Valor sentimental, cine de alto vuelto
Por
Luis Saez
Cuando leí el apellido del Director de la peli que intentaré comentar para ustedes (Trier, Joachim), no pude menos que relacionarlo con otro grande del Cine, el enorme Lars Von Trier, nombre cuya sola mención me exime de presentaciones. Reforzó mi presunción el hecho de que el protagonista de esta obra maestra es nada menos que Stellan Skarsgård, actor fetiche de Lars. Por si lo ya expuesto fuera poco, y a poco de comenzar a transitar esta historia, no pude menos que relacionar la estética y los mundos de Joachim con los de Lars. Hay entre ellos coincidencias temáticas y estéticas por lo menos destacables:
Temáticas/ recursos
Ambos
trabajan, cada uno desde sus propias miradas y sistemas narrativos, temas
nucleares de este tiempo, como la fragilidad psíquica, la culpa, el
deseo como campo de batalla, y la problemática de la mujer en crisis
existencial, temas abordados desde similitudes estéticas como la
Intensidad emocional: Ninguno filma en
piloto automático.
Geográficas: Las pelis de uno y otro
conviven con Europa como escenario mental y emotivo,
Vocación por el conflicto interior: introspección, angustia, crisis de sentido y
la consecuente
Ruptura del confort narrativo, a través de una mas o menos implicita voluntad por no complacer al espectador.
No todo es coincidencia
Sin embargo, también existen diferencias
significativas entre la obra de cada uno.
Lars se destaca como provocador sistemático,
aficionado al escándalo y al experimento formal extremo, singularidad que lleva
a sus películas al ejercicio, a menudo impune, de la crueldad con los
personajes, y con el propio espectador. Como consecuencia, algunos críticos no
han dudado en calificarlo de teólogo perverso: cultor de la culpa, el castigo
y el sacrificio.
El cine de Joachim, en cambio, es más íntimo
y más melancólico que provocador, melancolía que se juega a menudo en historias
de jóvenes —y no tan jóvenes— en crisis, o en busca de sentido al misterio de
existir. En síntesis, que si tuviéramos que compararlo con Lars, priva en
Joachim una mirada tierna y piadosa, incluso (o especialmente) en
aquello que más duele.
Por último, Joachim es
Noruego, y Lars, Danés. Países nórdicos de significativas filiaciones y raíces en
común, que van mucho mas allá de lo geográfico, también por ese lado no pude
menos que vincular a Joachim con Lars. Coincidencias que llegan incluso a lo
físico: Joachim recuerda en mucho a un Lars joven y refinado, con unas
diferencias en edad que hacen pensar en una posible relación filial.
Pero como le gusta
decir a un amigo, que hace humor con todo lo que tiene a mano, los “nórdicos
son todos parecidos”.
Y sin embargo, Joachim
y Lars no están unidos por ningun lazo familiar. Simplemente, y tanto en
diferencias como en coincidencias, los emparenta un especial talento para
consumar historias estremecedoras con recursos técnicos y poéticos de alto
impacto (Lars) asi como también con original y sensible mirada poética (Joachim).
Valor sentimental
En la
maravillosa peli de Joachim que motiva esta humilde crónica, podemos arriesgar que
el director ha construido un drama coral sin redundancias gratuitas. Las
actuaciones son un motor narrativo —especialmente la (magistral!) del ya
mencionado Stellan Skarsgård como Gustav, que personifica esta vez a un
cineasta en crisis— cuyo ambivalente equilibrio entre ego y ternura sostiene la
película, desde un trabajo muy rico en matices que descubren de a poco una
personalidad atravesada por profundas y desgarradoras —y tal vez por eso, humanas—
contradicciones.
La actriz
protagonista, Renate Reinsve (maravillosa!) , en la ficción, hija de
Gustav, retoma cierto territorio ya explorado en la peli anterior de Joachim (La
peor persona del mundo, otra joya que puede verse por Prime video) aquí
con mayor gravedad y complejidad emocional: hay una mujer que siente más
de lo que puede decir. Y que transita la historia padeciendo las
consecuencias de un pasado que se clausura con la muerte de su madre, ex mujer
de Gustav, de una manera dura y traumática: las dos hijas (Inga Ibsdotter
Lilleas, la otra hija de Gustav, también en destacable composición,
encarnando a una criatura condenada al rol de equilibrada y sensata) procuran
por todos los medios humanizar a este padre que aprovecha la muerte de su ex
mujer para disponer la filmación de una nueva película, a rodarse en la casa
donde vivió con ella y con sus hijas antes de exiliarse en Suecia, donde
construyó otra vida, plena de reconocimiento profesional pero también de una
soledad que sus éxitos apenas han conseguido mitigar.
El duelo y la memoria como
hogar
La casa
familiar, presentada por la original mirada de Joachim casi como un personaje
más, funciona como metáfora de la memoria que habita a sus protagonistas: a
veces cálida y acogedora, a veces agrietada por los momentos dramáticos que
atesora entre pisos y paredes. Trier la usa no solo como escenario, sino como
clave simbólica para entender por qué uno ama, huye o vuelve a lo que duele.
En tal
sentido, y a diferencia de otras películas en este estilo, que resuelven el
trauma con catarsis melodramática, Valor sentimental es rica en matices,
en delicadezas, y en sutilezas que evitan recursos como la obviedad, el golpe
bajo y sobre todo, el remanido recurso de lo políticamente correcto. Muy por el
contrario, esta película nos acerca y aleja de los personajes con una especie
de medido y piadoso pudor, haciendo pensar y sentir en una meditación sobre por
qué esos seres—y por extensión, nosotros mismos— somos lo que somos,
pero también lo que no pudimos llegar a ser: no solo por lo que vivimos,
sino por lo que heredamos, y por lo que aprendimos a no mirar.
Especial
mención merece el uso del recurso de la ficción dentro de la ficción: desde el
guión que Gustav escribió —y termina filmando— para hacerse perdonar por sus
hijas, hasta el final de alto impacto que no spoileraremos pero que
ubica a espectadores y a personajes en una misma zona de hibridación entre realidad y ficción; el
relato evidencia un magistral y profundo conocimiento del lenguaje
cinematográfico en el uso de este recurso riesgoso por el uso intensivo y no
siempre feliz que otros cinesatas han hecho de él.
En cuanto
a rasgos de estilo, nos permitimos arriesgar que, desde su originalidad, el
cine de Joachim Trier parece rendir homenaje a algunos Maestros que lo
preceden, y parecen marcarle el camino. Desde el citado ejemplo de Lars —tempo
narrativo, pausado y ágil a un tiempo— pasando por ciertas zonas del cine
de Woody Allen —escenas de carga dramática con música de jazz de fondo— hasta
la inevitable filiación con el Gran Maestro Nórdico de todos los tiempos, el
gran Ingmar Bergman, por ejemplo en la configuración de una estética visual que
privilegia una especie de tensión entre interiores como escenarios-laboratorios
dramáticos y paisajes abiertos de belleza visual que parece operar un poco a
modo de marco abismal.
Conclusión: una crítica en
tensión
Valor sentimental es, por todo lo expuesto, una película que siente más de lo que
explica (y eso el espectador y la espectadora lo agradecen, vaya si lo
agradecen)
No es una
película “catártica” en el sentido clásico —no viene a ofrecernos respuestas
consoladoras— sino un espejo: uno termina preguntándose por las propias
decisiones, arrepentimientos y silencios.
Su
riqueza radica, posiblemente, en la textura de lo no dicho, en la precisión
íntima de sus personajes, en una dirección que sabe cuándo acariciar y
cuándo dejar respirar al dolor, y en un tratamiento poético de lenguaje
audaz, original y de altísimo vuelo.
Tal vez
por eso fue
aclamada y reconocida en numerosos
festivales (incluyendo el Grand Prix en Cannes), y nominada a nueve
Premios Óscar 2026, entre ellos a Mejor Película Internacional, lo
que atestigua la recepción crítica, y su resonancia emocional profunda. A no
perdérsela, está disponible en Mubi.
LS
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