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Teatro: LA SEGUNDA MUERTE DE JUAN MOREIRA

  Dramaturgia y dirección: Raúl Brambilla


La segunda Muerte de Juan Moreira,

 de Raúl Brambilla:

Cruces entre el circo criollo y el grotesco

Autor-editor: Luis Saez

 

La obra La segunda muerte de Juan Moreira (escrita y dirigida por el dramaturgo argentino Raúl Brambilla) es una pieza teatral contemporánea que dialoga profundamente con las raíces del teatro nacional.

A través de la intertextualidad con la literatura gauchesca y la tradición del circo criollo, pero también con distintas variantes de nuestro grotesco,  Brambilla recrea el mundo de un grupo de cómicos ambulantes de la década de 1930, librados a su suerte en la llanura pampeana, para reflexionar, con humor y tono crítico, sobre la identidad del teatro popular, metaforizando asimismo con cierta parte de historia social argentina, convenientemente oculta bajo la alfombra de lo políticamente correcto. La puesta en escena incorpora recursos meta-teatrales —como el teatro dentro del teatro— en un juego de audiencias reales y ficticias que posiblemente generen sus momentos de mayor comicidad e intensidad dramática. Asimismo, y tal lo ya anticipado, la obra evidencia influencias del grotesco criollo clásico y del grotesco argentino de los años 70, inscribiéndose en una línea de teatro tragicómico nacional. En este estudio, exploraremos los múltiples vínculos de La segunda muerte de Juan Moreira con la novela Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez y su legendaria adaptación circense, el rescate del espíritu del circo criollo y los cómicos errantes, los mecanismos meta-teatrales empleados, las huellas del grotesco en sus diversas etapas, y finalmente ofreceremos una reflexión sobre cómo podría haber sido la evolución del teatro argentino de no haberse desvinculado de la carpa circense. También se incluye una reseña de la trayectoria de Raúl Brambilla, el dramaturgo detrás de esta “comedia criolla” moderna, para contextualizar su aporte artístico.

1. Juan Moreira: del folletín gauchesco al circo criollo

El punto de partida intertextual de la obra de Brambilla es Juan Moreira, célebre personaje de la literatura gauchesca argentina. Eduardo Gutiérrez publicó Juan Moreira como folletín (novela por entregas) en 1879, construyendo la épica historia de un gaucho perseguido que se rebela contra las injusticias del poder. El éxito popular del relato fue tal que pronto trascendió el papel: ya en 1884 Gutiérrez adaptó Juan Moreira para ser representado como pantomima en el circo, y en 1886 los Hermanos Podestá (pioneros del teatro rioplatense) montaron la primera versión teatral hablada de la obra en la arena de un circo​. Aquel estreno marcó un hito del llamado circo criollo, combinando espectáculo circense con un drama gauchesco de fuerte arraigo popular. La figura de Juan Moreira se convirtió así en un mito vivo: se cuenta que hacia fines del siglo XIX el público vitoreaba tanto al personaje que incluso hubo disturbios y detenciones de gente por “hacerse el Moreira” (imitar al héroe gaucho) en las calles​. La segunda muerte de Juan Moreira retoma directamente este legado: dentro de la ficción de Brambilla, la única obra que representan los cómicos protagonistas es precisamente Juan Moreira, lo que establece un puente claro entre la tradición fundacional del teatro nacional y las nuevas propuestas. La dramaturgia de Brambilla reproduce fragmentos y escenas de la historia del gaucho matrero en su puesta en abismo (obra dentro de la obra), rindiendo homenaje a la creación de Gutiérrez y a la mítica versión teatral de Podestá. De este modo, la épica gauchesca original –la lucha individual del gaucho contra la opresión– se tiñe aquí de humor y nostalgia, filtrada por el recuerdo colectivo de aquel fenómeno teatral fundacional​. Al mismo tiempo, Brambilla contextualiza históricamente su obra unos años después del apogeo de Juan Moreira: la acción de La segunda muerte... transcurre en 1930, un período de cambios políticos y culturales en Argentina, que han dejado una huella sombría, tristemente recordada como la década infame. Esto permite mostrar cómo la leyenda de Moreira seguirá viva en el imaginario popular aún después de los avatares políticos de años posteriores, caracterizados por constantes irrupciones militares en el poder, estableciendo consecutivos gobiernos de facto, o desplazando, incluso de manera sangrienta, a gobiernos elegidos democráticamente.

2. Cómicos errantes y rescate del espíritu del circo criollo

Brambilla sitúa a sus protagonistas dentro de la estirpe de los cómicos errantes del circo criollo, es decir, aquellos actores populares itinerantes que llevaban el teatro a los pueblos en las carpas de circo a principios del siglo XX. En La segunda muerte..., una pobrísima compañía de actores es expulsada del circo al que pertenecía y queda literalmente en la calle —es decir, y para ser mas precisos, en medio de La Pampa— debiendo continuar como grupo independiente, pero en la necesidad de atender necesidades más perentorias, como por ejemplo, comer​. Estas premisas argumentales reflejan un hecho histórico: hacia los años 1920-1930, las compañías criollas de circo-teatro comenzaron a verse desplazadas por la irrupción de circos extranjeros de estilo europeo (que priorizaban acrobacias, clown y otros números, pero sin incluir obras teatrales)​. Como explica el propio Brambilla, “la llegada de los circos extranjeros, que tenían otras atracciones, hizo que los circos locales quitaran las representaciones teatrales”, provocando la pérdida de un ritual artístico singular​. Muchos artistas nacionales de circo que ya no podían realizar destrezas físicas (por edad u otros motivos) pasaron a integrar el elenco de la “segunda parte” de los circos criollos –es decir, la parte teatral de temática gauchesca que cerraba el show circense​. Con la supresión de esa segunda parte, estos actores quedaron marginados, convertidos en troperos ambulantes que debían buscar nuevos escenarios. La obra de Brambilla rescata el espíritu teatral popular de aquel circo criollo, tanto en su estética como en su contenido. Los personajes de La segunda muerte... encarnan a esa troupe de comediantes trashumantes: ex malabaristas, payasos veteranos y actores de variedades venidos a menos, unidos por la necesidad de sobrevivir haciendo teatro donde sea. En la ficción, tras ser echados de la carpa (a fines de 1930, días antes del golpe de Uriburu), se suben a un camioncito destartalado y comienzan una gira precaria por pueblos de la provincia de Buenos Aires​. Llevan consigo solo su obra Juan Moreira y su ingenio. Esta situación argumental permite a Brambilla mostrar con cariño y comicidad el mundo del teatro itinerante criollo: las penurias económicas, el ingenio para montar un espectáculo con pocos recursos, la convivencia forzada en el grupo y las tensiones internas de la compañía. Por ejemplo, la obra menciona que atravesarán “situaciones y controversias internas”, boicoteados por la Iglesia local y saboteados también por su propia impericia​. Esto se traduce en escena en discusiones disparatadas entre los integrantes sobre cómo seguir adelante, quién lidera, qué repertorio hacer, etc. Cada integrante representa un arquetipo reconocible de esa pequeña sociedad ambulante: “el arribista que vive de los demás, el purista que no quiere abandonar los orígenes, el que no quiere resignarse, el que se asume como líder y el más joven que termina contando la historia en un futuro incierto”, enumera el autor-director​. Vemos así reflejada una mini comunidad artística tratando de sobrevivir en medio de cambios adversos.

La nostalgia por aquel teatro popular perdido impregna la obra, pero Brambilla no la aborda con tono solemne sino desde la comedia criolla. Predomina un humor criollo, no excento de ácida ironía, y un orgulloso sentido nacional –como señaló un crítico– que sumerge al espectador en un torbellino de risas, música y asombro​. No faltan elementos típicos de la farándula criolla: la pieza comienza incluso con un pequeño show de malabares acompañado por el sonido de una armónica, recreando la atmósfera de circo desde el primer momento​. A partir de ahí, se desencadena una sucesión de peripecias donde estos comediantes harán lo posible por atraer al público del pueblo y ganarse el pan “a la gorra”. La obra explicita que los actores “ya no saben qué hacer” y “todo es sinónimo de conflicto” dentro de la compañía​, pero aun así “no pierden las esperanzas” de montar un nuevo espectáculo que les permita subsistir​. En este punto se pone en valor el espíritu resiliente del artista popular: la creatividad como herramienta para sobreponerse a la adversidad. Brambilla retrata con afecto —incluso con piadoso afecto— la dignidad de esos cómicos errantes que, pese a ser desplazados por las modas foráneas, siguen llevando teatro al pueblo. En palabras de un comentario sobre la obra, “no ponen en duda su entrega total a la obra y a sus personajes”​. La pieza en sí, al darles protagonismo, opera como una reivindicación de aquellos actores anónimos que mantuvieron vivo el teatro criollo fuera de los grandes teatros de la ciudad.

3. Teatro dentro del teatro: meta-teatralidad humorística y dramática

 

Uno de los rasgos más interesantes de La segunda muerte de Juan Moreira es su dispositivo de teatro dentro del teatro. La obra nos muestra en escenas clave a los personajes ensayando, discutiendo o representando escenas de la obra Juan Moreira frente a un público ficticio (el público del pueblo en la historia), mientras que nosotros, como público real en la sala, observamos toda la trastienda. Esta doble capa genera una constante meta–representación: vemos la obra (gauchesca) dentro de la obra, con los actores alternando entre su papel “real” (como personajes de la compañía) y los papeles de Juan Moreira y otros personajes del drama gauchesco cuando están actuando.

Brambilla explota este recurso con fines tanto cómicos como críticos. Por ejemplo, en escena a veces los cómicos actúan de espaldas a la platea real, porque están de cara al público imaginario de la carpa​. Es decir, montan su pequeño tablado orientado hacia el fondo del escenario, simulando que allí estuviese la audiencia pueblerina, y nosotros como espectadores vemos la representación “desde detrás”. Esta curiosa disposición, documentada como parte de la puesta en Teatro del Pueblo, recrea cómo en los circos criollos originales la parte teatral se hacía en un espacio lateral de la carpa, separado de la pista central​. El efecto buscado es sumergir al público actual en la ilusión de presenciar una función circense antigua, rompiendo la frontalidad típica del teatro a la italiana. Pero, además, ofrece un ángulo cómico: al ver a los actores por detrás, somos testigos privilegiados de sus gestos privados, sus equivocaciones o susurros fuera de personaje, generando situaciones hilarantes que solo el público real advierte (mientras que el público ficticio “dentro” de la obra no). Este “detrás de escena” permanente provoca una complicidad humorística con la audiencia: nos reímos al ver las costuras del espectáculo, los esfuerzos y torpezas de los cómicos para mantener la función.

La meta-teatralidad también se manifiesta en las ocurrencias disparatadas que los personajes proponen para cambiar de repertorio. Ante la censura y el boicot que sufren (ver más abajo), los actores debaten en clave cómica qué otra obra podrían elegir para complacer a las autoridades: se sugieren desde vodeviles hasta tragedias sacras, en un encadenamiento de propuestas cada vez más absurdas​. En esas discusiones el espectador reconoce al vuelo referencias a otros géneros y obras clásicas, lo que agrega un nivel paródico. Raúl Brambilla subraya que “en la obra hay un juego sobre los géneros teatrales”, ubicándola “a medio camino entre el sainete (con su ingenuidad) y los aspectos trágicos del grotesco”​. Este juego genérico se refleja precisamente en esas mini-escenas: pasan de la farsa picaresca al melodrama religioso en segundos, con tono exagerado. La presencia simultánea de un público diegético (dentro de la ficción) y otro extradiegético (nosotros) permite así doblar el efecto humorístico, ya que las situaciones tienen un significado para los personajes y otro distinto (muchas veces irónico) para quienes observamos desde afuera.

Sin embargo, este recurso no solo sirve para la comedia, sino que añade también profundidad dramática y reflexiva. La constante referencia la acción de actuar y a la relación con el público lleva a una meta reflexión sobre la función del teatro mismo. Los personajes de Brambilla, pese a sus chistes y torpezas, hablan con seriedad de la importancia de “representar historias” aun en las peores circunstancias​. Hay en ellos una defensa del valor del teatro popular: “toda historia puede y merece ser contada, por estos actores que en ningún momento dudan de su entrega”, señala el narrador en la obra​. Asimismo, la convivencia de un público real y uno ficticio permite al autor lanzar comentarios críticos velados: ciertas líneas que los actores pronuncian “hacia adentro” (para sus compañeros o para convencer al público interno) resuenan en realidad como guiños hacia el espectador real, alusiones al contexto político opresivo o a la atemporal situación del artista censurado. Un ejemplo claro es la figura del comisario (y el cabo) que integran la audiencia ficticia: representan a la autoridad del pueblo que supervisa y regula lo que la compañía puede o no representar. En la obra, los militares y policías están “por doquier” y “no dejarán representar aquello que no se corresponda con sus intereses”, según se explica​. Esto introduce una tensión dramática genuina: los cómicos deben ocultar sus ensayos y autocensurarse, temiendo repercusiones si muestran en escena algo “inconveniente” (como la historia rebelde de Moreira)​. Esta situación ficticia refleja las reales prácticas de censura política en distintos momentos de la historia (de hecho, 1930 inaugura una época de gobiernos militares que perseguían ciertas expresiones culturales, insistimos, no en vano época bautizada como Década infame). El clímax meta-teatral ocurre cuando el comisario irrumpe en la obra dentro de la obra creyéndola realidad, lo que convierte el desenlace en una especie de tragedia grotesca: la confusión entre ficción y vida desemboca en violencia real sobre las tablas​. El público externo presencia así un desenlace doble –el de la historia de Moreira y el de la propia compañía– que resulta tan cómico por su absurdo como conmovedor y crítico por lo que simboliza.

En síntesis, La segunda muerte de Juan Moreira utiliza el teatro en el teatro para ofrecer espectáculo y a la vez comentario. Por un lado, recrea la magia del circo-teatro antiguo (haciendo que el público actual “asista” a esa función gauchesca en un pueblito), y por otro lado evidencia las dificultades y el significado profundo de hacer teatro popular bajo presión. Esta estrategia brinda un valor añadido experiencial al espectador moderno, quien ríe de las meta-caricaturas de la vida teatral, pero al mismo tiempo es invitado a reflexionar sobre la libertad creativa, la censura y la vigencia de los héroes populares. La interacción entre un público real y otro ficticio en la sala crea un juego de espejos que enriquece la obra en múltiples niveles.

4. Influencias del grotesco criollo y del grotesco argentino de los ’70

El grotesco como género teatral está presente en La segunda muerte de Juan Moreira tanto en su tono como en su concepción estética. Brambilla mismo define la pieza como situada entre el sainete ingenuo y el grotesco trágico​, lo cual deja entrever las influencias de distintas etapas del teatro nacional. Por un lado, se advierte la herencia del grotesco criollo clásico (años 1920-30, en plena época criolla), cuyo principal exponente fue Armando Discépolo, y por otro, los ecos del llamado nuevo grotesco o grotesco “negro” de las décadas de 1960-70, representado por dramaturgos como Roberto Cossa, Óscar Viale, Carlos Gorostiza, Ricardo Talesnik, entre otros.

La vertiente del grotesco criollo se manifiesta en la obra de Brambilla en la representación tragicómica de personajes marginales y situaciones desesperadas abordadas con humor. El grotesco criollo surgió precisamente al fusionar la comicidad costumbrista del sainete con una mirada más amarga y crítica de la realidad social de los inmigrantes y sectores bajos en Buenos Aires. Armando Discépolo inauguró el género con piezas como Mateo (1923) y Stéfano (1928), en las cuales mostraba familias de conventillo enfrentando la miseria y el desencanto, entre risas y lágrimas. Un elemento típico era el contraste entre la aspiración o dignidad de los personajes y la crudeza de sus circunstancias, generando una mezcla de risa y dolor que caracteriza lo grotesco​. En La segunda muerte..., aunque los personajes son gauchescos y no inmigrantes, comparten esa condición de desventurados que siguen adelante a pesar de la adversidad. La compañía de actores varada en la pampa, pobre hasta lo ridículo pero aferrada a su orgullo artístico, recuerda a los protagonistas del grotesco criollo de Discépolo que sostenían su dignidad ilusoria aun cuando todo se derrumbaba a su alrededor. Las discusiones acaloradas, las miserias expuestas y la comicidad en medio de la desgracia son guiños claros a ese legado. De hecho, la situación de fracaso inminente del grupo (sin público, sin dinero, en un contexto hostil) podría ser totalmente trágica, pero la obra la aborda con humor, logrando así ese tono agridulce propio del grotesco. No es casual que se representen personajes estereotipados (el viejo aferrado al pasado, el buscavidas, el idealista soñador) que remiten a máscaras clásicas del sainete criollo y que luego son profundizadas con aristas trágicas, técnica cara al grotesco criollo​. También el uso del lenguaje mezcla registros populares, deformaciones y lunfardo –como menciona Brambilla, “giros, modismos y algunos neologismos disparatados” en el habla de la troupe​–, recurso muy afín al grotesco criollo donde conviven lo culto y lo vulgar en boca de los personajes. Podemos inferir influencia de autores como Francisco Defilippis Novoa (autor de He visto a Dios, 1930) o Alberto Novión (Don Chicho, 1925), quienes junto a Discépolo exploraron esa transición del sainete hacia el grotesco, mostrando costumbres pintorescas que de pronto revelan un trasfondo crudo. En la obra de Brambilla, la farsa gauchesca inicial va dando paso a un conflicto más oscuro (la persecución del comisario, la censura, el miedo real a morir en escena), emparentándose con ese grotesco criollo histórico que desenmascaraba la tragedia oculta tras la risa​ Por otro lado, La segunda muerte de Juan Moreira dialoga también con el grotesco argentino de los años ’60 y ’70, a veces denominado nuevo grotesco. Durante esa época, varios dramaturgos retomaron las claves del grotesco criollo para retratar la sociedad contemporánea con humor negro, incorporando incluso la crítica política y la sátira mordaz. La pregunta que subyace en la obra de Brambilla —¿cómo reaccionan los artistas populares ante la censura y la represión?— es muy afín a las preocupaciones de los autores de aquellas décadas turbulentas (marcadas por dictaduras, censura y cambios sociales). Es posible encontrar resonancias de obras emblemáticas de ese período: por ejemplo, La Nona (1977) de Roberto Cossa, una comedia negra donde una abuela insaciable encarna la destrucción del núcleo familiar, combinaba risa y horror de forma grotesca; El gran deschave (1975) de Oscar Viale, o sus sainetes televisivos como El grito pelado, exhibían las miserias ocultas de la clase media con acidez humorística; La fiaca (1967) de Ricardo Talesnik tomó una premisa cómica trivial (un hombre que decide no ir a trabajar) para volverse crítica social; Los prójimos (1966) de Carlos Gorostiza mostraba la indiferencia social ante el sufrimiento ajeno mediante situaciones tan absurdas como inquietantes. Estas y otras obras integraron un corpus de grotescos modernos que actualizaban el legado discepoliano. De hecho, la historiografía teatral ubica al nuevo grotesco junto al nuevo realismo social y el teatro de vanguardia como vertientes de la escena de los 60s​. Se suele citar como ejemplos paradigmáticos La fiaca de Talesnik, La valija de Julio Mauricio, El acompañamiento de Carlos Gorostiza, Encantada de conocerlo de Oscar Viale o La Nona de Cossa, entre otros​. En La segunda muerte... podemos ver huellas de este grotesco más negro en la mordacidad con que se retratan las instituciones (la Iglesia y la policía son pintadas casi caricaturescamente como fuerzas opresoras y retrógradas), en el humor absurdo de algunas escenas (las propuestas descabelladas de nuevas obras, por ejemplo, tienen un tono casi de sketch satírico, reminiscentes del cafè-concert o del teatro de Osvaldo Dragún) y en el final donde la violencia irrumpe quebrando la comedia. La obra combina así la ingenuidad campechana del circo criollo con destellos de una crítica social amarga, logrando un balance muy propio. Brambilla logra “un grotesco que deja al desnudo costumbres y mandatos pueblerinos”, en palabras de un crítico​, señalando con humor las hipocresías de la sociedad chica (el cura censor, el poder militar, etc.) a la vez que provoca empatía por esos artistas marginados. De esta manera, la pieza se inscribe en la tradición grotesca argentina en sentido amplio: hace reír al tiempo que exhibe una realidad dura, provoca la reflexión y la risa en un mismo movimiento.

En suma, Discépolo, Defilippis Novoa y Novión pueden sentirse en la carne de los personajes entrañables y patéticos de la obra, mientras que Cossa, Viale, Gorostiza, Talesnik y contemporáneos se intuyen en la ironía crítica que sobrevuela la fábula. Brambilla, heredero de ambos legados, consiguió “manejar con cuidado procedimientos expresivos de antaño” (como la estética gaucha teatral, casi arcaica en 2023) para que “la figura del criollo rebelde de la tradición popular desafíe a la autoridad una y otra vez”, concluyendo en la mencionada paradoja de Moreira muerto nuevamente en escena​. El resultado es una comedia criolla grotesca o “grotesco criollo en clave de siglo XXI”, que revaloriza esos géneros del pasado no como piezas de museo, sino como herramientas vivas para contar (y recontar) la identidad argentina.

5. Reflexión final: ¿otro camino para el teatro argentino?

Una pregunta sugerente que plantea La segunda muerte de Juan Moreira es qué habría pasado si el teatro argentino no se hubiera separado nunca del ámbito del circo popular. Brambilla nos invita a imaginar un camino alternativo de nuestra historia teatral: ese en el cual la carpa circense hubiese seguido siendo casa del drama criollo más allá de las primeras décadas del siglo XX. ¿Habría sido distinto el público del teatro? ¿Habría tenido otra identidad nuestra escena nacional?

Es tentador pensar que sí. El fin de la era del circo criollo hacia 1930 significó que el teatro popular perdió un vehículo masivo de llegada a los rincones del país. Si las obras gauchescas, los sainetes y luego los grotescos hubieran continuado presentándose bajo la lona, quizás el teatro hubiera mantenido un público más amplio y heterogéneo, incluyendo a las clases populares rurales, peones, criollos de pueblo que tal vez no frecuentaban los teatros formales de la ciudad. El teatro argentino, en cambio, tras la desaparición del circo-teatro, se desarrolló mayormente en salas comerciales e independientes de las urbes (Buenos Aires principalmente), con un público más reducido o de círculos intelectuales y urbanos. Cabe especular que, de haber seguido la tradición del circo criollo, el teatro gauchesco podría haberse transformado en un género permanente, evolucionando con el gusto popular sin perder su arraigo folclórico. Tal vez habrían coexistido por más tiempo dramaturgias regionales, incorporando historias locales, mitos rurales, etc., evitando en parte la europeización o elitización temprana de muchas propuestas escénicas.

Por otro lado, el propio lenguaje teatral podría haber sido distinto. El ritual de la carpa generaba una relación actor-público especial, más directa y festiva, donde la cuarta pared muchas veces se rompía con la interacción espontánea del público de circo. Esa característica se perdió en gran medida al migrar el teatro exclusivamente a salas a la italiana. Si no se hubiese perdido, quizás el teatro argentino habría desarrollado un estilo más participativo o coral, menos “ceremonioso” que el heredado de la tradición europea. ¿Habría surgido un Bertolt Brecht argentino desde la pista de un circo? ¿O un nuevo género híbrido de acrobacia teatral y drama costumbrista? Son elucubraciones, por supuesto, pero que invitan a valorar la importancia que tuvo aquel cruce entre circo y teatro en nuestras raíces.

También es posible que, de no mediar la ruptura, el panteón de héroes populares como Juan Moreira, Santos Vega, Martín Fierro, etc., hubiera seguido representándose regularmente, reforzando su presencia en la cultura de masas. La ausencia de estos relatos en el teatro comercial durante mucho tiempo quizás debilitó su vigencia, quedando relegados a la literatura o a versiones cinematográficas esporádicas. Si el circo criollo hubiese continuado, el teatro argentino podría haber mantenido un perfil más autóctono, con sus propios mitos en escena conviviendo con las obras modernas.

No obstante, hay que considerar que otros medios populares, como el cine y luego la televisión, ocuparon parte del espacio que dejó el circo criollo. Aun si el teatro hubiese seguido en las carpas, posiblemente la aparición del cine sonoro en los años '30 y luego la TV en los '50 habría traído igualmente un declive en la asistencia a ese teatro popular itinerante. Es decir, la pregunta admite matices: quizás el destino del circo-teatro ya estaba sellado por la modernización del entretenimiento. Sin embargo, obras como la de Brambilla son valiosas porque rescatan el “¿qué hubiera pasado si...?” y encienden la imaginación sobre las posibilidades truncas. La segunda muerte de Juan Moreira cierra justamente con un narrador (el joven “El Payo”, ya anciano en la ficción) contando la historia a posteriori​, como quien transmite una leyenda antigua y se pregunta qué quedó de todo aquello. Esa narración en futuro incierto nos deja pensando en las vidas posibles del teatro criollo: por un lado, su legado real que pervive en ciertas obras y en la memoria (como esta misma puesta en Teatro del Pueblo), y por otro, el camino hipotético que no fue. Brambilla no responde directamente si hubiese sido mejor o peor, pero su obra claramente celebra aquel teatro popular, sugiriendo que algo muy valioso se perdió cuando se apagaron las luces de la pista. Así, nos invita a apreciar cuánto del ** ADN del teatro argentino** nació allí y a reconocer que la identidad teatral pudo haber tomado rumbos distintos si las condiciones históricas no la hubieran apartado de su público original. La reflexión final queda abierta, pero con un tono de homenaje implícito: el circo criollo fue cuna de nuestro teatro, y siempre será válido soñar con un presente donde esa conexión popular no se hubiese roto.

6. Raúl Brambilla: vida y trayectoria artística

Raúl Brambilla (nacido en la provincia de Córdoba, 1952) es un dramaturgo, director teatral, actor y docente argentino, cuya obra se caracteriza por un constante diálogo con el pasado y las tradiciones culturales del país. Él mismo ha señalado: “Todas mis obras tienen un filtro con el pasado: esto les da, a mi gusto, una dimensión estética interesante”​. Brambilla comenzó su carrera artística en Córdoba, inicialmente atraído por el cine –escribió guiones en su juventud–, pero ante las dificultades para filmar en los años 70, volcó su creatividad a la dramaturgia y al teatro en vivo​. Integró durante la transición democrática la efervescente movida teatral cordobesa de los ’80, estrenando obras de montaje ambicioso como Transilvania y los fantasmas de la guerra (drama histórico ambientado en 1914-18) y El gran Ferrucci (de temática sesentista), entre otras​. Su producción abarca una variedad de tonos y temáticas, pero siempre con ese común denominador: un pie en la historia argentina o en la memoria personal/social, desde donde reinterpretar el presente.

Brambilla se trasladó luego a Buenos Aires, donde continuó desarrollando su doble perfil de autor y director. Formó parte de la Fundación Carlos Somigliana (entidad dedicada al desarrollo del teatro nacional) y es miembro de la junta directiva de Argentores (Sociedad General de Autores de la Argentina), lo que habla de su compromiso con el quehacer teatral del país​. También ejerció un rol institucional de relevancia al ser Director Ejecutivo del Instituto Nacional del Teatro (INT) entre 2004 y 2012, organismo público encargado de fomentar el teatro en todo el territorio argentino​. Desde ese cargo impulsó políticas de apoyo a las salas independientes y festivales, y su gestión es recordada por buscar descentralizar la actividad escénica.

Como dramaturgo, entre sus obras originales se destacan, además de La segunda muerte de Juan Moreira (estrenada en 2023), títulos como Fuera del mundo (2019, pieza sobre un amor imposible en tiempos del peronismo​), Despedida en París (un drama intimista), El corazón en una jaula, Transilvania y los fantasmas de la guerra (mencionada, de corte histórico), entre otras. En todas ellas suele entrelazar contextos históricos o referencias de época con tramas humanas universales, logrando montajes emotivos y reflexivos a la vez. Brambilla ha recibido elogios de la crítica por su habilidad para transmitir emociones auténticas y crear “experiencias teatrales inolvidables”​. Su estilo puede transitar desde la comedia costumbrista hasta el drama poético, mostrando una pluma versátil pero siempre reconocible en su profundidad.

Paralelamente, Brambilla ha dirigido numerosas obras del repertorio clásico argentino y universal, demostrando su solvencia también como hombre de teatro integral. Ha montado versiones de clásicos nacionales como Juan Moreira (la obra gauchesca original, dirigida por él en una puesta previa a escribir La segunda muerte...), Jettatore (farsa criolla de Gregorio de Laferrere), En familia (drama de Florencio Sánchez), así como adaptaciones de piezas extranjeras (El armiño, versión de L’Hermine de Serge Valletti, Un curioso accidente de Goldoni, etc.)​. Esta labor como director de obras de distintos géneros y épocas enriqueció su visión escénica y su conocimiento de la tradición teatral, algo que evidentemente nutre su propia dramaturgia. En La segunda muerte de Juan Moreira, por ejemplo, es patente su amor por el teatro criollo y su entendimiento profundo de los códigos del sainete y el circo, seguramente informados por años de estudio y práctica de esos repertorios (no por nada, dirigió Juan Moreira en formato clásico antes de reinventarlo en esta nueva obra).

Brambilla también ha incursionado en la formación actoral y la docencia teatral, compartiendo su experiencia con nuevas generaciones. Su aporte ha sido reconocido en el ambiente cultural: ha ganado premios y reconocimientos en festivales nacionales (por ejemplo, su obra Fuera del mundo obtuvo elogios en el Teatro del Pueblo y fue destacada por su originalidad). Como parte de Argentores, colabora en la preservación y difusión del patrimonio teatral argentino. En entrevistas recientes, afirmó sentirse motivado por hurgar en la memoria y traer al presente elementos del pasado olvidado: *“viendo de chico a esos artistas [del circo en gira] me asusté por primera vez en un teatro”, recuerda Brambilla hablando del origen de La segunda muerte..., en alusión a los gauchos duelistas de radioteatro que presenció en su infancia en la pampa gringa​. Esa anécdota personal evidencia cómo su biografía se entrelaza con su obra: de niño espectador de aquellos últimos circos criollos itinerantes en los 60, a adulto creador que los revive sobre el escenario en el siglo XXI.

En suma, Raúl Brambilla es un teatrero completo cuya trayectoria amalgama investigación histórica, sensibilidad social y oficio escénico. La segunda muerte de Juan Moreira quizás sea, hasta ahora, la culminación natural de sus intereses: un teatro que mira hacia atrás (a 1880, a 1930) para hablar del presente, que combina risa y reflexión, y que apuesta por contar historias argentinas con vuelo propio. Su labor contribuye a mantener vivo el lazo entre la escena actual y la rica tradición del teatro nacional, confirmándolo como un eslabón importante de la continuidad cultural argentina.

 

7. Fuentes y referencias consultadas

  • Eduardo Gutiérrez, Juan Moreira (1879, folletín; ediciones varias).
  • Página/12 – Cecilia Hopkins, entrevista a Raúl Brambilla: "Hay un juego sobre los géneros teatrales" (Presentación de La segunda muerte de Juan Moreira, 5 de julio de 2023)​
  • Página/12 – Cecilia Hopkins, entrevista: "Todas mis obras tienen un filtro con el pasado" (Perfil biográfico de Brambilla, 29 de mayo de 2022)​.
  • Teatro del Pueblo – Sitio oficial, Sinopsis de La segunda muerte de Juan Moreira
  • Alternativa Teatral – Ficha de la obra La segunda muerte de Juan Moreira
  • Perfil (vivo.perfil.com) – Patricia Daniele, “La Segunda Muerte de Juan Moreira: una comedia criolla para toda la familia”, entrevista/nota (22 de julio de 2023)​
  • El Ágora – Hugo Martínez, “La Segunda Muerte de Juan Moreira y cuando todo es posible en el teatro”, crítica (7 de julio de 2023)​
  • Cultura Escrita (blog) – Nadia Sotelo, Crítica: “La segunda muerte de Juan Moreira” (21 de julio de 2023)​
  • Centro Cultural de la Cooperación – Jorge Dubatti, conferencia “Para una relectura de la gauchesca teatral a 140 años del estreno de Juan Moreira (1884)” (febrero 2024)​
  • Centro Cultural de la Cooperación – Jorge Dubatti, artículo “He visto a Dios (1930) de F. Defilippis Novoa: un sainete agrotescado…” en revista Palos y piedras nº9/10​
  • Wikipedia – Teatro en Argentina: sección El nuevo grotesco (consulta 2025)​ y Mateo (obra de teatro) de Armando Discépolo (datos del estreno y género)​
  • La Nación – Alejandro Cruz, “Raúl Brambilla renunció al INT” (noticia, 18 de febrero de 2012)​

(Se priorizaron fuentes argentinas: críticas especializadas en medios como Página/12, Perfil, El Ágora; materiales de referencia del CCC —Jorge Dubatti, voz autorizada y especialista en teatro argentino— y bases de datos /portales teatrales locales como Alternativa Teatral y Teatro del Pueblo.)