Llovizna. Lo sigo, con una mezcla de fascinación e incertidumbre, sin saber muy bien porqué. También con miedo al desencanto de confirmar que sigo a un fantasma (cosa que de todos modos está ocurriendo…)
En Lavalle al 1500 entra a un
edificio tipo década del ´70, uno de esos impersonales edificios del
microcentro porteño, con pasillo largo y ascensor al final. Apuro el paso para
no perderlo mientras la puerta del ascensor se cierra y se lo lleva; así Viñas
regresa a su condición de recuerdo y misterio, en ese orden. Mientras desando
el pasillo me pregunto si lo inexplicable tendrá un porqué. Llueve con fuerza,
se diría con esmero. Como si el cielo quisiera decirnos algo y la
indiferencia de la ciudad lo desesperara. Me refugio en un barcito tipo
socucho, uno de esos barcitos que por capricho del tiempo y del destino –que en
estas cosas suelen ponerse de acuerdo— no ostenta en su fachada ninguna palabra
en inglés. Viñas me deja tomar ubicación (ahora lo sé, ahora que todo
pasó y no encuentro mejor forma de ponerlo en palabras) y reaparece, con el
cuello de la campera subido y el pelo blanco echado hacia atrás, empapado
(entonces los fantasmas se mojan? Se humedecen? Persiguen a sus
perseguidores?) Me echa un vistazo como al descuido y se sienta en otra mesa,
como disfrazando de casualidad este insólito encuentro. Pero no puedo dejar de
sospechar que todo esto es de mentira. La más genuina mentira que me ha tocado en
suerte.
Despliega el diario y reanuda
su vieja obsesión por desmadejar furcios y trampas de corresponsales-esbirros.
No puedo evitar pensar esto: ni aún después de muerto es fácil engañarlo; será
por eso que alguien por ahí lo llamó el cazador de traiciones.
— Me permite Maestro?
–pregunto, antes de sentarme en su mesa.
— Usted me ha seguido –me
contesta, sin alzar la vista de su diario— supongo que merezco una explicación.
Ahora sí, alza la vista y me
mira con esa especie de furiosa lucidez que lo sobrevive.
— Supone bien –respondo— pero
el caso es que no sé por dónde ni cómo empezar.
— Empiece por donde quiera, le
doy esa libertad –me dice, como quien concede un amable ultimátum.
— Usted está muerto, Viñas –le
digo, con una especie de vergüenza ajena.
— Podríamos discutirlo
–responde— eso no le daba derecho a seguirme como si fuera mi sombra.
— No, claro que no –intento,
con la vista gacha— la gratitud que le debo está más allá de la muerte.
— Vea, si se refiere a lo que
oportunamente publiqué sobre su obra, le advierto que la deuda es mucho más con
usted mismo que conmigo… de veras me siguió por eso?
— No –respondo, rendido—
tampoco fue por eso.
— Entonces pregunte y
terminemos de una vez –me apremia— la muerte, ya lo sabrá a su tiempo, es un
asunto que requiere dedicación… como una patria nueva– me dice, rematando la
ocurrencia con una inesperada sonrisa.
— Entonces podemos decir que
dejar la vida también es un exilio? –pregunto, siguiendo una lógica que le tomo
prestada, poniendo a prueba su paciencia una vez más.
La mirada de Viñas excede
largamente el paisaje lluvioso de la tarde-noche. Ya es el Viñas de las fotos
que hace rato lo inmortalizan. Es nuevamente esa mirada que convierte su
partida en un trámite doloroso pero casi de segundo orden, comparado con lo
esencial de su legado.
— La muerte es la muerte y
punto –arriesga, con conocimiento de causa— lo importante es lo que hicimos
antes.
No hay dudas; es él. El polemizador, el repentista
genial, pero también el tipo reflexivo y certero. Sigue siéndolo. La muerte es
un accidente; tenerlo sentado frente a mí es un oscuro milagro.
— Ha dedicado gran parte de su
vida y de su obra a reflexionar sobre la historia. Ahora le llegó el turno de
entrar en ella, qué se siente?
— Creo que les cabe a ustedes,
los que tarde o temprano ocuparán el lugar que dejamos, indagar sobre ese tipo
de especulaciones.
— Decirle que su lugar no lo
podrá ocupar nadie le sonará a obsecuencia…
— Entonces serán ustedes los
que se jodan si no pueden escribir una historia mejor…
Con cuidado, me digo. Este
hombre (o lo que de él va quedando) no se lleva bien con los halagos. La
lucidez también puede deslumbrar, quemar de lejos. ¿Qué veíamos en él, los que
teníamos 20 a sus 50? ¿La corporización de una especie de absoluto? Grosero y
contradictorio a veces, lúcido y coherente, casi siempre. Un coloso que hablaba
con nuestras palabras y que hasta se permitía el lujo de soplarnos historias de
sexo al oído, para horror de la tilinguería doméstica. Un absoluto donde
identificarnos, un refugio. Y decir refugio es decir esperanza.
Árida, escarpada, a veces abismal. Pero esperanza palpable, ahí, en sus libros
que gruñían y salpicaban. Eso era Viñas, exiliado y todo. Una esperanza
mutilada, saqueada, con pelotas...
— Dejemos entonces el exilio y
la historia, Viñas, qué siente que dejó pendiente?
— Es una buena pregunta… —concede— siempre dejamos
cosas pendientes, inevitablemente… en lo formal, mas ensayos sobre Libertadores
de América; al menos de la América que imaginan defectuosamente muchos
argentinos.
— Y en otro orden?
— Entre miles de muertes
infructuosas, las de mis hijos, la vida que se perdieron, todo lo que nadie
pudo hacer por salvarlos…
Silencio, impostergable. ¿Qué
decir del horror que el propio horror no minimice? El silencio viene a lamer
una herida, y a decirnos que ninguna palabra le queda bien a lo que sufre.
Llueve otra vez. A pesar de todo (o de este horror que todo lo minimiza) se
está bien con este entrañable fantasma. Tan bien, que explicarle al mozo porqué
pido dos cafés resultará por lo menos infructuoso, incluso banal. Prefiero
pasar por excéntrico, o por loco, lo mismo da. El deseo es más, pero tiene su
precio.
— Perdonaría a sus enemigos?
–pregunto, un poco a mansalva, y enseguida me arrepiento; el hombre sentado
frente a mí acaba de referirme dolores irreparables.
— Según qué enemigos –ensaya,
pensativo—. Algunos nos jerarquizan, los menos
—aclara— otros justifican
nuestros rencores. Y están los más patéticos, que nos merecen indiferencia, por
no abundar en detalles. Gracias a Dios y a la Virgen de Guadalupe, de este lado
también se cuecen habas… y hasta se saldan cuentas…
— Viñas, usted perdone, pero
es difícil sustraerse a la tentación de preguntarle si esperaba ese momento…
— No lo esperaba. Me
sospechaba nomás que tarde o temprano llegaría…
— ¿Será entonces que nos vamos
con el dolor a cuestas, Viñas? Será que el desamor y la despasión son los
exilios peores?
— Digamos, por darle un marco,
que el dolor es más sabio que la pasión, me comprende? El dolor sabe esperar.
La pasión es caprichosa y tirana, cuando sopla buen viento nos arrasa, pero
llega el tiempo de inventarle tempestades para que no decaiga, y en esos
menesteres se nos va la vida… el dolor, en cambio, qué sabio y paciente es…
escuche a su dolor, tiene mucho que aprender de él…
— Venimos a eso, Viñas? A
perdonar lo perdonable y a sufrir por lo que no?
— Venimos a aprender, amigo
–me dice— hasta del sufrimiento, y a desaprender lo que deja de servir, y a
construir memoria, desesperadamente…
Ahora la calle es un paisaje
oscuro, desgajado. Como si la lluvia persistente le hubiera robado cualquier
posibilidad de alegría. La mirada de Viñas recorre despacio lo que quedó, en
silencio, como tomando nota de un mundo que empieza a no pertenecerle…
Por alguna razón (o acaso sin
razón) me viene Borges a la memoria:
“La candente mañana de febrero
en que Beatriz Viterbo murió, noté que las carteleras de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues
comprendí que el vasto e incesante universo ya se apartaba de ella, y que ese
cambio era el primero de una serie infinita…”
— Ahí tiene –dice— un buen
ejemplo de lo que no quisiera para mí… convertirme en un tótem paralizante.
Prefiero que me discutan, hasta la negación si fuera preciso.
— Eso fue Borges, Viñas? Un
tótem, un obstáculo?
— Le caben dudas? A mí no, mas
allá de cualquier historia oficial o incluso del mismísimo canon…
— Hace un rato me dijo que
venimos a construir memoria… y ahora prefiere la negación, que se parece tanto
al olvido, o no?
— Pero no una memoria infame,
conveniencia de unos pocos para desgracia de muchos. Eso es falsa memoria.
Mejor el olvido, implacable. Ni siquiera piadoso, eh?
— Borges también postulaba el
olvido, Viñas…
— Sus razones habrá tenido,
allá él, me sospecho que distintas a las mías… yo postulo el olvido como último
recurso del decoro y la dignidad, si quiere… lo de él era puro snobismo, otra
de sus paradojas, no la más feliz por cierto… pero si me dan a elegir, por
supuesto, prefiero la memoria, insisto, desesperadamente… Borges quería que lo
olvidaran, mientras no muy encubiertamente le hacía un guiño a la eternidad… yo
aspiro, modestamente si quiere, a dejar algo, algo que sirva para
construir otra cosa, lo que sea… de todos modos, y para cerrar el tema, digamos
que Borges no es el gran culpable de este formidable malentendido. Sus
idólatras, que han armado una pequeña gran industria de la crítica y de
la interpretación de la interpretación son, por lo menos, co—responsables,
por no decir partícipes necesarios…
El mozo quiere cobrar y cerrar
la noche. De los dos cafés que me trajo, uno se convierte lenta e
inexorablemente en una suerte de negra tintura, fría, inexpresiva. Los
fantasmas, al parecer, pueden mojarse bajo la lluvia pero no les está permitido
compartir cafés en socuchos anónimos. Viñas no parece sufrirlo: contempla la
transformación del suyo con indiferencia. El mozo recoge las tasas y me dedica
una mirada de soslayo, como dándome a entender que mi excentricidad (o lo que a
sus ojos aparece como tal) no le asombra, ni siquiera le resulta original.
— Y entonces, Viñas? Qué
oponemos al tótem deslumbrador? O dicho de otra manera: lo no canonizado está
fuera de circulación? ¿O será que para una zona de la literatura argentina no
oficializada la suerte está echada?
— No, a mi entender… porque
el canon, que a veces confunde poder con omnipotencia, no ha tenido
mas remedio que rendirse ante ciertas evidencias, como Arlt, o como Quiroga o
como el mismo Walsh, que por lo demás a Borges no tiene nada que envidiarle…
— Otra de sus aventuradas
afirmaciones que sigue levantando polvareda…
— ¿Me comprende ahora cuando
le digo que para construir memoria hay que tirar abajo mitos y barrer
escombros? –la carcajada es sincera y estentórea, muy a su estilo. Otras cosas
termino de comprender: en una época donde la tibieza y una mal entendida sensatez
combaten a pie firme contra la honestidad, y demasiado a menudo la dejan sin
argumentos, vamos a extrañar las osadías de Viñas, su desenfado, su, insisto,
implacable lucidez.
— Inevitablemente llegamos a
otro de sus temas, Viñas: la antinomia civilización o barbarie.
— Antinomia que no es tal
–retruca, encendido— la civilización y la barbarie han convivido y hasta co—habitado
a lo largo y ancho de nuestra historia política y cultural.
— Recuerdo, si me permite, la
frase de Walter Benjamin: “En la base de todas las obras de arte de importancia
hay un cimiento de barbarie”.
— Hágaselo entender al canon…
hay una tradición, me comprende?, mal llamada estética, y que para mí es
ideológica, que condiciona juicios y preferencias a partir de patrones
académicos estrechos y desde luego, limitantes. ¿Qué es estético? Y –lo más
delicado— qué no lo es?, en eso habría que intentar ponerse de acuerdo… pero
aceptando el disenso, las porosidades, y sobre todo aceptando que cualquier
lectura de la historia de nuestra cultura que prescinda del correlato político
será incompleta y servil a determinados intereses, porque el apoliticismo, como
todos sabemos, no existe… en fin, permítame que insista con aquello de que
ustedes, los que vienen atrás, deben tomar estas banderas y ponerle el cuerpo
al asunto…
Más y más lluvia. Como no
queriendo quedarse fuera del cuento.
— Le gusta ver llover, Viñas?
— Me gustaba más antes, cuando
la naturaleza agredía menos. Ahora caen dos gotas y desaparece un pueblo
entero. O sopla un tornado y se lleva puestos a un montón de pobres. ¿Sabe qué
pasa? Antes la lluvia venía sola, ahora viene con rabia…
— Será que también a ella la
muerte le otorga otro sentido?
— Mire, le voy a decir
algo, la muerte no otorga ni quita nada. Y sabe porqué? Porque no
llega de golpe, me explico? De golpe se enteran los
que se quedan. Pero el principal involucrado, por asi decirlo,
se va enterando de a poco. Digamos que en algun momento le cae la ficha, pero
no al principio. Al principio todo sigue (todo parece seguir)
igual. Se despierta en una terapia intensiva, llama a la enfermera y como nadie
le responde, se quita las sondas y sale así, medio en pelotas, a vestirse de
cristiano y mandarse a mudar, recordando todo lo que dejó por hacer antes de
internarse: trabajo pendiente, entrevistas, correcciones, reuniones, más
trabajo… hasta los sentidos lo engañan, sabe? Se ha despertado engañado,
creyéndose curado porque ya no siente dolor. El problema es que ya no siente
dolor porque en verdad ya no siente nada. Y porqué no siente más
nada? Porque dejó de existir. Pero todavía no lo sabe. Digamos que
le falta muy poco para empezar a sospecharlo. A lo mejor en la puerta del
sanatorio, cuando descubre que tampoco los tacheros parecen dispuestos a
pararle. O cuando se cuelga del primer bondi que lo lleva para el centro y el
chofer, en vez de preguntarle de cuánto, lo ignora, como los tacheros y las
enfermeras y el resto del mundo. Y entonces el fulano, el flamante occiso, ya
algo extrañado, se sienta en el primer asiento y descubre, por el espejo
retrovisor del colectivo, que en el asiento donde viaja no se ve a nadie. Como
si en el asiento que ocupa no hubiera (no hay) nadie. Recién ahí, a
bordo de un colectivo ciento cuarenta, como a las once y media de la noche, es
posible que le empiecen a caer las fichas. Pero todas, eh: la ficha de la
muerte, la ficha de todo lo que deja para siempre y la más agobiante de todas:
la ficha de las despedidas.
— Despedida de quiénes?
— De todos los que lo
recordarán en los días posteriores al luctuoso suceso de su partida, si me
permite el barbarismo televisivo. Discípulos, admiradores, enemigos,
usurpadores, profanadores, caranchos, amantes, advenedizos, adversarios,
colegas, gente que pasaba … todos y todas quieren quedarse con un pedacito del
extinto. Todos, sin excepción. Como si no quisieran que parta. Y así comienza
la ronda de homenajes, notas al pié, notas al margen, contratapas, semblanzas,
despedidas, lo que se le ocurra. Y el flamante finado ahí, sonriendo como si
alguien lo viera, para nadie, ni siquiera para la posteridad, que para eso
Borges se murió antes. Por eso cuando me empezó a seguir intuí en usted, y no
me equivocaba, a otro acreedor.
— Yo, acreedor suyo, Viñas?
Hay que tener imaginación…
— Déjeme hablar: cuántas veces
en los últimos tiempos intentó entrevistarme, sentarse a tomar un café conmigo,
darme las gracias?
— Desde siempre, Viñas, pero…
— Y cuántas otras me invitó a
sus estrenos y jamás pude o quise ir? Hable con franqueza, vamos…
— Viñas, perdone la
insistencia, le vuelvo a repetir que no me debe…
— Eso es lo que usted cree:
pero hay voluntades más poderosas que la suya o la mía, que han dispuesto lo
contrario…
— Por eso estamos acá
sentados, Viñas?
Viñas se atusa el bigotazo y
sonríe, divertido.
— Es una buena historia,
verdad?
— Hacía rato que no escuchaba
nada mejor…
— Le confieso que nunca la
publiqué por pereza, todavía debe andar por ahí, entre mis papeles, espero que
cumplan mi voluntad y los hagan correr. Sería –asegura— lo mejor que nos podía
pasar, a mis papeles y a mí. Que las ideas circulen, como savia, o que sigan la
suerte del desperdicio...
El vidrio de nuestra ventana
se empaña lentamente, la calle cobra un áurea irreal, como de cuadro
impresionista. Intento desempañarla con el brazo, Viñas me frena con un gesto:
— Déjela así.
Oscuramente, entiendo.
Compartir una mesa de café con Viñas es terminar sintiéndose inevitablemente
parte del paisaje urbano.
— Sabe? –me dice— yo nací acá
nomás, en Talcahuano y Corrientes. A esta ciudad la ví crecer, incluso
violenta, descontroladamente. Contaminarse, metamorfosearse, me tuve que
esconder en ella y de ella, o me mataban. La odié con honestidad, la culpé de
muertes y desdichas varias. Con los años fui entendiendo que la ciudad es un
poco una patria, personal. También un lugar de paso. Pero que en este lugar de
paso, los que estamos de paso somos nosotros. Por eso digo
siempre, si se pudieran contar las veces que caminé estas veredas a lo largo de
mi vida, la cifra lo sorprendería al mismísimo Borges.
— Tal vez lo deleitaría
–agrego.
Y Viñas ríe, de buena gana.
Nos vamos entendiendo.
Una cifra imposible, pienso,
como otro dato que los emparenta, mas allá de las diferencias, o precisamente
por ellas: los dos fueron notables polígrafos, lo que imposibilita la lectura
parcial de sus obras. En Borges, como en Viñas, la narrativa está teñida de
ensayo, y viceversa. Ninguno de los dos se conformó con lo seguro y buscaron
(Borges en la poesía, Viñas en la dramaturgia) caminos alternativos para decir
lo mismo: Borges, la búsqueda del absoluto, Viñas, la rabia del país de señores
ricos y chicos pobres. Y el sometimiento de una cultura signada por los
caprichos de una oligarquía autoritaria hasta el exterminio.
La diferencia, lo
irreconciliable, subyace tal vez en los márgenes de la palabra: Borges escribía
con el genio, Viñas, con el cuerpo. Cuerpo mutilado de la peor amputación: sus
hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael, arrancados de la vida por vía de la barbarie
más atroz: el genocidio. Y aquí la antinomia se vuelve coincidencia:
civilización y barbarie se aparean y funden en un mismo, imposible horror.
“Nadie olvida –dice Viñas— los verdugos, porque torturar es una experiencia
límite, feroz, infame. Y las víctimas, o sus sobrevivientes, porque recordamos
con espanto y odio”
— Puedo preguntarle qué cosas
extraña y qué cosas no extrañaría jamás?
Viñas se toma su tiempo para
meditar la respuesta. Sabe, como gran conversador que fue y será, que a la hora
de mostrarnos, la palabra es tan valiosa como la pausa. Socias inseparables,
primas hermanas.
— Naturalmente, los afectos
–dice— Mis seres queridos, unos cuantos amigos y compañeros, algunos amores
(permítame obviar nombres propios). Después los cines, el teatro, los libros,
la paradoja de sentirme acompañado por desconocidos, que esto y no otra cosa es
caminar por Corrientes. También extraño a algunos enemigos. No es que me duelan
particularmente; empiezan a resultarme comprensibles, y eso ayuda a entender,
incluso lo inaceptable. Sabe, todo se ve diferente de este lado. Estamos
sentados frente a frente pero nos separa una distancia insalvable, lo sabemos.
Una distancia que excede largamente a la palabra, y que por eso mismo no admite
explicación. Le diré que hasta la soledad tiene otro nombre aquí, inclusive
ella, tan reina de nuestras angustias.
— Puedo preguntarle cómo la
llaman?
— No la llamamos.
No es preciso. Ella está ahí, esperando, de brazos cruzados…
Sonríe apenas. Lo necesario.
La piedad no sabe de ostentaciones ni de falsos oropeles. La piedad está donde
debe estar, donde no podamos abusar de ella. En un gesto inesperado,
intransferible. En lo que no se puede nombrar.
— A qué volvería, si le fuera
dado?
— Supongo que a disculparme
con algunas personas, a confesarles que no supe quererlas mejor. Y a advertirle
a otras que más tarde o más temprano, la estupidez y la mezquindad cobran
comisión.
— Si pudiera cumplir esa
voluntad, ¿aceptaría el fin con menos peso?
— El fin es inaceptable,
váyalo sabiendo. Me resignaría más pronto, tal vez. Al fin de cuentas nos han
puesto aquí sin consultarnos y dándonos explicaciones de ocasión. Después, también
sin explicación, todo se termina. Qué más pedirle entonces a la vida, no?
— Viñas, entonces será que el
sentido de todo esto aparece cuando llega el fin?
— Entendámonos: establecerle
usos y costumbres a la muerte es tan infructuoso y banal como intentar
aceptarla. Le sugiero que disfrute lo que le haya sido dado y no se pregunte
cosas que sólo le aportarían confusión; lea, desconfíe, ame, y acepte sólo aquello
que le apasione. Lo demás déjelo correr…
— Viñas, están cerrando, temo
que en cualquier momento nos inviten amablemente a retirarnos…
— A usted, que todavía le debe
explicaciones a lo que se ve… abríguese, mire que refrescó…
— Me da no se qué dejarlo solo
con sus recuerdos, no quiere caminar un rato por Corrientes? Ya dejó de llover.
— Y quién le dijo que me quedo
sólo? Y si le digo que el Gordo Soriano está por llegar en cualquier momento? Y
le advierto que tenemos asuntos importantes que atender, asi que…
— Así que fue un gusto, Viñas,
o mucho más que eso, ¿le molesta si publico esta entrevista?
— Inténtelo, pero dudo que
alguien crea que todo esto haya ocurrido, empezando por usted mismo… cuando
ponga un pié en la calle, o doblando la primera esquina, empezará a convencerse
de que fue lo contrario de un milagro, y lo más parecido a una mentira.
Y retoma su rictus de
desplegar el diario y olvidarse del mundo. Sin embargo, al mundo le costará
olvidarlo. Así lo veo por última vez, antes que el mozo despache a los últimos
clientes y la luz se apague sobre la mesa donde Viñas, el implacable cazador de
traiciones, me despida desde la mentira que armamos en un barcito covacha, la
mejor que me tocó en suerte...
