Responsable
de Susana Torres Molina
Por Luis Saez
Otras, en cambio, prefieren interrogar al pasado desde las dudas del presente, resignificándolo, como si el tiempo nos ofreciera un espejo donde reconocer nuestras contradicciones, revisar antiguas certezas y descubrir preguntas que entonces ni siquiera hubiéramos imaginado.
Responsable, de Susana Torres Molina, pertenece claramente a esta segunda zona.
La obra no regresa a los años setenta argentinos para reconstruir el horror ni para reiterar imágenes grabadas a sangre y fuego en nuestra memoria individual y colectiva. Su territorio es otro, más incierto y acaso más perturbador: qué queda de aquellos años, casi medio siglo después; cómo continúan actuando en las vidas de quienes los atravesaron —y fueron atravesados por ellos— y qué formas adquieren hoy las antiguas convicciones, los miedos, las lealtades, las culpas, los afectos y las decisiones tomadas bajo circunstancias extremas.
El espectáculo, escrito y dirigido por la propia Torres Molina e interpretado por Mercedes Fraile y Silvina Katz, fue concebido para un espacio pequeño e íntimo, en proximidad con los espectadores. La austeridad del dispositivo —una mesa, dos sillas, escasos objetos— no parece una simple decisión de puesta. Hay allí una elección poética: reducir la Historia a la escala de dos cuerpos —pero sobre todo de dos almas— que vuelven a encontrarse después de cuarenta y seis años.
Existe entre ellas una herida antigua y dolorosa, cuyas cicatrices persisten y distancian.
Conviene que el espectador descubra por sí mismo su naturaleza y las sucesivas modificaciones que irá produciendo en el vínculo.
Porque Responsable podría haberse organizado alrededor de una distribución moral relativamente cómoda alrededor del tema, estableciendo desde el comienzo quién tiene razón, quién debe responder, quién ocupa el lugar de víctima y quién merece ser juzgada. Pero la autora y directora, poco amiga de los facilismos, elige, por fortuna, un camino sensiblemente más riesgoso.
La obra se dedica precisamente a desactivar esa geometría.
Y la metáfora geométrica no resulta caprichosa: allí donde la línea pretende separar con precisión una zona de otra, la vivencia humana establece la porosidad de los límites. En Responsable, las posiciones se desplazan; las certezas se contaminan y aquello que parecía poder observarse desde una perspectiva única comienza a ofrecer zonas de sombra y contradicciones en capas sucesivas.
Y allí cobra valor y peso la expresión que da título a la obra.
En el lenguaje político de aquellos años, “responsable” poseía un sentido concreto dentro de la estructura militante. Pero en la historia de Silvina y Mecha, las dos amigas y ex militantes políticas de los años 70, la palabra se expande poco a poco hasta adquirir resonancias morales, afectivas e históricas. ¿Responsables de qué? ¿Ante quién? ¿Qué responsabilidad tenemos sobre aquello que hicimos siendo quienes éramos entonces?
Por eso quizá su interrogación más profunda no sea quién es responsable, sino:
¿qué significa ser responsable cuando la vida ha pasado por encima de nuestras antiguas certezas, apagándolas o debilitándolas??
En ese desplazamiento aparece una de las mayores virtudes del teatro de Torres Molina: su resistencia a la simplificación y al reduccionismo.
Los años setenta emergen y transcurren, atravesados por sus impetuosas esperanzas y contradicciones. La voluntad de transformación convive con el esquematismo; el compromiso con las jerarquías y el sueño de una sociedad nueva con la persistencia de conductas y relaciones heredadas del mismo mundo que se pretendía transformar.
Una frase brevísima y paradojal, esgrimida por una de las protagonistas, condensa con ironía esa tensión: “Nada nuevo en el hombre nuevo”,
Pero sería injusto leer Responsable como una impugnación retrospectiva de aquella militancia. Torres Molina, tal lo ya expresado, escribe desde un territorio y desde un sistema mucho más ricos y complejos. Puede revisar fanatismos, certezas rígidas, mitologías, idealizaciones y contradicciones, sin desconocer el compromiso, la solidaridad, el entusiasmo y la dimensión utópica que también formaron parte de aquella experiencia.
Y quizá allí asome y se afiance uno de los interrogantes más profundos de la obra:
¿cómo mirar hoy, aquello que fuimos?
La ausencia y sus huellas
En este sentido, y en concordancia con el título elegido, Responsable podría pensarse como una obra sobre los setenta, después de los setenta. No tanto sobre aquello que ocurrió como sobre su sedimentación. Qué nos quedó. Qué se ha transformado. Qué continúa doliendo. Y qué interrogantes e interpelaciones todavía no admiten respuesta.
El pasado no aparece representado: aparece actuando e impactando sobre el presente.
Ese desplazamiento temporal constituye, quizá, uno de los rasgos más originales de la pieza. Los años setenta ya no son únicamente un período histórico. Se han vuelto biografía. Permanecen alojados en los cuerpos, en los vínculos, en los miedos, en ciertas formas del deseo, en nosotros y también en las generaciones posteriores.
Allí adquieren especial relevancia las figuras evocadas de Paco —ex pareja de Mecha y desaparecido Jefe de la organización guerrillera en la que ambos militaban— y Pedro, hijo de ambos. En Paco se condensan, de alguna forma, la vida de los militantes que libraban su lucha desde la clandestinidad, y las tensiones que teñían la relación de la pareja. Él detestaba el dramatismo, la gravedad —le confiesa Mecha a Silvina— Y yo era bastante densa a veces. Sentía que era todo o nada. Vida o muerte.”
SILVINA — Muy a tono con la época. Revolución o muerte. Patria o muerte.
MECHA — Y, no, no es así...
SILVINA — No, no es así para nada.
Se trata de un pasaje particularmente valioso porque el recuerdo íntimo de Paco desemboca en una reflexión sobre la mentalidad política de toda una generación. La autora establece un vínculo entre las exigencias afectivas y los imperativos ideológicos de aquella época, y al mismo tiempo —o especialmente— refuerza los lazos que propiciarán el reencuentro entre Mecha y Silvina.
En cuanto a Pedro, el otro personaje evocado de la pieza, no resulta aventurado que su actuación tácita se convierte en uno de sus engranajes fundamentales. Pertenece a una generación que no vivió aquella mística ni participó de aquel sistema de convicciones, pero sí heredó sus consecuencias. Por ello, su mirada introduce otra temporalidad.
Quienes protagonizaron los años setenta pueden recordar compromiso, entusiasmo, clandestinidad, sacrificio, derrota. Quienes llegaron después pueden preguntarse, sobre todo, por el costo. Pero Pedro representa, en ese sentido, la consecuencia de los setenta.
Y desde allí formula preguntas para las cuales la generación anterior no dispone necesariamente de respuestas satisfactorias. La obra consigue así desplazar nuevamente la perspectiva: aquellos años ya no pertenecen sólo a quienes los protagonizaron; de alguna manera son también patrimonio o herencia involuntarios de quienes debieron aprender a vivir con sus secuelas.
Por eso para ellos resuena productivamente la formulación sartreana:
¿qué hacer con lo que hicieron de nosotros?
La pregunta atraviesa buena parte de Responsable. Qué hicieron las circunstancias históricas con aquellas jóvenes militantes. Y qué pudieron hacer con aquello que la Historia hizo de ellas. Lo que suena fatalmente similar a preguntarnos qué harán los que nos sucederán con una herencia que no eligieron.
Aquí aparece también otra dimensión-eje decisiva de la obra: la supervivencia.
Supervivencia y piedad
Sobrevivir no consiste únicamente en permanecer con vida.
Significa también, o especialmente, construir una existencia después de aquello que alguna vez pareció ocuparlo todo. Trabajar, amar, criar hijos, desplazarse, estudiar, equivocarse, enfermar, envejecer. Convertirse en otra persona sin dejar de cargar completamente con aquello que fuimos. Aunque en esa tensión se nos vaya el resto de la vida.
Las protagonistas de Responsable han vivido varias instancias de vida después de aquella juventud.
Y esas vidas posteriores modifican inevitablemente la mirada. No pueden juzgar desde el mismo lugar porque ya no son exactamente las mismas. Es aquí donde aparece una mirada particularmente delicada: la piedad.
La piedad puede degradarse con facilidad cuando se confunde con indulgencia, caridad, condescendencia o absolución.
Pero quizá la verdadera piedad ni siquiera se ejerza, mas allá de la mirada y el sentir.
Mirar piadosamente al otro, parece querer susurrarnos la autora, no significa eximirlo de sus actos. Significa comprender que la fragilidad que reconocemos en él pertenece también a nuestra propia condición.
Responsable trabaja esa posibilidad con enorme sutileza.
No convierte la piedad en discurso.
La deja circular, fluir.
Está en ciertas pausas, en algunos silencios, en determinadas formas de callar aquello que podría utilizarse como arma. Pero sobre todo, en la decisión de no reducir al otro a su peor versión.
Y en ese punto la piedad no anula la responsabilidad. La vuelve humana.
De allí también que el perdón latente no celebre ninguna clase de pacto con el sentimentalismo. Acaso porque perdonar no significa borrar, ni mucho menos olvidar.
Quizá consista en aceptar que aquello que condenamos en el otro puede anidar, de otra manera, en nuestra propia alma.
Torres Molina transita así una zona tan riesgosa como audaz: comprender sin absolver.
Comprender no equivale a justificar. Significa abandonar la comodidad de imaginar que la debilidad pertenece siempre a los otros.
Y aquí el humor adquiere un rol y una importancia fundamentales.
No aparece como descanso frente a la densidad del conflicto ni como simple válvula de escape. Funciona como otra forma de conocimiento y de mirada.
A medida que avanza el encuentro, las protagonistas Mecha y Silvina van insinuando una nueva relación, que es a la vez reencuentro, desde la distensión que propicia la broma compartida, incluso desde aquello que alguna vez estuvo investido de una gravedad incontrastable. Las viejas consignas, los juramentos, la solemnidad militante, los modos de nombrar el mundo comienzan a convivir con las pequeñas banalidades de una vida contemporánea que hubiera resultado inimaginable para aquellas jóvenes.
El contraste tiene algo profundamente revelador.
Allí donde alguna vez predominó la lógica del todo o nada, aparece ahora la posibilidad de la ironía.
Donde hubo solemnidad, puede haber risa. Y esa risa no trivializa la memoria. La vuelve habitable.
Las mujeres que alguna vez vivieron bajo imperativos absolutos pueden ahora reconocerse en sus propias contradicciones y reírse incluso de sí mismas. Esa capacidad supone una forma particular de libertad: el pasado continúa perteneciendo a sus vidas, pero ya no ejerce sobre ellas la misma autoridad. Y en esas circunstancias, la risa se convierte en otra forma de supervivencia.
Porque el humor produce algo que la discusión racional no siempre consigue: afloja las posiciones rígidas, suspende por un instante el juicio, crea complicidad.
SILVINA — Teníamos quince años.
MECHA — ¿Y?... No sabía que los juramentos tienen fecha de vencimiento.
La solemnidad casi ritual que Mecha atribuye al juramento adolescente contrasta con el pragmatismo de Silvina. Una convierte aquel compromiso en una obligación ética permanente; la otra introduce una perspectiva temporal que relativiza su importancia.
Y es que en Responsable, la risa es un recurso sutil que no cancela el dolor. Lo acompaña y suaviza.
La otra dramaturgia: los cuerpos
Mercedes Fraile y Silvina Katz sostienen este complejo itinerario con actuaciones de enorme precisión, y profunda capacidad de evocación y cercanía. Ambas manejan con maestría los códigos intimistas que propone el texto, rico tanto en silencios sugestivos como situaciones de diversos grados de tensión.
La pieza exige cuerpos capaces de sostener simultáneamente la violencia del recuerdo, la intimidad recuperada, la ironía, la agresión, el pudor y la ternura.
Buena parte de la potencia de ambas interpretaciones se encuentra, además, en la solidaridad y manejo del timing con que se ajustan y complementan, por ejemplo, en lo que sucede con una mientras la otra narra.
Las pausas, las miradas, los pequeños movimientos, los cambios casi imperceptibles de distancia entre los cuerpos van componiendo una dramaturgia paralela a la palabra.
En un espacio tan reducido, cualquier exceso podría quebrar la fragilidad del dispositivo.
La dirección de Torres Molina apuesta, sin embargo, a la proximidad. Y en esta proximidad debemos incluir al espectador, que ante la cercanía de los cuerpos latiéndole tan de cerca, no puede evitar sentirse involucrado y contaminado por diversos estados, desde la emoción hasta la perplejidad.
...sin imágenes de archivo, ni necesidad de exhibir nuevamente aquello que ya conocíamos, regresa, despojada, desnuda, a través de dos mujeres que recuerdan, discuten, se contradicen, callan y ríen.
La política reaparece allí donde quizá actúa con mayor profundidad: en la intimidad.
Por eso Responsable no es solamente una obra sobre los años setenta.
Ni tampoco —únicamente— sobre el perdón como forma de liberación y sanidad.
Es también —o sobre todo— una obra sobre el tiempo.
Sobre aquello que el tiempo modifica y aquello que se niega a desaparecer.
Sobre la posibilidad de volver a mirar.
Sobre cómo envejecen las ideas, pero también algunas heridas. Y quizá, también, sobre una forma adulta de reconciliación que no necesita negar lo sucedido para volver posible el encuentro.
Torres Molina no clausura el pasado. Lo invoca e invita a actuar, a través de los cuerpos y la poesía de sus dos excelentes intérpretes..
Pero tampoco permite que ese pasado determine por completo el presente.
Entre memoria y revisión, responsabilidad y fragilidad, juicio y piedad, solemnidad y humor, Responsable encuentra buena parte de su potencia.
Los años setenta terminaron.
Sus consecuencias, no necesariamente.
Y quizá sea ésa la pregunta que queda resonando cuando la función termina:
qué hacemos, tantos años después, con aquello que todavía vive y late dentro nuestro.
FICHA TÉCNICA
Autoria y dirección: Susana Torres Molina
Actuación: Mercedes Fraile y Silvina Katz
Asistente de Escena: Julia Molinari
Fotografía y Diseño gráfico: Santiago Botet / María Forni
Producción: Comuna CasAbierta / Sonia Calligo
Agradecimientos: Cata Luchetta, Pablo Rojas, Jorge Figueras, María Mascheroni, Denise Najmanovich.
Duración: 65 minutos
Lavalle CasAbierta. Lavalle 3644 - CABA
Domingos, 17 hs
