más célebres sobre la muerte, la memoria y la descomposición de toda gloria humana.

 

La gran decisión de Tursi consiste en invertir ese signo. Allí donde Hamlet nos legó una calavera, Pequeño William devuelve una voz. Allí donde el clásico presentaba un resto silencioso, la autora imagina un cuerpo narrante. Yorick ya no es aquello sobre lo que se habla: es él mismo cuerpo y discurso. Ya no es objeto de contemplación filosófica, sino sujeto de relato. O, para ser mas precisos, es lo que antecedió a la calavera que contribuyó a eternizarlo. Esta inversión, de una enorme riqueza semiótica, modifica por completo el campo de sentido. El personaje lateral, muerto antes de la acción principal, reducido en la memoria cultural a una imagen ósea, vuelve aquí como juglar, rapsoda, mediador, demiurgo menor de una ficción que todavía no existe plenamente, pero que ya empieza a reclamar forma.

 

Ese desplazamiento del punto de vista es uno de los mayores aciertos de la dramaturgia de Pequeño William. Tursi no entra a Hamlet por la puerta solemne del príncipe melancólico, del espectro paterno, de la madre ambigua y sospechada, del tío usurpador o de la joven Ofelia arrastrada hacia la destrucción. Entra por una puerta lateral: por el bufón, por la oralidad, por el juego popular, por el relato compartido. Y desde ese margen vuelve a fundar el centro. Esa operación es menos inocente de lo que puede parecer desde la simple enunciación. Porqué? Porque en términos teatrales, Pequeño William no nos muestra tanto “la obra lista” como el posible nacimiento de una obra; no nos ofrece Hamlet consumado, sino Hamlet en estado embrionario, contaminado por la infancia, por el miedo, por la peste, por los fantasmas, por la necesidad de contar.

 

La estructura que sostiene esa operación es circular y sensiblemente paradojal en su teatralidad. Un personaje de Hamlet cuenta la posible invención de Hamlet ante el niño que algún día será Shakespeare. El futuro parece hablarle al pasado. La consecuencia se disfraza de origen. El muerto futuro aparece vivo para narrar la historia en la que algún día será recordado como muerto. Esta torsión temporal no funciona como mero ingenio literario, sino como principio poético y estructural. Pero sobre todom como originalísimo punto de vista. La obra se mueve en una zona donde la memoria y la invención se confunden: lo que todavía no ocurrió parece ya recordado; lo que todos conocemos vuelve a nacer como si fuera incierto.

 

Esa es una de las razones por las cuales Pequeño William consigue algo difícil: mantener cautivo al espectador con una historia que, de algún modo, ya conocía. La intriga no reside en saber qué sucederá, sino en descubrir cómo se organiza otra vez aquello que creíamos fijado. La pregunta no es “qué pasa con Hamlet”, sino “cómo se inventa Hamlet”. Y esa pregunta abre una zona de enorme productividad teatral, porque permite que el relato avance no sólo por la sucesión de acontecimientos, sino por el placer de la transformación: ver cómo una escena se arma, cómo un personaje aparece, cómo una voz se desdobla, cómo un objeto cobra sentido, cómo un cuerpo actoral se vuelve territorio de múltiples presencias.

 

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Desde el punto de vista semántico, la obra trabaja con una serie de oposiciones que no se resuelven, sino que se alimentan mutuamente: infancia y adultez, vida y muerte, juego y tragedia, memoria y futuro, relato popular y texto clásico, cuerpo presente y fantasma. Esa red de tensiones le permite a Tursi producir una versión libre sin caer en la arbitrariedad y sí en el audaz territorio de la re-autoría. La libertad de la autora no consiste en “hacer cualquier cosa” con Shakespeare, sino en detectar una hendija posible dentro del mito y expandirla hasta convertirla en principio de composición. Allí está su audacia y también su oficio: no se trata de violentar el clásico para exhibir modernidad, sino de escucharlo desde otro sitio, menos previsible, más secreto. Y profundo.

 

En ese sentido, la obra evita dos riesgos frecuentes en las reescrituras de grandes textos. El primero es la reverencia paralizante: esa actitud de respeto excesivo que termina convirtiendo la escena en previsible museo. El segundo es la provocación vacía: la necesidad de “actualizar” el clásico a golpes de ocurrencia, como si bastara cambiar nombres, ropas o referencias para producir una lectura nueva. Pequeño William se ubica en otro lugar. Su gesto es más fino: no desacraliza Hamlet para disminuirlo, sino para devolverlo al origen vital del teatro. Lo devuelve al juego, a la plaza, al cuerpo del actor, a la escucha infantil, a la fiesta pública, a la narración como necesidad primaria. Incluso a la magia colectiva de la Commedia dell'arte, pero de la mano de un único demiurgo ,capaz de desdoblarse en tantas posibilidades como el relato requiera. Casi como encarnando la estrategia del mismo espejo con que se presenta y despide de la platea atravesada por su hechizo.

Allí aparece con fuerza la dimensión semiótica de la puesta. El espejo, ubicado en el centro de la escena y utilizado como eje del comienzo y del cierre, no funciona como simple elemento decorativo. Es, probablemente, uno de los signos rectores del dispositivo escénico. En un primer nivel, opera como ícono de la duplicación: refleja, desdobla, devuelve una imagen. Pero en la lógica de la obra su función se vuelve más compleja. El espejo remite a la identidad en formación, al rostro que se busca, a la máscara teatral, a la condición misma de toda representación. También confirma la estructura circular y paradojal del espectáculo: la obra se mira a sí misma mientras se cuenta; el relato parece ingresar en su propio reflejo.

 

El espejo, además, dialoga de manera muy precisa con Hamlet. Pocas obras de la tradición teatral han pensado con tanta intensidad la relación entre apariencia y verdad, rostro y máscara, representación y crimen, escena y conciencia. En Pequeño William, ese campo de resonancias no aparece explicado, sino encarnado en un objeto que organiza visual y simbólicamente la experiencia. Si el teatro es espejo, como tantas veces se ha dicho, aquí ese espejo no devuelve una imagen transparente: devuelve una imagen intervenida por la infancia, el fantasma y la memoria. No refleja simplemente lo que hay; refleja lo que todavía puede ser imaginado.

Algo semejante ocurre con los objetos distribuidos por la escena. A primera vista, pueden parecer dispuestos en un desorden casi azaroso, como restos de una feria, de un camarín, de una fiesta o de una memoria dispersa. Sin embargo, ese aparente desorden se revela progresivamente como una organización significante. Cada elemento espera su momento de activación. Cada objeto puede pasar de la latencia a la función, de la presencia muda al signo dramático. La escena, entonces, no está simplemente “ambientada”: está sembrada. Lo que al comienzo parece acumulación se transforma en sistema. Lo que parecía utilería se vuelve escritura escénica.

 

Esta cualidad es fundamental para comprender la eficacia de la puesta. Los objetos no están allí para decorar ni para llenar el espacio, sino para participar de la narración. Algunos funcionan de manera icónica, por semejanza o evocación directa; otros adquieren espesor simbólico al ser integrados al relato; otros se transforman por el uso actoral, por el modo en que el cuerpo de Pajoni los incorpora, los resignifica o los vuelve parte de una cadena de acciones. En ese procedimiento se advierte una concepción teatral precisa: la escena no ilustra el texto, sino que produce sentido junto con él.

La dirección de Tatiana Santana resulta decisiva para que ese sistema no se disperse. En un material de estas características, el riesgo del exceso está siempre cerca, latente, inquietante. Un juglar, doce personajes, objetos múltiples, cambios de registro, humor, fantasmas, referencias clásicas, infancia, muerte: todo podría derivar fácilmente hacia la acumulación barroca o hacia la exhibición de destreza. Santana, sin embargo, parece trabajar en sentido contrario: no empobrece la riqueza del material, pero la ordena. No le quita potencia al actor, pero la encauza. No aplana los clímax, pero administra sus progresiones, sin restarlas espesor ni intensidad dramática.

 

Su dirección se percibe especialmente en los momentos bisagra: las transiciones entre personajes, los cambios de temperatura narrativa, los pasajes del juego a la sombra, del humor a la inquietud, de la ligereza al espesor trágico. En esos instantes, la puesta demuestra una precisión que no se ve sólo en el resultado final, sino en la respiración interna de cada escena. Las transiciones no son meros puentes funcionales: son zonas de transformación. Allí el actor no abandona un personaje para “hacer” otro, sino que deja ver cómo una figura emerge de la anterior, cómo una voz se contamina con otra, cómo el relato se desplaza sin quebrarse.

 

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El trabajo de Sebastián Pajoni es, por supuesto, uno de los puntos destacados del espectáculo. La propuesta le exige un despliegue técnico considerable: sostener un unipersonal, componer múltiples personajes, narrar, actuar, modular registros, administrar la relación con el público y sostener la energía durante todo el recorrido. Pero sería injusto reducir su labor a una demostración de virtuosismo. Lo más interesante no es solamente que pueda hacerlo, sino el modo en que esa capacidad técnica queda integrada a una lógica poética. Pajoni no parece actuar “doce personajes” como quien exhibe una galería de máscaras; más bien hace del cuerpo un espacio de circulación, una zona donde las voces del relato aparecen, se cruzan, se invocan y desaparecen.

 

Ese tipo de trabajo requiere precisión física, oído rítmico y una clara conciencia del pacto con el espectador. El actor debe lograr que cada desplazamiento resulte legible sin volverse mecánico; que cada transformación sea reconocible sin quedar subrayada de manera grosera; que el humor no desactive la densidad y que la densidad no asfixie el juego. Pajoni sostiene esa cuerda con notable solvencia. Su actuación parece apoyarse en una técnica muy firme, pero también en una disponibilidad lúdica indispensable para este universo. No hay juglar sin técnica, pero tampoco hay juglar sin goce. Y aquí ambas dimensiones conviven. Y se potencian.

 

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La puesta alcanza particular intensidad en sus momentos de pre-clímax y clímax, donde la narración evita la acumulación verbal para condensarse en una energía más sombría. Allí se vuelve visible la sabiduría de la dirección: los clímax no aparecen como estallidos repentinos, sino como puntos de llegada. Hay una construcción previa, una preparación del terreno sensible, una acumulación de signos, tonos y expectativas. Cuando el momento culminante se produce, no cae desde afuera: parece haber sido secretamente prefigurado por todo lo anterior. Ese trabajo de gradación es uno de los factores que impide que la obra se vuelva episódica. Aun cuando se organice como narración juglaresca y multiplicación de voces, conserva una arquitectura clara.

 

En este punto, la estructura circular vuelve a cobrar importancia. La obra no sólo empieza y termina con un signo —el espejo— que sugiere retorno, reflejo y duplicación; también construye una experiencia en la que el final parece devolvernos al origen con una conciencia modificada. El círculo no implica repetición simple, sino transformación. Al cierre, aquello que vimos al comienzo ya no significa lo mismo. El espejo inicial, los objetos, el cuerpo del juglar, la figura del niño, la memoria de Hamlet, todo ha sido atravesado por el relato. La escena regresa, pero no vuelve intacta. Como suele ocurrir en el mejor teatro, el final no clausura: reverbera.

 

No es menor que este trabajo se inscriba en una continuidad creadora entre Adriana Tursi y Tatiana Santana: de hecho, no es la primera vez que la dupla deslumbra con producciones de notable factura técnica y poética. Baste recordar, entre sus antecedentes relevantes, La patria al hombro o María, es Callas, donde ya podía advertirse una alianza entre precisión formal, potencia escénica y densidad sensible. En Pequeño William, esa alianza encuentra un nuevo territorio: ya no la historia nacional o la figura lírica monumental, sino Shakespeare, la infancia y el nacimiento posible de un mito. Pero la marca común persiste: una voluntad de hacer teatro popular sin resignar complejidad; de producir emoción sin abandonar pensamiento; de construir belleza sin convertirla en ornamento vacío.

Esta cuestión resulta especialmente importante porque Pequeño William podría ser vista, de manera superficial, como una obra “sobre Shakespeare” o como una versión lúdica de Hamlet. Es bastante más que eso. A mitad de camino entre precuela y flash-back escénico, nacida de la imposible paradoja borgeana de Pierre Menard (escribirlo de nuevo por primera vez), la obra termina superando largamente a cualquier especulación reduccionista.

 

Su verdadero objeto no es solamente el clásico, sino la imaginación teatral que lo vuelve posible. La obra parece indagar sobre el origen de las historias, qué restos las alimentan, qué voces olvidadas participan de su construcción y hasta qué lugar ocupa la infancia en la formación de los grandes imaginarios. En ese sentido, el pequeño William no es únicamente un personaje: es una figura de la escucha creadora. Es el niño que recibe una historia y al recibirla la modifica. Es el futuro autor todavía vulnerable, todavía permeable, todavía necesitado de fantasmas.

 

Yorick, por su parte, aparece como figura de una sabiduría escénica anterior a la literatura consagrada. Es el que sabe contar, improvisar, convocar, exagerar, administrar el miedo y la risa. Es el teatro antes que el libro, antes que el prestigio, antes que la cita académica. Tursi parece intentar recordarnos que, incluso los grandes monumentos de la cultura, nacen alguna vez de una situación precaria y viva: alguien cuenta algo ante otros. Una voz se prueba. Un cuerpo se ofrece. Un niño escucha. El público acepta jugar, aunque se trate de una platea conformada por un niño curioso, en un escenario improvisado en una plaza de pueblo. Esa escena mínima contiene, en potencia, toda la historia del teatro.

De allí proviene buena parte de la emoción del espectáculo. Pequeño William no se limita a reactivar Hamlet; lo devuelve a una intemperie originaria. Lo saca del mármol y lo pone nuevamente en circulación. Lo acerca a la fiesta, a la plaza, al temblor del cuerpo vivo, al objeto que espera su turno, al espejo que duplica hasta el infinito, al actor que se multiplica, al público que reconoce algo y, al mismo tiempo, lo descubre de nuevo. Esa es quizá su mayor virtud: permitirnos asistir al renacimiento de una historia conocida como si todavía estuviera ocurriendo por primera vez.

 

En tiempos en que muchas relecturas de clásicos parecen debatirse entre la solemnidad académica y el gesto efectista, Pequeño William encuentra una tercera vía. No explica Hamlet, no lo simplifica, no lo reduce a cita cultural, no lo moderniza a fuerza de guiños. Lo sueña desde otro origen. Y en ese sueño aparecen Tursi, Santana y Pajoni como artífices de un dispositivo de notable precisión: dramaturgia, dirección y actuación trabajando en una misma frecuencia, con un equilibrio poco frecuente entre inteligencia compositiva, potencia escénica y respiración poética.

 

La obra confirma que los clásicos no sobreviven porque sean intocables, sino porque admiten nuevas formas de contacto. Sobreviven cuando alguien se anima a tocarlos de verdad: no para dañarlos, sino para escuchar qué otras voces siguen escondidas en ellos. Adriana Tursi encuentra una de esas voces en Yorick, el bufón que Shakespeare había entrado en la historia original convertido en calavera. Tatiana Santana, a partir de la propuesta del texto, le ofrece un espacio de signos donde esa voz puede desplegarse sin perder precisión. Sebastián Pajoni le presta un cuerpo capaz de multiplicarse sin desbordar la arquitectura del relato.

 

Así, Pequeño William termina resultando una obra sobre Hamlet, sí, pero también sobre algo más secreto y conmovedor: el instante en que una historia pide a gritos ser contada. El momento en que un niño pide fantasmas y un juglar acepta el desafío. Y sobre todo, el momento en que el teatro, aún antes de ser literatura universal, vuelve a ser espejo que se refleja en sí mismo hasta el infinito.



LS

 


TEATRO DEL PUEBLO
Lavalle 3636 (mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 75421752
Web: http://www.teatrodelpueblo.com.ar
Entrada: $ 24.000,00 - Sábado - 21:30 hs - Del 01/08/2026 al 29/08/2026